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Dónde está la verdad? es el título de un artículo de Miret, aparecido en El País (3-II-99). En él muestra algo obvio: que no hay unanimidad entre las opiniones de todos los cristianos, a lo largo de estos dos mil años de cristianismo. A causa de esto, el autor arrima el ascua a su sardina, y concluye que el catolicismo no es ni esto ni lo de más allá, sino seguir la conciencia personal, la de cada uno. Hay cierta deslealtad en la forma de argumentar del articulista, que en lo fundamental consiste en oponer algunas cosas que, en realidad, se exigen mutuamente para existir, como son conciencia y autoridad. Esa exhibición de datos contradictorios de forma desordenada puede confundir a algunos, y por ello es más peligrosa. Pero lo interesante de este controvertido texto está en su título, en la pregunta por la verdad: ¿dónde está? No basta con interrogar para desear saber. La misma pregunta, hecha por dos personas, puede ocultar dos disposiciones del corazón diferentes. Fue el caso de las que dirigieron Zacarías y María a sendos ángeles, que les anunciaban nacimientos milagrosos. El viejo Zacarías, deconfiado de las enjutas entrañas suyas y de su mujer, preguntó al ángel: ¿Cómo será esto...? María, llena de estupor y de fe, consciente de lo desmesurado de su misión, dice a Gabriel prácticamente lo mismo que dijo Zacarías: ¿Cómo será esto...? Una misma pregunta, con intención distinta. De hecho, el cauto Zacarías queda mudo, y María da a luz a la Palabra. No basta con preguntar, hay que querer saber; en eso está ya el comienzo del conocimiento. Tras la pregunta ¿dónde está la verdad? puede ocultarse el cinismo (quid est veritas?, dijo Pilatos, refugiándose en su pregunta) que busca una excusa para justificar la perplejidad de la que no se quiere salir. Pero también puede ser sincera petición de quien, de antemano, ha decidido vivir bajo el yugo de la realidad. Esto facilita la satisfacción de la exigencia de la razón humana: A quien tiene, se le colmará, pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará. La soberbia quiere someter a Dios a sus esquemas, pero los sencillos lo comprenden todo en su corazón. Si mi pregunta a la Iglesia es pura, las aparentes contradicciones no me impiden encontrar la verdad. Pero, hay que amar la verdad, aunque vaya contra mis intereses. Además, un poco de lógica y de buena fe ayudan bastante a comprender. José Antonio Ullate Fabo