RetrocesoA&ONº 151/6-II-1999SumarioDesde la feContinuar

NO ES VERDAD

  • - Para que los ciudadanos, electores y contribuyentes puedan ejercer el oportuno discernimiento crítico al que, en conciencia, están obligados es muy bueno que conozcan a fondo lo que los partidos políticos y sus líderes piensan sobre las principales cuestiones que son el pan nuestro de cada día, esas cosas de comer -de comer materialmente y espiritualmente, que el ser humano no es sólo cuerpo- con las que no se juega: la familia, la educación de los hijos, la vida ante la amenaza del aborto y de la eutanasia, la religión, la moral... El PP -partido en el poder hoy, y todo parece indicar que en los próximos años- ha estado reunido en un importante Congreso, y en vísperas del mismo su Presidente y Presidente del Gobierno de la nación ha concedido al diario El Mundo unas interesantes declaraciones, la mayoría de las cuales, aunque todo es opinable, son aceptables en línea de principio .

    Pero hay una cuestión, para mí y para muchos otros ciudadanos españoles, clave, sobre la que el criterio del señor Presidente, a juzgar por las respuestas, suscita, a decir poco, grave perplejidad. El director de El Mundo le pregunta: No sé si ha leído usted que «The Economist» sostiene esta semana que la mejor manera de que la derecha recupere el poder en Europa es siguiendo la vía española de competir por el centro y no recurriendo a los valores cristianos, al ultraliberalismo a lo Thatcher o a la exaltación del nacionalismo... Respuesta: Es que ninguna de las viejas recetas cuya eficacia pudo ser comprobada son en este momento válidas para el futuro de Europa. No quiero decir que ya no sirvan para nada, pero no pueden ser tomadas como punto de referencia... No se queda, lógicamente, satisfecho el entrevistador, que sabe que está preguntando algo muy decisivo, e insiste: No se ha referido a los llamados valores cristianos. ¿Ve usted un Partido Popular Europeo desvinculado de la marca de la Democracia Cristiana? Y el Presidente responde: La marca Democracia Cristiana será uno de los componentes, pero dentro de una gran pluralidad. Ningún partido se puede detener en lo estrictamente cristiano. Quien no entienda esa idea de pluralismo ideológico está condenado a la esterilidad.

    A muchos les parecerá una respuesta razonable, pero no es verdad. Lo que sí es verdad es que quien no entiende que lo cristiano respeta, precisamente porque es lo más genuinamente humano, el verdadero pluralismo ideológico, se condena a la esterilidad. Y esto ocurre cuando se tiene la idea -la han expresado diversos políticos que se confiesan católicos al ser preguntados, por ejemplo, acerca del aborto provocado- de que la fe es una cosa y la vida privada otra. Son cosas -dicen- que pertenecen a la conciencia privada de cada cual. No es verdad. La fe católica es el reconocimiento de esa Buena Noticia que va tan más allá de la conciencia de cada cual que ha partido la Historia en dos. Es eso: noticia, y no sentimiento ni nada parecido. Por eso la fe católica se vive en comunidad, tiene una imprescindible dimensión social, y para un político se tiene que traducir en hechos, como para un periodista, un juez, un farmacéutico, un investigador, un profesor, para todo quisque que sea y no sólo se diga católico.

    Ya sé que hay partidos que no sólo piensan lo antedicho, sino que piensan, proponen y hacen otras cosas peores, mucho peores; pero esto, las cosas como son, no es de recibo y no es bueno. Este tipo de mal menor es puro espejismo: cada día que pasa se irá haciendo mayor. ¿Por qué será que muchos católicos en la vida pública, queriendo mostrar un talante moderado, abierto y tolerante -en definitiva, católico (universal, no el cliché al uso que desvirtúa su significado)- tratan de ocultar precisamente su condición de católicos? ¿De dónde creen que les viene esa capacidad de moderación y de apertura? Los primeros ilustrados también se creyeron inventores de la libertad, la igualdad y la fraternidad -un Mediterráneo que llevaba inventado ya dieciocho siglos- y prepararon esas perlas del nazismo, del fascismo y del comunismo que acabaron con el invento. Pretender seguir descubriendo ahora el Mediterráneo, en lugar de reconocerlo ahí donde está, ¿no sería estar preparando igualmente la muerte del invento? Eso sí que es estéril, por mucho pragmatismo ambiental que presione haciendo creer que The Economist es la Biblia.

Gonzalo de Berceo