|
|
|
Explorando las bases de la materia, las huellas físicas y químicas de la vida, el vértigo del infinito aparece inmediatamente. ¿Cómo es posible que, en los charcos primordiales, las primeras macromoléculas se hayan encadenado por casualidad?¿Cómo es posible que de aquellas simples formas hayan nacido las dobles hélices de proteínas y aminoácidos que han formado y forman todas las especies existentes? La ballena tiene su ADN, como la yegua, el líquen, el roble. Y el hombre.
Cada hombre tiene un ADN que es sólo suyo, en el que están escritos la voz de los abuelos y el color de los ojos de los tatarabuelos; la altura, la forma de las manos, el talento para las matemáticas y la inclinación artística, el temperamento y la predisposición a las enfermedades, y muchas otras cosas que aún ignoramos. ¿Y cómo no ver en nuestra unicidad un proyecto que nos llama por nuestro nombre? ¿Y llamándonos, nos hace portadores y responsables de un misterio? Este misterio ¿puedo llamarlo misterio de la vida? es un misterio aún más grande que el de la muerte. El hecho de que somos, de que somos llamados a la existencia, tiene una fuerza que supera y vence la precariedad. Incluso llega a decir que si somos, si estamos vivos, en cierto sentido la muerte no puede existir realmente. Lo que sucede por casualidad es lo que sucede sin ningún proyecto. La casualidad crea desorden, y la voluntad, orden. Si hemos sido echados por casualidad en la tabla de la vida y por casualidad se nos barre de ella, ¿qué sentido tiene el actuar que hay en medio? Una vida vivida por azar está suspendida entre el aburrimiento y la angustia del final. Susanna Tamaro |