RetrocesoA&ONº 192/23-XII-1999SumarioTestimonioContinuar
Gracias a Dios, tengo un cáncer...
Pues sí, no se trata de dar gracias a Dios a tontas y a locas, sino que como os voy a relatar es así como siento mi situación.

Hace ya seis años y medio, fui a la Clínica de la Zarzuela, para que me hicieran unas pruebas a fin de corregir ciertas disfunciones intestinales, y el resultado fue que acabé soportando una dolorosa biopsia de próstata, y pocos días después, leyendo el informe de la misma —así se me informó—, que tenía un cáncer en grado 7, de no sé qué escala o índice.

El momento fue difícil. No sabes ni qué decir, ni qué hacer. ¿Cuánto me queda?, es la pregunta inmediata. Frases para tranquilizarme, una terapia, pastillas, inyecciones cada 28 días. Hay que bajar el P. S. A. que tenía en 38, por debajo de 4... (Los señores que con 50 o más años no sepan lo que es un P.S.A., es que están cometiendo la estupidez de no controlar el estado de su próstata. ¡Contrólensela!)

A pesar del cariño infinito suministrado espontáneamente por mi mujer, conduje de la Zarzuela a Madrid, como un zombi —no sé si los zombis conducen—. En ese momento se pasó por mi mente, a velocidad de vértigo, la película de toda mi vida; pero únicamente aquellas cosas que recordaba como malas, mis pecados por acción u omisión, mis pecadillos de infancia, de adolescente, de juventud... parece mentira que, en tan corto espacio de tiempo, recuerdes tantas cosas... y ninguna buena. Ninguna de que me sintiera orgulloso, ninguna que me ayudase a conseguir la deseada Salvación eterna.

Llegamos a casa y bajé corriendo a la iglesia, mi querida parroquia de los Jesuitas de la calle Serrano. En aquel momento, nosotros éramos los clásicos católicos de misa semanal, casi todas las semanas... y poco más.

Había pocos confesores, ninguno que me sonara por algo. Buscaba a uno en concreto, al que había visto en la TV con motivo de la salida del Nuevo Catecismo en un programa dirigido, nada religiosamente, por Mercedes Milá. No estaba en ningún confesionario, pero yo necesitaba confesarme inmediatamente, era como si me fuera a morir en aquel momento y Dios fuera a juzgarme, sólo por lo que yo había visto en mi película que os acabo de contar.

Escogí a otro que no fuera demasiado mayor, no sé por qué...

Padre, me acaban de comunicar que tengo un cáncer de próstata y quiero hacer una confesión general.

—¿Que le han dicho que tiene un cáncer?

Sí, padre, hace media hora. Me lo han dado por escrito, está comprobado por una biopsia.

—¡Dios mío! Váyase corriendo y rece un Padre Nuestro de penitencia.

Me dio la absolución y me fui desolado porque no era aquello lo que iba buscando.

Al día siguiente, el sacerdote al que yo buscaba estaba en su confesionario. A mí me parece el más obispable de todos los sacerdotes que he conocido en mi vida, pero san Ignacio no quería obispos ni cardenales en su Compañía.

Comencé, como en mi confesión del día anterior, y cuando había hablado dos minutos de mi película, él, con todo el cariño en Cristo que es capaz de desarrollar, me dijo:

—Es seguro que usted ha pecado en su vida, a lo mejor ha pecado mucho; pero El Señor le ha perdonado todos sus pecados... Todavía se me pone el vello de punta al recordarlo. Sentí que Dios había entrado en mí... y por su Gracia no ha vuelto a salir.

Mi vida ha cambiado, me siento integrado en la parroquia, colaboro en lo que puedo, a veces de chico de los recados, pero feliz. ¡Es tan maravilloso hacer algo por los demás! Rezar, orar, eucaristías... todo tiene otro significado para mí. Me siento más unido a mi mujer que en las mejores épocas del matrimonio. No tengo miedo a que llegue el momento que tiene que llegar: No puedo dejar ninguno de mis miembros, para que puedan ser trasplantados a alguien, pero tengo muy claro que dejaré el recuerdo del amor que en estos años he repartido a todos los que me rodean. He aprendido a no enfadarme, aunque me disguste... y todo ello me lleva a una gran felicidad y tranquilidad. Aunque en el mes de julio pasado he tenido que sufrir un tratamiento de radioterapia, que por lo que he dicho y por lo mucho que han rezado por mí todos mis amigos, casi no le he sentido... Y todo esto gracias a un cáncer. ¿Véis cómo tengo que decir gracias a Dios que tengo un cáncer?

José de Benito