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El Gran Jubileo del Año 200 comenzará, en la Nochebuena de ?oma ,con la apertura de la a Puerta Santa en la Basílica de San Pedro, y en las Iglesias particulares en la solemnidad de la Navidad con una misa estacional presidida por el obispo diocesano en la catedral. El Santo Padre, en el texto pontificio de la convocatoria del Gran Jubileo, Incarnationis Mysterium, señala que la Navidad de 1999 debe ser para todos una solemnidad radiante de luz, preludio de una experiencia particularmente profunda de gracia y misericordia divina, que se prolongará hasta la clausura del Año jubilar el día de la Epifanía de Nuestro Señor Jesucristo, el 6 de enero del año 2001. Cada creyente ha de acoger la invitación de los ángeles que anuncian incesantemente: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor» De este modo, el tiempo de Navidad será el corazón palpitante del Año Santo, que introducirá en la vida de la Iglesia la abundancia de los dones del Espíritu para una nueva Evangelización.
La celebración del Jubileo se remonta al año 13000 con el Papa Bonifacio VIII. En 1423, el pontífice Martín V abrió, por primera vez, la Puerta Santa de la catedral y basílica de San Juan de Letrán. Con motivo del año jubilar 1500, Alejandro VI se convirtió en el primer Papa que franqueó la Puerta Santa de la basílica de San Pedro, y nombró cardenales delegados para abrir las puertas de las otras basílicas romanas. La denominación de Puerta Santa tiene un carácter especial. Juan Pablo II, en su carta apostólica Tertio Millennio Adveniente, señalaba que la Puerta Santa del jubileo del Año 2000 deberá ser simbólicamente más grande que las precedentes, proque la humanidad, alcanzando esta meta, se echará a la espalda no sólo de un siglo sino de un milenio. |
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UNA FIESTA...
El Jubileo es, para los creyentes, un nuevo tiempo de gracia. Como ha escrito el San Padre, en su carta a los fieles de Roma con ocasión del Jubileo, es tiempo oportuno para dar a la acción de convertirse el significado de cortar radicalmente con el pecado, experimentando así la alegría del perdón recibido y dado. Es tiempo más que ninguno favorable para redescubrir en las parroquias, en los movimientos y en las distintas comunidades, la comunión y la hermandad, apartando los obstáculos de la indiferencia, de la alienación, del rechazo a los demás, y llevando a cabo una reconciliación auténtica con todos. El cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado del Vaticano, en una entrevista concedida a la revista El Jubileo, señaló que es un tiempo importante para afrontar los desafíos a los que la Humanidad se enfrenta en este final de siglo. El más importante, probablemente, es justamente el de la espiritualidad. A este respecto, André Malraux dijo que el siglo XX o sería religioso, o no sería. El vencimiento del 2000 es por eso, para todos, un pasaje crítico en el sentido de que nos interpela profundamente. Nosotros, efectivamente, como escribe Juan Pablo II en la encíclica «Dives in Misericordia», somos la generación consciente de la cercanía del Tercer Milenio, el cual ratifica profundamente la mutación que se está produciecndo en la historia Como ha recalcado el cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco, es además, una fiesta. La memoria de la Encarnación y la esperanza del retorno del Señor glorificado, vencedor del pecado y dela muerte, hace posible vivir la fiesta en el corazón de la Iglesia. El Año Santo debe ser un canto de alabanza único e ininterrumpido a la Trinidad, Dios Altísimo. Y uncanto,por cierto, que entonamos juntos cuantos, por obra del Espíritu Santo, hemos sido hechos una sola familia: la familia de los hijos de Dios. ... PARA TODOS
Y si nos preguntamos, en la práctica, qué puede significar el Jubileo para nuestra vida debemos tener encuenta las líneas de acción pastoral que el cardenal arzobispo de Madrid ha propuesto para todos sus diocesanos en un documento titulado Año de alabanza, de perdón y de gracia. Tomando este año como un año eucarístico, el cardenal Rouco propone intensificar el misterio de la Palabra, avanzar en el camino de la conversión y cultivar la oración personal y comunitaria. Respecto a la celebración de la Eucaristía, hay que intensificar el aprecio interior y exterior al carácter del sacramento, fuente y culmen de toda la vida cristiana, acentuar la dimensión festiva de la celebración, cuidar su dimensión orante y los criterios conciliares de actuosa participación y buscar, y llevar a la práctica, de acuerdo con el Misterio que se celebra, los frutos de la conversión y de la santidad en la vida cristiana de quienes lo celebran. Por último, no se puede olvidar el testimonio misionero de la Iglesia, ni la necesidad de avivar en las comunidades el amor y el servicio a los pobres. José Francisco Serrano |