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La comunidad cristiana, animada por el espíritu de Pentecostés, sale a los caminos del mundo, adentrándose en las diversas naciones de la tierra, partiendo de Jerusalén hasta Roma, por las calzadas del imperio recorridas por los Apóstoles y los heraldos del Evangelio. Junto a ellos camina el Cristo que, como a los discípulos de Emaús, les explica las Escrituras y comparte con ellos el pan eucarístico. Siguiéndolos a ellos, se ponen en marcha los pueblos de la tierra que, recorriendo espiritualmente el itinerario de los magos, hacen realidad las palabras de Cristo: Vendrán muchos de oriente y occidente a sentarse a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de Dios.Ahora bien, la meta última de esta peregrinación por los caminos del mundo no está escrita en los mapas de la tierra. La peregrinación al desierto o al lugar santo se convierte en símbolo de otra peregrinación: la interior. San Agustín recordaba: Entra en ti mismo: la verdad habita en el corazón del hombre. Pero no te quedes en ti mismo; ve más allá de ti mismo, pues tú no eres Dios. Él está más al fondo y es más grande que tú. Los Padres de la Iglesia llegan incluso a relativizar la peregrinación física, con la intención de superar todo exceso y malentendido. San Gregorio de Nisa, de modo particular, proporciona el principio fundamental para una correcta valoración de la peregrinación. A pesar de haber visitado devotamente Tierra Santa, afirma que el verdadero camino que debe emprenderse es el que conduce al fiel de la realidad física a la espiritual, de la vida en el cuerpo a la vida en el Señor, y no el viaje de Capadocia a Palestina. San Jerónimo insiste en el mismo principio. En la Carta 58 recuerda que ni san Antonio ni los monjes visitaron Jerusalén y, sin embargo, las puertas del Paraíso se abrieron igualmente para ellos de par en par. Y afirma que para los cristianos es motivo de alabanza el haber vivido santamente, y no el haber estado en la ciudad santa. |
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La divinización del hombre es la gran meta del largo viaje del espíritu que lleva al creyente hasta el corazón mismo de Dios, realizando así las palabras del Apóstol: Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí, para quien vivir es Cristo.
De «La peregrinación en el Gran Jubileo |