RetrocesoA&ONº 151/6-II-1999SumarioCriteriosContinuar

Una pretensión destructora
No me hables de eso, que me da vértigo... Son muchos los que hablan de vértigo, de miedo a pensarlo siquiera, cuando aparecen en los medios de comunicación noticias sobre clones humanos, y todo lo que está llevando consigo la manipulación genética. No obstante, cuando se dice que la finalidad puede ser terapéutica, que tal vez se podrán fabricar hígados y riñones para curar enfermedades hasta hoy incurables, esos mismos del vértigo y del miedo aplauden tales progresos científicos. Si con esto -dicen- se puede curar mi hija enferma, ¡bienvenido sea!

Ese vértigo y ese miedo son signos del estupor que todavía existe en el fondo del alma, y se hacen sentir a pesar de la costra que ha ido formando, en los ojos y en la conciencia, una cultura autosuficiente e idolátrica, que incapacita para la contemplación del misterio de la vida; incluso para la contemplación del misterio de los misterios que es la vida humana.

Al hombre sólo lo construye Quien lo creó y Quien lo mantiene cada instante en la existencia. Nuestro mundo lo ha olvidado. Pretendiendo suplantar a Dios, el hombre trata de producir seres humanos, pero el ser humano no se produce, se engendra. Sólo las cosas son producidas. Un hombre-cosa, destruido, es el resultado de tan suicida pretensión.

¿Cómo es posible que unos niños, en una excursión, ante una puesta de sol incomparable, sigan con los cascos puestos y no haya manera, no ya de que se conmuevan, sino de que ni siquiera se enteren? Contemplar una espléndida puesta de sol, el fragor de una tormenta, la belleza admirable de las aves del cielo, o de la innumerable variedad de los peces del mar, y más aún cualquier animalillo del campo recién parido, llena sin duda de asombro a quien tiene la mirada y el corazón abiertos, limpios, sin esa costra que los ensucia y los entierra.

El nacimiento de un niño, sobre todo para los padres, produce un asombro inmenso. Ninguna coraza, por mucho que insensibilice el corazón, impide conmoverse ante esa nueva vida. Este estupor, sin embargo, pronto se ve avasallado por esa, también misteriosa, presencia del mal que nubla la mirada y endurece el alma hasta del punto de creerse el hombre dueño y señor de sí mismo, de todo lo que es y de todo lo que hace. En esta mentira radical está el origen de esa coraza, con la cual se ha podido llegar a cotas inimaginables de conquistas científicas y tecnológicas que han producido la sociedad del bienestar -de unos pocos, a costa del malestar, no lo olvidemos, de más de dos tercios de la Humanidad-, pero en la que el ser humano en cuanto tal queda destruido.

No es haciendo oídos sordos a ese asombro ante la realidad, que está suscitando la misma realidad, -tentación fortísima, revestida con aires de libertad, de progreso científico, de modernidad- como se superan el vértigo y el miedo. Todo lo contrario: se cae en una ceguera mayor, que acaba con la ingenua y limpia capacidad de maravillarse de unos niños robotizados y medio sordos, ciegos forzados ante una puesta de sol, sin libertad, a merced del poder... que, en definitiva, nada puede, salvo destruir.

Si se ha perdido la admiración ante la vida humana, ¿cómo no se va a perder ante todo lo demás? Ese profundo estupor -en palabras de la primera encíclica de Juan Pablo II- respecto al valor y a la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir, Buena Nueva. Se llama también cristianismo.


Persona se es desde siempre
Si tenemos dudas sobre la identidad del ser humano concebido en el seno materno es porque en nuestra conciencia no está clara la identidad del hombre en genera, lo cual es el resultado de un largo proceso de alejamiento de Dios. El modo de tratar al ser humano concebido en el seno materno revela cómo nos tratamos a nosotros mismos. O como alguien alienado (es decir, que sólo existe in alio, en función de otra cosa), o como alguien que existe in se, que tiene una identidad. En el primer caso, no sólo decidimos su identidad, sino que, como esa identidad depende de nosotros, decidimos también su existencia. Magnánimamente lo admitimos a la complicidad de la vida, en la medida en que nos es útil, pero si no, en nombre del sistema, lo condenamos a muerte.

Tener identidad por encima del sistema significa ser pensados por Alguien que quiere pensarnos. El pensamiento que nos crea nos da nuestra verdad. Decir que no soy una identidad en mí mismo significa afirmar que no soy amado. Sin Amor no hay Pensamiento y sin Pensamiento no hay verdad.

El hombre concebido técnicamente, arrojado al mundo sin amor, se sentirá siempre amenazado. Si el hombre no es una identidad personal desde el comienzo, incluso antes del momento mismo de la concepción, es decir, desde siempre, no lo será nunca. El hombre técnicamente concebido será tratado técnicamente hasta el final de su existencia. El niño concebido dice a los hombres: O me comprendéis en mi «ser», y no en mi «poseer» (ya que no poseo nada), o no me comprenderéis nunca. La persona humana, al recibir la identidad de la Trascendencia, es, igual que Ella, Misterio. El niño en el seno materno es persona y, por tanto, también sujeto, independientemente de su conciencia. Lo hace persona la presencia de la Trascendencia en él. El hombre es persona desde siempre, incluso antes del momento de la concepción por parte de los padres.

Stanislaw Grygiel