|
|
El relato de la presentación de Jesús en el Templo es uno de los pasajes más entrañables de los evangelios. La escena del anciano Simeón acogiendo a María y a José, que llevan al niño Jesús para cumplir todo lo prescrito por la Ley del Señor, ha sido objeto de especial atención por parte de escritores y artistas desde los primeros tiempos de la historia cristiana. Cada día, antes del descanso nocturno, toda la Iglesia se dirige al Señor con las bellísimas palabras del cántico de Simeón; y cada año, en las postrimerías del tiempo de Navidad, la Liturgia nos reserva el precioso regalo de la fiesta de la Presentación del Señor, que se remonta a los primeros siglos cristianos: la Candelaria, que toda la Iglesia acaba de celebrar el día 2 de febrero.
El pasaje evangélico que recoge este momento de la infancia de Jesús rebosa ternura y esperanza (el texto original griego está lleno, además, de extrañezas que denotan una gran antigüedad). El himno de alabanza, el Nunc dimittis, que Simeón dirige a Dios (Ahora puedes dejar a tu siervo, Señor, ir en paz...), y que la Iglesia recita al final de cada jornada, proclama la llegada de la salvación, preparada por Dios para todos los pueblos, en el Niño que sostiene el anciano en sus brazos. Todos los indicios apuntan a que este pasaje de la presentación de Jesús en el Templo -como muchos otros de los evangelios, y especialmente del evangelio de la infancia según san Lucas- existió primero en hebreo o arameo (la lengua hablada por Jesús y los apóstoles) y luego se tradujo al griego. |
|
El recurso al sustrato semítico ha mostrado que el cántico y la profecía de Simeón son mucho más antiguos de lo que suelen afirmar la mayoría de los autores, lo cual avala fuertemente su carácter histórico; y, sobre todo, ha hecho comprensible su contenido. Según esto, puede afirmarse que, ya en la primera predicación apostólica, al mismo tiempo que se proclama a Jesús como el Mesías esperado, verdadero Hijo de Dios y de María, a ésta se la presenta como el modelo ejemplar de la Iglesia. No podemos olvidar que la primera entrada del Señor en su Templo tuvo lugar meses antes, al encarnarse en el seno virginal de María.
Esto explica por qué san Efrén, Padre de la Iglesia siríaca del siglo IV, pudo escribir estos bellísimos versos, puestos en labios de la madre de Jesús, cuyo contenido corresponde plenamente a la enseñanza de los evangelios: Cuando estabas morando en mí Alfonso Simón |
|
Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la Ley del Señor: Todo primogénito varón será consagrado al Señor, y para entregar la oblación, como dice la Ley del Señor: Un par de tórtolas o dos pichones. Y he aquí que había un hombre en Jerusalén, llamado Simeón; y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la Ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
Ahora, Señor, según tu promesa, Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Y dijo a María, su madre: He aquí que éste va a ser caída y mantenimiento en todo Israel, y bandera combatida, y una espada pasará por ti cuando se manifiesten los pensamientos (malvados) de muchos corazones. Evangelio según san Lucas 2, 22-35 |