Sobre los «Derechos humanos»
Aún resuenan los ecos de las grandilocuentes proclamas con motivo del cincuenta aniversario de la Declaración de los derechos humanos. Entre tanto discurso hueco y rancio ha supuesto una bocanada de aire fresco el artículo de don José Antonio Ullate Fabo en Alfa y Omega, Morir de derechos (humanos), coincidente en buena parte con lo expuesto desde el Derecho natural clásico al respecto del tema tratado.
Aquella Declaración no explica la fundamentación objetiva de los derechos que proclama y, excluido Dios, considera los derechos no como una realidad fuera de la decisión de los gobernantes, sino como una concesión altruista de éstos a sus gobernados y que, por tanto, pueden ser anulados o suspendidos según su conveniencia. Ignorado el fundamento, no ha sido posible lograr acuerdo sobre su alcance y contenido, diverso según quien pretenda su aplicación y los intereses que persiga.
Por eso, como joven católico, me han sorprendido algunas alabanzas generales a los derechos humanos realizadas por conocidos personajes cristianos, cuando nadie desconoce que, dentro del concepto derechos humanos, se admite hoy sin ningún género de dudas entre el pensamiento políticamente correcto el derecho al aborto, al divorcio, a la anticoncepción, al matrimonio de homosexuales, etc
y los que postulamos el derecho a la vida, la familia y el matrimonio, no nos podemos subir despreocupadamente al carro de lo que hoy conocemos por derechos humanos sin ser cómplices de pecados tan graves como los reseñados.
El lenguaje actual de los derechos humanos es, en palabras del profesor de la Universidad Pontificia Comillas, doctor Ayuso Torres, una metafísica inmanentista bajo el disfraz de la dignidad humana; una antropología falaz y ahistórica; una filosofía social individualista y destructiva de la sociedad civil; cuna concepción existencial y psicológica generadora de conflictos y desagradecida, que ensoberbece al hombre haciéndole olvidar lo que debe; y una filosofía política anegadora de los fundamentos de toda vida social ordenada, pues hace imposible la convivencia al destruir su base comunitaria.
Y si hace unos días el señor Ullate citaba al poeta navarro Ángel María Pascual, permítaseme ahora teminar parafraseando al Marqués de Estella, ilustre abogado que pedía poco antes de ser asesinado menos palabrería liberal y más respeto a la libertad profunda del hombre.
Santiago José Barco Pérez
El injusto embargo a Irak
Quiero expresarle mi enhorabuena por el tratamiento dado desde Alfa y Omega al problema iraquí, así como mi esencial coincidencia con su línea editorial.
La opinión pública española debe conocer lo que viene ocurriendo en Iraq desde 1991 a causa del embargo impuesto por el Consejo de Seguridad de la ONU: 5000 niños muertos cada mes por falta de alimentos y medicinas, aumento de las enfermedades y, en general, grave deterioro de las condiciones de vida. A todo ello se han venido sumando los esporádicos bombardeos anglonorteamericanos, el último de los cuales, en diciembre de 1998, supuso la destrucción de 2.500 viviendas.
No falta, por otra parte, quien justifica esta continua agresión al pueblo iraquí en que hay que obligar a Iraq al cumplimiento de las resoluciones de la ONU. Mas éstas son desobedecidas sistemáticamente por otros Estados: Gran Bretaña, que mantiene la colonia de Gibraltar; Indonesia, que ocupa la isla de Timor; o Israel, que hace lo propio con Gaza, Cisjordania, Jerusalén-este y el sur del Líbano
sin haber recibido por ello ningún tipo de castigo. Creo, sinceramente, que los católicos no podemos permanecer pasivos ni, mucho menos, mostrar aprobación ante semejantes iniquidades, aun cuando vengan de la mano de la primera potencia económica y militar del planeta.
Luis Teófilo Gil Cuadrado
Sobre el Sínodo de Oceanía
Como cristiano de a pie, condición que comparto con el señor Colina, no me cabe más remedio que mostrarle a éste mi gratitud, simpatía y reconocimiento por lo preciso, claro y católico de sus informaciones. Y como católico de a pie me creo en el derecho de exigir de mis pastores, en donde englobo obispos, sacerdotes y religiosos, no sólo esa catolicidad, sino la misma adhesión a la persona y doctrina del Papa, porque esa comunión es lo que define la fe de la Iglesia. Reflexionen aquellos que, habiendo consagrado su alma a Dios, predican y difunden un modelo de Iglesia basado en la reivindicación y difusión de sus propias ideas, entre las cuales se encuentran la exigencia de la aceptación del divorcio como moralmente lícito y el apoyo decidido al matrimonio de los sacerdotes. Reflexionen si la masiva pérdida de vocaciones no procede de esas aguas, o si el abandono de las iglesias por parte de los fieles no se debe más bien a que estos pastores ya no tienen el pan que alimenta. Muerto el pastor, se dispersan las ovejas. Con ello quiero decir a esos religiosos que protestaron por la información que Jesús Colina ofreció sobre el Sínodo de Oceanía, calificándola de oficialista y peyorativo, entre otros injustos calificativos, que sopesen los efectos de sus palabras en el cristiano de a pie, ése que ya no sabe en qué creer, porque se le predica y enseña al margen de la comunión con el Papa.
Alfonso Triviño Fernández
|