RetrocesoA&ONº 151/6-II-1999SumarioMundoContinuar
El acontecimiento más imponente
de todo el pontificado
Los mismos periodistas de la RAI (la televisión pública italiana, acostumbrada a este tipo de eventos) se quitaron públicamente el sombrero ante la organización del encuentro de Juan Pablo II con las generaciones de este siglo, que presidió en el monumental estadio Azteca el 25 de enero. Pasará a la Historia, probablemente, como el acontecimiento más imponente de todo el pontificado.

Las 120 mil personas que llenaban hasta los topes las gradas siguieron la cita sin pestañear. Juan Pablo II, nada más entrar, al percibir con un estremecimiento el cariño de los mexicanos, que venían vestidos de blanco, pareció quitarse diez años de encima. Pronunció su histórico discurso sobre los orígenes de América y de la evangelización con una voz especialmente clara. El rostro del Pontífice se transformó ante el calor de la gente, y una sonrisa revitalizadora le acompañó durante el encuentro.

Conectadas en directo, vía satélite, se encontraban miles de personas, desde São Paolo, Caracas, Buenos Aires, Lima y Los Ángeles. Entre los presentes había niños y ancianos, empresarios e indios, mujeres de rostros curtidos por el trabajo. Fue la manera que escogió el Pontífice para dar a entender que el futuro de México y de todo el continente de la esperanza depende de la aportación de todos, de los privilegiados y de los marginados, de los hombres de decisiones y de los olvidados.

El encuentro estuvo animado por un coro de 1.500 voces. Entre ellas se encontraban grandes artistas. Sin embargo, todos se unieron al grupo como uno más, sin afán de protagonismo. Cuando se ve llorar incluso a un indio, quien normalmente tiene un dominio particular de las emociones, entonces se puede constatar que se ha vivido uno de los momentos más intensos de la comunicación entre las personas.

La fiesta, que no sólo era mariachi y pañolones, sino que se convirtió en un compromiso personal de los presentes para transformar la sociedad con la fuerza del Evangelio, estaba terminando con logrados efectos de imagen y sonido. El Papa interrumpió el último estallido de alegría para comunicar, casi en tiempo real, el dramático terremoto que acababa de azotar Colombia. Fue como una fiesta sin final, pero la mejor prueba de que aquel encuentro era mucho más que una fiesta.