RetrocesoA&ONº 151/6-II-1999SumarioDesde la feContinuar

Cine: Camino hacia el cielo
No todo el que dice Señor, Señor...
No se puede pasar un solo día en Missisipi o en Tejas sin escuchar a Willy Nelson, o ver por televisión el circo de los telepredicadores. Es inevitable. Si, con Único Testigo, Peter Weir nos metió, con Harrison Ford, en la entraña de una estricta comunidad de amish, con Camino hacia el cielo, el espectador saca butaca de patio para participar en las ceremonias religiosas de una comunidad protestante en un pueblecito de Louisiana.

Hace poco, David R. Carlin escribió un artículo en la revista católica First Things en el que resumía, en dos grandes grupos, los tipos de Iglesias americanas: las denominaciones y las comunidades sectarias. Las primeras se basan en creer en Dios, y punto; son típicas del americano de buena posición, que compagina sus prácticas religiosas con una vida ajena plenamente a sus convicciones; para entendernos, puede reunir fe y conducta inapropiada. Por el contrario, las comunidades sectarias nacen en ambientes rurales humildes, donde la población es presa fácil de sentimientos a flor de piel y cuyas Iglesias locales no tienen más punto de referencia que sus propias celebraciones y encuentros. En este ámbito se situa Camino hacia el cielo.

En su primer trabajo como realizador, Robert Duvall se ha metido de hoz y de coz en la piel de un predicador de convicciones. Camino hacia el cielo es la historia de Sonny, predicador evangelista casado y con niños, que ve su vida alterada al descubrir a su mujer (Farrah Fawcet) en brazos de un joven ministro. Su carácter violento le hace perder el equilibrio moral, golpea a su rival y lo deja en coma. Comienza la fuga de Sonny hasta Louisiana, donde funda, con un puñado de seguidores, la Iglesia del camino hacia el cielo.

Uno de los logros de Robert Duvall ha sido el no manipular hasta la caricatura la figura del predicador (como hizo Steve Martin, hace unos años, en el papel de un magnate de la religión, lavadora de conciencias y artista del espectáculo, cuya labia y presunta caridad son ocasión para el enriquecimiento personal). Pese a la sinceridad del acercamiento, su director ofrece el perfil de un pastor protestante víctima de su condición de show-man. Sonny habla con Dios a gritos, con los mismos gestos que utiliza con sus fieles, como si hubiera asumido el papel de hombre espectáculo del que no pudiera prescindir ni en la intimidad de su conversación con Dios. Hasta las vecinas llaman a su casa para que modere el tono de su oración.

Quizá lo más interesante de la propuesta de Duvall es mostrarnos la vida de un hombre que, lejos de afrontar la responsabilidad de lo que ha hecho, matar a un hombre, huye a otro Estado para vivir la ilusión del nada ha ocurrido. Para Sonny, la fe es algo epidérmico, no afecta a su conducta. Es violento y no parece que tenga intención de dejar de serlo. Está enamorado de su mujer pero flirtea con otra. No es capaz de afrontar su manera egoísta de querer a los suyos. La responsabilidad de sus actos queda enterrada entre sus nuevos feligreses y en el espectáculo verbal de su discurso. Camino hacia el cielo es una descripción certera de un mundillo que nos pilla a años luz de nuestra tierra.

Javier Alonso Sandoica