RetrocesoA&ONº 151/6-II-1999SumarioDesde la feContinuar

¿Conoces a Joe Black?
Martin Brest ha dirigido a Anthony Hopkins y a Brad Pitt en un largometraje basado en La muerte de vacaciones, de Mitchell Leisen (1934). Se trata de los últimos
días en un maduro empresario al que la muerte, personificada en un joven, ha venido a recoger, interesada en conocer en algo la vida a la que va a poner fin.

El cine americano ha entrado literalmente a saco en las postrimerías, con una visión muy particular de lo que sigue después de la vida. Lo que llama la atención es la presentación de un cielo según ideas absolutamente humanas, como prolongación de esta vida, trasladando esquemas realmente insuficientes, en una especie de intento de tranquilizar conciencias.

A pesar del error manifiesto de seleccionar a un actor que ha basado su éxito en la apariencia física, si hay algo positivo en la película es que, desde el principio, la inexpresividad del personaje pone de relieve que la muerte es algo que originariamente repele al ser humano, misterio que más que entender hay que vivir, algo extraño a esa vocación de felicidad que es la propia vida, y a lo que cuesta en tantas ocasiones encontrar un sentido.

Brad Pitt ha insistido, en varias entrevistas, en la dificultad de interpretar un personaje como la muerte, al no tener precedente en el que apoyarse, al menos cinematográficamente. Parece que no ha visto El séptimo sello, obra maestra de Ingmar Bergman, donde la muerte sí es un personaje de carne y hueso. Un final demasiado cinematográfico desconcierta al espectador, dejando la impresión de que el propio guionista ha incumplido las reglas que expuso al principio, algo a lo que no estaba obligado.

Se ha perdido una buena ocasión de tratar con seriedad una realidad que merecía mayores esfuerzos por conseguir una película más original y de calidad.

Andrés Merino