RetrocesoA&ONº 193/30-XII-1999SumarioCriteriosContinuar
El Regalo que basta
Podemos imaginar qué sería de la tierra si Cristo no hubiese nacido? ¿Existirían las innumerables maravillas del arte y de la cultura cristiana que llenan el mundo? ¿Existiría siquiera el concepto de libertad, igualdad, fraternidad? ¿Habría sido posible el reconocimiento del valor de la persona, o la Declaración Universal de los Derechos del hombre? ¿Sabríamos los hombres realmente quiénes somos? ¿Existiría la esperanza? ¿Podemos imaginar esta tierra, ya por sí misma plagada de guerras, si no hubiese visto nacer al Príncipe de la Paz? ¿Podemos imaginar los dos últimos milenios de la Historia sin la presencia del que es el Camino, la Verdad y la Vida? Una mirada allá donde se han cerrado las puertas a Cristo —al hambre o al dolor de las guerras, pero no menos a la maquillada desesperación del mundo opulento— podría ayudar quizás a imaginarlo, pero la realidad es que, desde que hace dos mil años ha aparecido la Bondad de Dios y su Amor al hombre, ya no es posible tal imaginación. De tal modo ya no es posible, que hasta las mayores tragedias de la vida, incluida la muerte, han sido rescatadas. Ésta es justamente la razón de ser del Año Jubilar 2000 recién inaugurado.

Pocos días antes del inicio del Jubileo, el Papa Juan Pablo II nos exhortaba a vivir la Navidad con estilo sobrio y sencillo; y añadía: ¡Guardaos de la obsesión de los regalos! Por el contrario, sólo la publicidad navideña de regalos masivamente dirigida a los niños en las cadenas de televisión españolas ha hecho una inversión de veinte mil millones de pesetas, llegando a emitirse en una semana hasta 4.500 anuncios de juguetes. ¿Qué sucede? Entre otras cosas, que, cuantos más recibe, menos le bastan, más regalos reclama el niño, nunca se siente satisfecho. ¿Por qué? ¿Porque es algo malo regalar juguetes? En realidad, lo que es malo es hurtar a ese niño el único Regalo que basta.

Sin este Regalo que es la Navidad misma, Dios-con-nosotros, la sed insaciable que nos constituye como hombres y que sólo Él sacia, cuando no está censurada —como sucede en los niños— por una mentalidad para la que sólo existe lo que puede conseguirse con las propias fuerzas, se manifiesta sin disimulo alguno, y puede llevar al niño hasta la exasperación, generando consecuentemente violencia y frustración, las características que en buena medida definen nuestra sociedad adulta, por mucho que quiera disimularlo. El nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti de san Agustín tiene hoy, sin duda, un exponente bien significativo en el fenómeno de una publicidad —para pequeños y para mayores— realmente escandalosa, que es manifestación, y al mismo tiempo germen, de un ser humano enfermo, que desconoce su identidad y su destino.

Cuando no se sabe por qué se vive y para qué se vive, hay que llenar con cosas y más cosas el vacío de la vida. Cosas que, por otra parte, se teme perder. De ahí que uno de los primeros negocios de nuestro tiempo sean los seguros y los reaseguros..., y las puertas blindadas. Pues bien, en esta civilización de puertas blindadas, el Papa Juan Pablo II se atreve a decir: ¡Abrid las puertas a Cristo! Así lo ha proclamado desde el comienzo de su pontificado, y con toda su fuerza expresiva al abrir la Puerta Santa de la basílica de San Pedro y dar comienzo al Año Jubilar 2000. ¿No es hora ya de abrirlas, y de par en par? ¿O es que, iluminados por la Luz misma que es Cristo, preferimos las tinieblas de un mundo sin verdad y sin sentido? ¿O es que, habiendo recibido del Padre el Regalo de su Hijo, y con Él el valor y el sentido de todo otro regalo, preferimos encerrarnos, con puertas bien blindadas, en unas riquezas que terminan pudriéndose y pudriéndonos?

Las puertas del Regalo que basta, porque sacia nuestra sed infinita, están abiertas. Juan Pablo las ha traspasado y a todos nos invita a traspasarlas. Entramos por ellas y el Regalo se nos da. No nos empeñemos en cerrarlas.


La llave interio
La Puerta Santa evoca un paso necesario, más aún, imprescindible, en un Jubileo: el paso del pecado a la gracia. Es un símbolo extraordinario. Cristo mismo, en el evangelio, dice de sí: Yo soy la puerta. Si no pasamos por esa Puerta, no podremos alcanzar la salvación.

Los ladrillos que componen la Puerta Santa son símbolo de que todos y cada uno de los fieles cristianos somos piedras vivas del edificio del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. La celebración del Año Santo es, de forma extraordinaria y diríamos que por antonomasia, un acontecimiento eclesial, un acontecimiento de gracia para la comunidad de los hijos de Dios.

Pedro es representado con las llaves; Pablo, con la espada. Un cristiano sabe perfectamente que ha de usar su llave interior más para abrir, para abrirse, que para cerrar o cerrarse; y sabe también que la espada en manos del apóstol significa precisamente lo contrario de lo que la espada significa en manos de un guerrero: fue el instrumento con que fue decapitado el apóstol, naciendo así a la vida eterna.

Los espíritus críticos más lúcidos de nuestro tiempo hace ya mucho que han avizorado que la crisis actual es sencillamente una crisis de Dios, una crisis de esperanza. No puede haber esperanza para el ser humano si Dios desaparece de su horizonte, de su geografía espiritual.

En un mundo como el nuestro, en el que cada día los más diversos organismos internacionales celebran Cumbres de esto, de lo otro y de lo de más allá, puede decirse perfectamente que este Jubielo es, tiene que ser, la Cumbre mundial de la caridad, la gran cita católica del amor entre todos los hombres. Para ello, antes hay que pedir perdón y arrepentirse de las injusticias y de los pecados cometidos.

Miguel Ángel Velasco
de Guía de peregrinos
para el Jubileo romano
(BAC)