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La importancia que tiene el Jubileo para el pontificado de Juan Pablo II quedó ya más que clara en la primera encíclica que escribió este Papa, la Redemptor hominis, del 4 de marzo de 1979. En el primer número del documento programático de su ministerio como obispo de Roma, el primer Pontífice polaco de la Historia escribía: En efecto, este tiempo en el que, después del amado predecesor Juan Pablo I, Dios me ha confiado por misterioso designio el servicio universal vinculado con la Cátedra de San Pedro en Roma, está ya muy cercano al año dos mil. Es difícil decir en estos momentos lo que ese año indicará en el cuadrante de la historia humana y cómo será para cada uno de los pueblos, naciones, países y continentes, por más que ya desde ahora se trate de prever algunos acontecimientos. Para la Iglesia, para el Pueblo de Dios que se ha extendido aunque de manera desigual hasta los más lejanos confines de la tierra, aquel año será el año de un gran Jubileo. Nos estamos acercando ya a tal fecha que aun respetando todas las correcciones debidas a la exactitud cronológica nos hará recordar y renovar de manera particular la conciencia de la verdad-clave de la fe, expresada por san Juan al principio de su evangelio: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros»; y en otro pasaje: «Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna».
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