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A qué líder político o del espectáculo se le ocurriría ir a Estados Unidos, y en un encuentro con la multitud, cubierto por todos los canales de televisión, pronunciarse claramente sobre argumentos que van contra la opinión pública registrada por todos los sondeos? Sería el pecado mortal más grande que podría cometer un comunicador cualquiera; pero Juan Pablo II no es un comunicador cualquiera y se saltó, a sabiendas, todas las reglas de la sociedad de la imagen; en la cocina misma de los estadounidenses defendió con pasión la vida de todo hombre, del débil, del niño de la calle, del que todavía no ha nacido y (¡escándalo!) del criminal que ha asesinado a tres personas para agenciarse heroína.
Nadie como este Papa ha sido capaz de denunciar la pena de muerte (la calificó de cruel e innecesaria), y lo más impresionante es que se hizo entender. Las cien mil personas que le escuchaban en el Trans World Dome, el 27 de enero, en San Luis, aplaudieron sin cesar cada una de sus frases. Las encuestas instantáneas que realiza Time confirmaron que el índice de aceptación de las palabras del Santo Padre fue elevadísimo, por no decir total. Y eso que, según ha revelado el Presidente de la Conferencia Episcopal Estadounidense, monseñor Joseph Fiorenza, dos de cada tres católicos en aquel país son favorables a la pena de muerte. El apoyo popular de los estadounidenses en general es todavía algo más elevado. ¿A qué líder político, social o del espectáculo se le ocurre ir a Estados Unidos y, al ser recibido por Bill Clinton, cantarle las cuarenta en temas tan delicados de política exterior como el embargo a Cuba o los bombardeos a Irak? Se trata de temas nacionales que los estadounidenses no se atreven ni siquiera a cuestionar. Juan Pablo II, sin embargo, violó todas las reglas de la política, y en el aeropuerto de San Luis, el 27 de enero, dejó muy claro al inquilino de la Casa Blanca que toda decisión política tiene un peso muy serio en vidas humanas, que hay que sopesar con mucha prudencia. |
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El Pontífice aterrizó en tierras estadounidenses con la fuerza de la verdad. Trajo a este país lo que no tiene: la integridad del mensaje evangélico. Ante una sociedad enfermamente dividida entre radicales de izquierdas y de derechas, conservadores y progresistas, tradicionalistas y feministas, el Papa no hizo más que exponer, tal cual, el mensaje cristiano. Su pasión por el hombre le llevó a defender la vida de todas y cada una de las personas sin depender de bastiones ideológicos o de prejuicios. Su denuncia del racismo como, uno de los males más destructivos y persistentes del país hubiera suscitado suspicacias entre los conservadores en caso de que esas palabras vinieran de otra boca. Por el contrario, el amor con que supo hablar de los pequeños que no han nacido logró tocar incluso el corazón de los abortistas.
Hoy -dijo Juan Pablo II ante Bill Clinton-, el conflicto tiene lugar entre una cultura que afirma, acoge y celebra el don de la vida, y una cultura que busca declarar un grupo entero de seres humanos -los no nacidos, los enfermos terminales, los minusválidos y otros considerados «inútiles»- fuera de los límites de la protección legal. Mi ruego fervoroso es que por medio de la acción de la gracia de Dios, en la vida de los estadounidenses de todas las razas, grupos étnicos, condición económica y credo, Estados Unidos no defienda la cultura de la muerte y escoja con firmeza el lado de la vida, afirmó el Papa. Escoger la vida -añadió- significa rechazar toda forma de violencia: la violencia del hambre y la de la pobreza, que oprime a tantos seres humanos; la violencia de los conflictos armados, que no resuelven sino aumentan las divisiones y tensiones; la violencia de armas particularmente espantosas, como son las minas anti-personales; la violencia del tráfico de drogas; la violencia del racismo; y la violencia del daño insensato al medio ambiente. Palabras revolucionarias que han dado a este país otra dimensión tras la indigestión mediática provocada por el caso Lewinski. Jesús Colina. Roma |