RetrocesoA&ONº 151/6-II-1999SumarioDesde la feContinuar

Vuelve «La Fundación», de Buero Vallejo
El grito y la propuesta
Buero Vallejo es uno de nuestros creadores vivos más insignes. 50 años contemplan la capacidad creativa de este octogenario que nos ha legado páginas impagables sobre nuestras debilidades, bondades y angustias, como en Historia de una escalera; El tragaluz; o El concierto de san Ovidio. Entre su repertorio más flojo, algunas obras recientes, como Caimán oDiálogo secreto, donde priman ideas brillantes, pero con desajustes en su desarrollo.

La versión de La Fundación (Teatro María Guerrero) es del joven director Juan Carlos Pérez de la Fuente. En el arranque parece que asistimos a una performance propia de una sala alternativa, y no a un trabajo del año 74: música de frases no resueltas, imágenes poco definidas y juego de videos con dibujos en forma de T, publicidad explícita del arquitecto, escenógrafo y diseñador de renombre, Óscar Tusquets, que podemos denominar una escenificación de su firma, por cierto, de una megalomanía casposa).

Enseguida se nos viene encima la atmósfera de la obra. Cinco hombres conviven en una amplia sala de amable decoración. Sólo uno de ellos se manifiesta locuaz y parece feliz; en los demás hay una tensión contenida y unas miradas que advierten al espectador de la falsedad de lo que ve. La habitación no es más que la realidad subjetiva de Tomás, y el público siempre ve a través de sus ojos. En realidad, son cinco condenados a muerte que esperan la pena capital en una cárcel. Es el proceso de inmersión en la cruda realidad, y la debilidad de los protagonistas ante el fatal desenlace. Uno de los logros formales de la obra consiste en ver, precisamente, cómo desaparecen los objetos ideales del decorado, sustituidos lentamente por las desnudas paredes de la celda. La Fundación tiene una indudable carga personal del autor, porque, al finalizar la guerra civil, Buero Vallejo fue condenado a muerte, aunque se le conmutó in extremis la pena capital por la de trabajos forzados durante seis años. Hay mucho dolor biográfico escondido en los diálogos.

La obra es un grito y una propuesta. El grito es evidente: Debemos vivir para acabar con todas las atrocidades, o como el mismo Buero dijo el día del estreno: No más violencia.

La propuesta es poco feliz y claramente paradójica. Se ridiculiza el refugio de todo hombre en lo irreal, para evitar afrontar lo cotidiano, pero es un drama existencialista patente, en el que no se apuntan salidas. Allí donde esté el ser humano siempre habrá una cárcel.

Nuestro Quijote tendría mucho que negar a este respecto: Vale más buena esperanza que ruin posesión. En el mensaje de Buero no hay esperanza. Como dice uno de los personajes, si soñamos saldremos adelante. Pero así no salimos de los sueños, y los sueños... sueños son.

J. A. S.