RetrocesoA&ONº 193/30-XII-1999SumarioDesde la feContinuar

LIBROS
Enciclopedia católica
Hubo un estudiante de Periodismo, y no cito la profesión por casualidad, que en clase de Historia del arte pensó que la Magdalena era ese rico y preciado bollo que se come tan placenteramente. Quien esto escribe recuerda que en una de las más plumbeas clases de Redacción Periodística, uno de mis congéneres dedicaba su precioso tiempo a escribir crucigramas. Un día llegó a cubrir la práctica totalidad de las casillas con su saber enciclopédico, a excepción de un palabra. Sin complejos gramaticales ni léxicos se le ocurrió preguntar, a media voz, ¿cómo se llamaba el gorro que se ponen los curas que han llegado a algo cuando actúan delante de esa gente que dice y hace cosas en las iglesias? Claro está, preguntaba por el nombre de la mitra de los obispos durante las celebraciones litúrgicas.

Salvador Alsius, periodista y profesor de la Universidad Pompeu Fabra, viene en ayuda de la nesciencia generalizada con su De la misa la mitad. Pequeña enciclopedia católica, editada por Martínez Roca y que se presenta con el siguiente lema en la portada: Para jóvenes que no saben y mayores que no recuerdan.

La ignorancia léxica sobre el universo católico está llegando a cotas alarmantes. El propio autor recoge, en la introducción de este texto, algún claro ejemplo de lo que, hasta aquí, venimos afirmando. No podemos olvidar que nuestro lenguaje común está plagado de metáforas del ámbito de lo religioso. Hemos vaciado el sentido de las expresiones para acomodarnos a la inoperancia del lenguaje tecnológico, sin historia, sin las raíces que hacen del concocimiento profundo del idioma un juego de satisfaccciones. No sé quién ha vaciado las lagunas culturales de contenidos, de conocimientos. Sí sabemos que, parafraseando al genio de la filosofía del lenguaje de nuestro siglo, las consecuencias de este fenómeno se traducen en que de la forma que sea nuestro lenguaje, será nuestro pensamiento. Un pensamiento en el que el hecho religioso se ausenta, sin solución de continuidad, sin remordimientos de conciencia. La lectura de las voces de este glosario de cultura católica no son parte de un relicario, más o menos lleno de polvo. Conforman el rigor propio de una vivencia, personal y comunitaria, que ha modelado siglos de nuestra historia y que hoy, más que nunca, está plenamente vigente.


Doctrina social vivida

El jesuita padre Bartolomeo Sorge nos presenta La propuesta social de la Iglesia, editada por la BAC Popular, no sólo como un curso sistemático de dostrina social de la Iglesia, sino como un itinerario vital que pretende conjugar la teoría con la práctica, la propuesta con la presencia. La doctrina social de la Iglesia se entiende, en este texto, como el marco de la propuesta social de la Civilización del amor que sigue impulsando proféticamente las acciones de los cristianos en medio del mundo.

Pablo VI recordaba, a los escritores y pensadores católicos, que la fidelidad al Magisterio de la Iglesia debía ser una fidelidad plena, generosa y adulta. La experiencia de la docencia del autor, en el italiano Instituto de Formación Política Pedro Arrupe, en Palermo, es suficiente carta de presentación de este libro, que mira al futuro y señala nuevas metas al compromiso de los cristianos en la vida pública.

Son muchos los conceptos que articulan este texto: democracia, economía, política, presencia social, cultura... Siempre abocados a una última palabra, la palabra del Señor: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas. Desde esta perspectiva se entiende la génesis de la labor evangelizadora que está haciendo este Instituto, en un contexto vital, circunstancia —diría un Orteguiano—, nada fácil. Sirva este párrafo, tomado del epílogo del libro, para comprender algo del valor de estas páginas:

Hace algunos años, en Palermo, la pequeña comunidad de jesuitas del Instituto Arrupe fue atacada desde todas partes: desde la mafia, que nos condenó a movernos escoltados por la policía, hasta los más conocidos exponentes del viejo sistema, que nos miraban mal porque queríamos cambiarlo.

J. F. S.