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EL PEQUEALFA
Ilustraciones: Pablo Bravo
Las Navidades en África
La historia
Era el 9 de diciembre de 1531. Era sábado, muy de madrugada. Un niño indio, Juan Diego, paseaba por Tepeyácac. De repente oyó una música muy bonita, parecida al canto de los pájaros. ¿Por ventura soy digno de lo que oigo? -pensó- ;¿quizás sueño? De repente se hizo el silencio y oyó que le decían: Juanito, Juan Dieguito. Muy contento fue subiendo al cerrillo. Cuando llegó a la cumbre vio a una señora. Acercándose a ella se maravilló de su sobrehumana grandeza: su vestidura era radiante como el sol. Se inclinó delante de ella y oyó que le decía: Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas? Él respondió: Señora y Niña mía, tengo que llegar a México Tlatilolco. Ella le dijo: Yo soy la siempre Virgen María. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor. Ve al palacio del obispo de México y dile que te envío a manifestarle lo que deseo. Fue Diego a transmitir lo que María le había pedido, pero el obispo no le escuchó; así que Diego se fue a ver a la Virgen y le dijo: El obispo me recibió y me oyó con atención. Comprendí que piensa que es invención mía que tú quieres que aquí te hagan un templo; por lo cual te ruego que mandes a alguien importante para que le crean; porque yo soy un hombrecillo, y tú me envías a un lugar por donde no ando y donde no paro. La Santísima Virgen le respondió: Son muchos mis mensajeros, a quienes puedo enviar, pero es preciso que tú me ayudes. Te ruego que vayas otra vez. Al día siguiente, Juan Diego, muy de madrugada, salió de su casa y, después de oír Misa, se fue al palacio del obispo. Se arrodilló a sus pies y lloró al exponerle el mandato de la Virgen. El obispo no le dio crédito y le pidió que le llevara alguna señal que demostrara que lo que decía era cierto. De vuelta a su casa, Juan Diego volvió a encontrarse con la Santísima Virgen. Le dijo la respuesta del obispo y la Virgen contestó: Le llevarás la señal que te ha pedido. Cuando Juan llegó a su casa encontró a su tío muy enfermo, por lo que salió a buscar un sacerdote. Por el camino se volvió a encontrar con la Virgen. ¿Qué hay, hijo mío? -le preguntó- ¿A dónde vas? Se inclinó delante de ella y le dijo: Mi tío está muy malo. Voy a llamar a un sacerdote. Volveré luego. LaVirgen, entonces, le aseguró que su tío estaba bien y le ordenó que subiera a la cumbre del cerrillo. Hallarás que hay diferentes flores -le explicó-; recógelas y tráelas. Cuando Juan Diego subió, se asombró mucho porque era zona de espinas y estaba llena de flores. Bajó inmediatamente trayendo a la Virgen un montón de flores y se las echó en su regazo. Y la Virgen le pidió que fuera a enseñar al obispo todas estas flores. Cuando llegó a casa del obispo, se arrodilló y le dijo: Señor, hice lo que me ordenaste. Me dio estas flores para que las trajera. Helas aquí, recíbelas. Desenvolvió su poncho y dejó caer las flores al suelo. Cuando cayeron todas, apareció, en el poncho del indio Juan Diego, una preciosa imagen de la Virgen María. El señor obispo, con lágrimas de tristeza, oró y mandó inmediatamente la construcción del templo. Cuando Juan Diego llegó a su casa, encontró a su tío completamente curado. La imagen de la Virgen es la que se guarda todavía en el templo de Guadalupe. |