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Algún día, como dijo el cardenal arzobispo de Madrid en el pregón jubilar, los niños y jóvenes de hoy mirarán hacia atrás, hacia esa fecha cargada de simbología que es el año 2000. Y lo que verán será también un año de júbilo, la fiesta que conmemoró el segundo milenio desde la venida del Mesías, un Año de Gracia como nunca antes conoció la Iglesia. Quién sabe, quizá también recuerden que el día de Navidad, a las 12 del mediodía, sonaron las campanas de todas las iglesias, todo un símbolo aunque por aquel entonces quizá no alcanzaran a entenderlo por completo de que algo grande estaba pasando, no sólo en Madrid, sino en el mundo entero.Tiempo de alegría y tiempo de reflexión; tiempo de acción de gracias y tiempo de penitencia, de conversión. Las diócesis de todo el mundo celebran hoy la inminente llegada del año 2000 de la era cristiana, después de años de intensa preparación para este acontecimiento único, universal y a la vez local. Con la catedral como centro, el Santo Padre ha querido que todas las parroquias y comunidades sean protagonistas en primera persona. Después, habrá celebraciones particulares para los sacerdotes y diáconos, para los padres de familia, los ancianos, los enfermos, los militares, los profesores de Religión... Y así, el gran Jubileo llegará a cada uno de los fieles, intención última del Papa. Porque lo esencial no es la peregrinación a Roma o Tierra Santa, centros de gravedad de este Año Santo, sino la conversión interior de cada hombre. De otro modo, habrá sido todo en balde. Pero este Jubileo quiere también tener muy presente al que ha dejado de creer y al que se ha distanciado de la Iglesia, tal como ha dejado claro el Comité Central del Gran Jubileo del Año 2000 en diversas ocasiones. La ocasión es especialmente propicia para la nueva evangelización, al poder ofrecer de cara también al exterior signos de renovada vitalidad. Cierto, claro está, que no es algo que esté en las manos de nadie. Lo decía así, en Iglesia en Camino, el arzobispo de Mérida-Badajoz: ¿Dos mil años, de qué? O, con perdón, ¿de quién?. De la venida al mundo, de la incorporación inefable a la Historia y a la aventura humana, del Hijo único de Dios. ¿Y para los que no creen? Pues Jesucristo sí cree en ellos y los ha redimido como a los demás y no les negará, respetando su albedrío, las oportunidades de salvarse. Jubileo es, o puede serlo al menos, oportunidad de fe, de conversión, de reencuentro con el Dios misericordioso, de salida de la vulgaridad. Es abrazo de Cristo a esa Humanidad global y digital, genética y astronauta; pero, a la vez, menesterosa y pródiga, plagada de crueldades e injusticias, hambrienta de amor y de fe. Muchedumbre solitaria. |
| AÑO DE ECUMENISMO
Avanzar en el diálogo ecuménico es otro de los grandes retos de este Gran Jubileo. Con un escenario privilegiado: Tierra Santa. Y, según lo visto hasta ahora, son muchas las razones para la esperanza. Anticipándose unos días a la apertura de Nochebuena, por primera vez en la Historia se congregaron los jefes de las 12 comunidades cristianas de Jerusalén y participaron en una celebración comunitaria sin precedentes: los patriarcas y arzobispos católicos y ortodoxos de cada uno de los diferentes ritos, el Custodio franciscano de Tierra Santa, y los obispos luterano y anglicano. Desde 1995 existe una comisión llamada Comité Intereclesial de Jerusalén con la misión de preparar iniciativas comunes para la celebración del 2.000 aniversario del nacimiento de Jesucristo, al margen de las que cada comunidad realice independientemente. Dijo un obispo en el marco de las conversaciones: Queremos mostrar al mundo que, a pesar de nuestras divisiones, estamos unidos para preparar y celebrar juntos el Gran Jubileo del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, palabras en perfecta comunión con la oración que escribiera el Papa para el Año de Jesucristo 1997, primero de los tres de preparación para el Jubileo del 2000: Fortalece la comunión de tu Iglesia, da vigor al movimiento ecuménico, para que con la fuerza de tu Espíritu, todos tus discípulos sean uno. Éste es sin duda el aspecto ecuménico esencial hoy en Tierra Santa, dado que es mucho lo que las distintas confesiones tienen que celebrar. Pero, junto a ello, estas Iglesias cristianas se han marcado el reto de lograr una mejor convivencia con las otras dos confesiones abrahámicas, el judaísmo y el Islam. La Asamblea de obispos católicos de Tierra Santa ha dicho al respecto: Los fieles de cada una de las tres religiones monoteistas que aquí viven veneran profundamente y están vinculados a la tierra que cada uno considera sagrada y una fuente de inspiración. Para los tres, Jerusalén es la Ciudad de Dios, sobre la que se ha dicho: «Aquí descansaré para siempre; aquí levantaré mi hogar tal como he deseado». Desgraciadamente, las visicitudes políticas han sido tales que viven en mutua ignorancia, si no en desprecio y odio hacia el otro. Esperamos que el año 2000 sea la ocasión para que los tres lleguen a conocerse mejor, de modo que puedan entenderse y encontrarse en reconciliación y colaboración. No menos valor tiene la reciente inciciativa que congregó a representantes de las 20 religiones más importantes del mundo: En el espíritu del Jubileo, los aquí reunidos nos hacemos mutuamente un llamamiento a buscar el perdón por los errores pasados, a promover la reconciliación allí donde las experiencias dolorosas del pasado han provocado divisiones y odio, a comprometernos personalmente en la superación del abismo que existe entre los pobres y los ricos, y a trabajar por un mundo de verdad y de paz duradera. Aunque sin abdicar de la propia identidad religiosa, el documento enumera una serie de problemas que requieren un trabajo en común: La pobreza, el racismo, la contaminación ambiental, el materialismo, la guerra y la proliferación de armas, la globalización, el sida, la falta de asistencia médica, la ruptura de la familia y de la comunidad, la marginación de mujeres y niños.... |
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EN EL UMBRAL DEL SIGLO XXI
Cuando el Gran Jubileo del año 2000 se clausure, habremos entrado, cinco días antes, en un nuevo siglo y un nuevo milenio, momento ciertamente oportuno para la reflexión y para un examen colectivo de conciencia... ¿O no? El mito del hombre natural, de quien, a modo de mofa, dijera Larra que se cree no nacido de padres, sigue hoy tan fuerte como siempre. Sólo responde ante sí mismo, porque a nadie debe lo que es y porque, al fin y al cabo, si no existe la verdad, tan válida es su opinión como cualquier otra. No es raro, por eso, que muchos se hayan sorprendido de que la Iglesia pida perdón por crímenes cometidos por sus hijos hace varios siglos. Pero tampoco lo es, entonces, que este último siglo esté lleno de errores que se repiten. A la primera guerra mundial siguió, al poco tiempo, la segunda; la aberración antropológico-genética del nazismo, que proclamaba la superioridad de los rubios con ojos azules, encuentra ahora parangón en quienes piden esterilizar a disminuidos mentales o venden y compran óvulos de modelos superdotadas genéticamente... Ocurre que, para el hombre natural (o para el postmodernista, que lo mismo da), no hay pecado original que valga. Lo que hicieran o dejaran de hacer sus padres es algo que considera totalmente ajeno. Hijo del relativismo, hace de su opinión la verdad absoluta, sin pensar ni un segundo que ese todo vale al que no está dispuesto a renunciar ha sido causa de verdaderas tragedias antes que él (la Revolución cultural de Mao, las deportaciones de Stalin, las matanzas de Hiroshima y Nagasaki...), y aun hoy (terrorismo, aborto, exterminio de grupos nacionales...) Mucho es, sin embargo, lo que puede aprender de la Iglesia en este fin de milenio (aunque, en puro espíritu democrático, haya decidido gratuitamente adelantar la fecha un año, al 1 de enero de 2000): que la penitencia no es denigrante, sino renovación y esperanza; que ni está solo en el mundo ni podrá desarrollarse como persona sin los demás; que es parte de la Humanidad y que lo que le pase a un semejante no le puede dejar indiferente... Son todos ellos mensajes centrales del Jubileo. Como escribe Juan Pablo II, el Jubileo cristiano se remonta cada vez más conscientemente a los valores sociales del Jubileo bíblico, interpretándolos y reproponiéndolos en el contexto contemporáneo, a través de una reflexión sobre las exigencias del bien común y sobre el destino universal de los bienes de la tierra. Declararéis santo el año cincuenta y cada uno volverá a sus propiedades y a su familia, era la exigencia que, aunque no siempre tomada al pie de la letra, marcaba el Levítico a los judíos, lo que, además de la liberación de los esclavos, incluía la devolución a sus antiguos dueños de las propiedades vendidas en los 50 años anteriores y la remisión de todas las deudas no saldadas. Ya desde la Tertio millennio adveniente, se encargó el Papa de dejar clara la plena vigencia de este mensaje y propuso, por ejemplo, que el Jubileo fuera vivido como un tiempo oportuno para pensar entre otras cosas en una notable reducción, si no en una total condonación, de la deuda internacional, que grava sobre el destino de muchas naciones. Muchas van a ser las iniciativas que presenciemos en el próximo año en este sentido. Pero no será éste, ni mucho menos, el único campo de acción: la mejora de la situación en las cárceles, la defensa sin tregua de la vida y la dignidad humanas, la protección de la familia... Temas, obviamente, en absoluto nuevos, pero que van a cobrar una especial fuerza en este Año de Gracia. Ricardo Benjumea |