RetrocesoA&ONº 193/30-XII-1999SumarioDesde la feContinuar
De dioses,
diosecillos y otras zarandajas

En el principio hubo los tiempos (¿felices tiempos?) en que uno debía enfrentarse con un pensamiento radical, soberano, dominante: no hay Dios. Las cosas eran claras. Uno quedaba medio ahogado ante la fuerza de argumentos y ante el arrastre decidido de ese pensamiento. Era seguro con seguridad de ideología: no hay Dios, o porque Dios se ha muerto, o porque nunca lo hubo. Tiempos recios aquellos. Tiempos terribles. De espartana ética. Todo por el ideal. Los unos y los otros.

Luego, allá en los comienzos de los ochenta, de pronto, primero unos pocos, enseguida a cientos, a miles, legión, descubrieron que aquel pensamiento era por demás radical, que no tenía en cuenta demasiadas cosas dignas de mucho crédito. Y así se descubrió que existían de cierto los recientes diosecillos de fuentes y bosques, de escudillas y frascas. Se comenzó a peregrinar en su búsqueda. Enseguida se los encontró: en los nacimientos de los ríos caudales, en las islillas de la marina costa con vieja ermita incluida, y allá donde están de manera más segura, en la delicia sabrosa de la comida de excelsos manjares y en el gozo intenso de la bebida de buenos caldos. Y al galope se comenzó a peregrinar en busca de los diosecillos de fogones y colmados. Deliciosa época, deliciosos dioses que llenaban de calor gustoso el digno vientre. Comer y beber era así asunto divino. Muchos de los que antes eran ateos radicales se encariñaron con los nuevos y encantadores dioses pequeñines, divinos diosecillos. Al menos entre nosotros era claro, nos estábamos haciendo ricos. Pareció que el radical ateísmo era algo proveniente de pasados tiempos llenos de pazguata probretería. Tanto se corrió que, desmoralizados, incluso se tomó más de lo que, seguramente, se debía. Marasmo de la corrupción.

VERSIONES DE DIOS


Luego con estrépito, se cayeron sombrajos y otros muros. Por eso, ahora, con razón, hace tiempo que esos rientes diosecillos, trasgos y otras escurridas meigas no llenan más que las dignísimas interioridades ventrescas, pero esto es demasiado poco, obviamente, para quien en cielo y tierra busca con ardor de racionalidad.

Porque, al presente, nos estamos tomando muy en serio eso de la ciencia, y discutimos ardorosamente la globalización. Es bien claro, estamos es otro período. Y ahora sí que hay Dios. Pero, cuidado, no nos confundamos, hay mi Dios, tu Dios, su Dios, nuestro Dios, vuestros Dioses, sus Dioses, el dios de la declinación completa, el dios en todo el esplendor de su gramática. Pero, es obvio, piensan los bravos poderosos de nuestro hoy, tan probos —¡qué intransigencia la de algunos pelmas, qué ganas de imponer lo suyo a todos de manera tan desconsiderada!—, todos los dioses valen por igual; a cada quien su Dios. Por eso, a la vez, como nos lo enseña la ciencia, debe decirse de manera soberanamente tajante: mas, es obvio, no hay Dios.

Versiones de Dios, decía alguno con sugerente título.

Abochornados ante las especiales brutalidades que hemos realizado los hombres en este siglo que se nos va entre los dedos, se echan las culpas a Dios: ¿cómo Dios lo ha permitido o lo permite? Intrigante, insidiosa, curiosa pregunta.

No, no, son hombres y mujeres de carne y hueso quienes han realizado o alentado o permitido tamañas bestialidades, quienes las realizan o alientan o permiten hoy. No, no, las explicaciones que nos hagan comprenderlas y repudiarlas para siempre las tendremos que buscar entre nosotros, en nuestros corazones, en nuestra sociedad, en nuestras acciones, en nuestros cuerpos y en nuestras corporalidades. ¡Qué excusa tan genialmente blasfema: la culpa es de Dios que lo permite! No, no, qué va; quienes lo permitimos somos tú y yo, la sociedad que nos estamos construyendo, y lo demás sí que son ganas de hacer ruido para pasar desapercibido. Es responsabilidad de nuestra libertad. De otra manera, la escogida casi siempre, como cualquiera puede comprender y ver, es que estamos afilando de nuevo los cuchillos de matanza.

Es claro, cuando decimos que la culpa es de Dios, la señal deviene inequívoca: estamos cometiendo otros desmanes, otras matanzas, otras bestialidades, estamos permitiéndolas hoy, las estamos provocando para mañana. Y lo demás sí que me parecen zarandajas y soplavientos.

ATEO DE ESOS DIOSES


Si hay Dios, que lo hay, ese Dios es creador del mundo, pero él mismo no es mundanal, es decir, creó al mundo de la nada. Si hay Dios, que lo hay, hemos sido creados a su imagen y semejanza, y para ello nos ha hecho cuerpo, cuerpo de hombre, en dualidad corporal de hombre y mujer, y ahí, en medio de la inmensa riqueza que en ello se nos da, se produce nuestra acción y construimos nuestras corporalidades. Si hay Dios, que lo hay, ese Dios es libre, y ha tenido la soberana, audaz e insensata ocurrencia de hacernos libres, y nosotros utilizamos de ella como bien queremos, es decir, tantas veces, mal, pero que muy mal, y además podemos saber que lo hacemos mal. Si hay Dios, que lo hay, ahora nos envía a quien viene de sí, a su Único, para que acampe entre nosotros, cuerpo como el nuestro, en todo igual a nosotros excepto en la desobediencia y el pecado, signo y muestra de que la desobediencia y el pecado no nos son una obligación, es decir, que podemos dejarlos de lado para siempre. Encarnación, maravillosa palabra. Si hay Dios, que lo hay, lo suyo no es sino belleza, bondad y verdad, que se nos donan; es Persona, y por eso nosotros somos también persona. Si hay Dios encarnado, que lo hay, es Camino, Verdad y Vida; por donde claramente sabemos que, fuera de Él, nadie entre nosotros es nunca jamás camino, verdad y vida. Si hay Dios, que lo hay, es el fundamento de la realidad.

Nosotros también somos creadores, los únicos en el universo mundo que de verdad lo somos. Creadores de corporalidades; creadores de belleza, creadores de bondad, creadores de verdad. Y del resto, ¡tan grande!, la culpa no es de Dios.

Por todo esto hoy me declaro abiertamente en público: soy ateo radical de esos dioses, diosecillos, gramaticoides y otras zarandajas.

Alfonso Pérez de Laborda