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Querido Dios:Me tiembla la mano. Llevo tres semanas emborronando papeles para escribirte una carta. La idea me vino un día que le oí al hijo de mis vecinos pedirle a su madre el juguete que acaba de ver en un anuncio de la tele, y la madre le dijo que se lo pidiera a los Reyes Magos. Y me dije: si yo tuviera que escribir una carta de ésas, se la mandaría al mismo Dios, que debe ser más importante. He escrito pocas cartas, y ninguna a un personaje como debes ser Tú. No te llamo ni rey ni Papa, porque Tú debes ser otra cosa. He preguntado a un amigo, y me ha dicho que puedo tutearte, pero que lo ponga con mayúscula, que así lo ha visto él en los libros. Te escribo por eso de la Navidad, del fin de año, del siglo o de lo que sea. ¡Poca gracia tienen estas fiestas para la gente como yo! Mira, Dios, yo no tengo muy claras las cosas de la religión. Pero a mí me da que tiene que haber Dios, aunque por aquí no se nota mucho tu rastro... Yo soy pobre, ¿sabes?, bastante pobre, pero hago caso a mi vieja y sé que hay gente más pobre que yo. Ella me dice que, cuando esté harto de pasar calamidades, no mire a los que están mejor que nosotros, sino a los que están peor. No es que sea un consuelo muy grande, pero uno evita la desesperación. Supongo que sabes que hay muchos pobres de los totales, de los desahuciados de la vida, porque no tienen donde caerse muertos: te los encuentras en los pasillos del Metro, acurrucados entre cartones... Una verdadera pena. Ni ganas parecen tener de ir a uno de esos albergues a dormir en un catre y comer un plato caliente. ¿Cómo andarán de salud, de amistades y de esas otras cosillas que se necesitan para medio-vivir? No te voy a hablar de ellos, porque nadie me ha dado vela en ese entierro. Cuando me topo con alguno de esos desahuciados (¿cuántos serán?, ¡muchos!, desde luego), se me hielan las tripas al pensar que, a lo peor, algún día tendré yo que pedir el ingreso en esa cofradía, o en esa legión, si prefieres que la llame así para no ofender. Te quiero hablar, Dios, desde mí mismo y desde los que son como yo, que somos cantidad, aunque nadie lo diría en estos tiempos de despilfarro, fiestas a gogó, regalos, comercios atestados de gente... Yo tengo ya los 40 y vivo con mi vieja, gracias a la cual me visto y como lo justo, tirando a menos. A pesar de sus 65 años, mi madre sale todas las mañanas a asistir en varias casas. De eso vivimos ella y yo. Mi padre murió hace quince años y no tuvo la suerte de verme trabajar ni un mes seguido. Tengo otro hermano que se largó de casa, después de morir mi padre, justo cuando las cosas empezaban a ir a peor en mi familia. Casi mejor que no se presente por aquí, porque, ¡véte Tú a saber lo que pasaría si nos encontramos de frente y se me tuerce la vista! En esto también miro hacia atrás. Entre los conocidos, hay muchas familias tocadas del ala, te lo aseguro. Cuando no es la salud, son los disgustos entre hermanos o tíos, o es el paro. |
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Ésta es la pura realidad para muchos como yo. Y tenemos que aguantar que la tele diga que se han firmado no sé cuántos miles de contratos... ¡Claro, como muchos son de semana, mejor dicho de cinco días, para ahorrarse la cotización del sábado y domingo a la Seguridad Social! A lo que iba. Que dicen que la economía va viento en popa y hasta se habla en los últimos días de que algunas empresas van tan bien que es como si a los directivos les hubiera tocado a todos el gordo de Navidad pero a lo bestia, a algunos más a lo bestia que a otros. Te lo explico así porque no sé escribir esas palabras raras y porque así es como lo explicó en el bar un vecino que sabe mucho, para que lo entendiéramos la gente como yo. ¡Y que se llevan ese premio gordo sin haber pagado siquiera el décimo, sin dar un palo al agua! ¿Me dejas que pregunte, sin ánimo de ofender? ¿Qué te parece a Ti eso? ¿Es eso justicia? Los curas dicen que Tú eres Padre de todos, y todos hermanos. Perdona, me hago un lío. Mi vieja, mi madre, dice que, si ella pudiera, haría venir a mi hermano a Madrid (a él le han ido bien las cosas) y le obligaría a que nos echara una mano a ella y a mí, sin exigirle partir las cosas por la mitad, que tampoco hay que exagerar. Y digo yo, Dios, que por lo menos Tú debes tener tan buen corazón como mi vieja, aunque ella para mí sea la primera... Bueno, retiro la comparación, que no quiero ofender. ¿Qué, que Tú tampoco puedes hacer nada? ¿Y eso de que eras topoderoso? Perdona mis dudas, pero los pobres como yo, para seguir creyendo en Ti, necesitamos por lo menos una aclaración: que nos digas que Tú no estás de acuerdo con esa manera de obrar, que, si Tú pudieras, harías lo que dice mi madre. Porque encima hay papeles que dicen que eso es legal. ¡Santo Dios! Y no es sólo la familia, o el trabajo escaso; es todo, sobre todo; el contraste. ¡Qué duro es este mundo, aunque ahora lo pinten de luces y colores! Y no me consuela nada tener que mirar hacia atrás para evitar la desesperación. Me parece cruel recordar que están peor en Ruanda, Burundi, Somalia, el Congo, Etiopía, Rusia, Chechenia, Brasil, Perú, Ecuador, los de las pateras, muchos inmigrantes en España y Europa... Y si a mí se me pone mal cuerpo, toda esa gente son también hijos tuyos, ¿no, Dios? Perdona que te lo recuerde. Decía que te iba a hablar de la Navidad, del fin de año o de siglo... Ya no me queda papel y ¡qué más da! Estas fiestas tienen poco que ver con nosotros. El uno de enero nos pillará en las mismas, ¿no crees? Termino ya. ¿Me dejas que me ponga sentimental? Sólo tengo dos cosas en la vida: mi vieja y Tú. Si me faltárais los dos, me sentaría en la cuneta, por donde ya voy renqueando, a ver pasar la procesión de la vida. Mi madre no me va a faltar hasta el día que... ¿Y Tú? Los de Cáritas, portadores de esta carta, no son mala gente, no te dejan mal. Se lo agradezco. Si hay que felicitar, ahí va la mía para ellos y para Ti. ¿Hay que despedirse? Bueno, hasta otra vez. Un abrazo: A. Vicalcán |