RetrocesoA&ONº 193/30-XII-1999SumarioDesde la feContinuar

Televisión
Celebrar ¿el qué?

Nos encontramos inmersos en el período navideño, que este año coincide con el fin de un milenio. Por ello la programación de televisión acusa un cambio considerable: publicidad a mansalva para niños y mayores (en ocasiones utilizando temática religiosa de manera inadecuada, como recientemente denunciaba la Conferencia Episcopal), anuncios poblados de Papás Noel de ambos sexos, burbujas, luces, y espumillón por metros. Los programas del corazón nos enseñan a los famosos con sus mejores galas. Las películas, elegidas para la ocasión, son excepcionalmente sentimentales, y las cadenas se preparan para emitir los especiales de fin de año. Desde la omnipresente caja nos llegan los mejores deseos, acompañados de cientos de productos que nos auguran un futuro mejor. Una promesa tan bien embalada que modifica el ambiente, contribuyendo a la mentalización del espectador, que ya se lanza raudo a consumir la suculenta oferta, y participa de la fiesta desde el tresillo. Los más pequeños también son alcanzados por el estado de excepción: vacaciones, regalos...

Jamás se vio semejante despliegue de medios para celebrar ¿el qué?

No es extraño que tanto montaje entristezca a más de uno que percibe que no tiene nada de lo que alegrarse. Los buenos sentimientos, la ilusión, el empeño en la solidaridad, y el buen humor con el que se supone que se debe acometer el festejo no serían más que una broma de mal gusto, si hace dos mil años no hubiese sucedido algo excepcional e imprevisto: la irrupción en la Historia de un Hombre que la ha traspasado para darle sentido, y que permanece vivo entre nosotros. Sólo algo así es capaz de llenar el corazón del hombre, que de otra forma se llena de tristeza y de creciente escepticismo ante una promesa navideña que jamás se cumple.

Patricia López Schlichting