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Siento la necesidad de proclamar lo que ha sido y es la Iglesia para mí. De siempre, por tradición y herencia de mi familia, he pertenecido a la Iglesia, de una forma diría yo rutinaria y por obligación. Es el primer paso para llegar a conocer y amar conscientemente a la Iglesia. Desde hace tiempo el concepto que yo tenía de Iglesia ha cambiado, porque la he conocido, y sigo cada día descubriendo en ella múltiples bendiciones; nadie ama lo desconocido y esto sucede con la Iglesia.
Yo puedo asegurar que es mi fuerza; en ella me sostengo porque de ella recibo, sobre todo, la esperanza que me mantiene en pie y la paz sosegada y tranquila que me hace ver las cosas como son, y todo ello escuchando la palabra del Señor que me interpela y me alienta. Como me siento dentro de ella, bendigo al Señor y quiero con el corazón decir a todos los hermanos lectores de Alfa y Omega que todo el que de verdad la conoce la ama, la valora y proclama que es una auténtica madre. A mí me ha acogido, consolado y ayudado en un sin fin de situaciones difíciles y complicadas. Es cierto que está formada por hombres, y como tal es pecadora, pero su cabeza Cristo ya lo sabía cuando la fundó, y ahí está Él que con cada uno de esos miembros pecadores tiene encuentros dulces y amorosos, como los ha tenido y los sigue teniendo, con infinita paciencia, conmigo. En la noche de Navidad da comienzo el gran Año Jubilar. La grandeza de la Iglesia es que en ella hay sitio para todos, porque por todos dio su vida el que nace estos días. Os deseo la paz, especialmente a todas las madres. Quiero a todos los hombres y mujeres del mundo entero. Lo vivo en la Iglesia. María Socorro Ramos |