RetrocesoA&ONº 151/6-II-1999SumarioRaícesContinuar
William Congdon 1912-1998: Hasta el día 14, en Madrid
La mirada de un testigo del siglo XX
«Nueva York; Años de viajes turbulentos; Llamada y conversión; Bajo una
nueva luz; Toda la tierra es santa; Luz prometida; Serenidad final» son los
títulos que señalan los distintos pasos de la exposición sobre este pintor
norteamericano, instalada en la Sala de Exposiciones de la Comunidad de Madrid
(Plaza de España, 8), que son, a su vez, los pasos de su obra y de su vida,
radicalmente inseparables, y que significan un certero juicio sobre este siglo
que termina, y el testimonio de la única esperanza verdadera para el mundo.
La exposición, que se abrió el pasado diciembre, cuyo amplio Catálogo ha sido
editado por Ediciones Encuentro, aún puede ser visitada hasta el domingo 14
de febrero (incluye una sala donde puede verse un espléndido video realizado
por la RAI, en el que el mismo Congdon, a través de diversas entrevistas, explica
su vida y su obra). Los textos del propio Congdon que se recogen a
continuación ayudarán a la contemplación de su obra mejor que cualquier comentario
No te entretengas en buscar con la mente los secretos del cuadro, antes de abordar los colores; el verdadero cuadro será por sí mismo tan imposible de prever que será para ti un continuo descubrimiento y novedad ya al nacer.

- La fachada de las casas populares de vecinos se convirtió para mí en el rostro de la ciudad: toda una red negra en la noche, confusa, retorcida y soliviantada por luces perdidas y flotantes en las que yo incidía como para destruir.

- Fui a Venecia porque su aspecto fantástico de ciudad sobre el agua parecía ofrecerme un refugio del mundo materialista que me disgustaba después de la guerra. Venecia y Nueva York son ciudades románticas las dos. Venecia opone resistencia al presente manteniéndose abrazada al pasado, con la misma tenacidad con la que Nueva York opone resistencia al pasado y arde por el porvenir. Las dos ciudades son sueños de piedra sobre el mar: una es horizontal, la otra es vertical.

- El gran consuelo que encuentro en lugares como Egipto, Grecia y la India reside en la absoluta ausencia de ese ego insistente y martillador, mezquino aunque estrepitoso, de la moderna burguesía. Bajo este aspecto Italia se está volviendo imposible. Un progreso en el bienestar, acompañado por un regreso todavía más veloz de la inteligencia, me oprime.

- Es maravilloso que en el desierto una huella, el caminar de un individuo o una idea permanezcan escritos y perduren. Mis huellas permanecían, las formas de mis pasos, yo sobrepasándome a mí mismo, yo que iba y que volvía: nosostros dos bastábamos para llenar el desierto de alegría.

- El encuentro con Cristo, después de 1959, me hace descubrir que su drama de cruz es también mío. Y esto me lleva al Crucificado a través de un retorno a la figura, figura que jamás se podrá ver o pintar separada de la cruz. Me interesaba no la figura en sí, sino la figura como Cruz, lo que la Cruz hace del cuerpo de Cristo. En el crucifijo, el cuerpo que encuentro es mi propio cuerpo doliente de pecado, cuerpo infundido de dolor hasta el punto de no poder distinguir el cuerpo del dolor, casi como si fuese el dolor que se ha hecho cuerpo y no un cuerpo que se ha hecho dolor.

- La idea para un cuadro me llega ahora de mi sentido de que el horizonte es el hombre, que la vida del hombre se desarrolla sobre el horizonte y que el cielo y la tierra son esencialmente una sola cosa.

- La luz es la vida; en cuanto hay vida hay luz. La única oscuridad es la de la muerte, que ya no ve desde dentro y, sin embargo, también ve desde fuera; la luz desciende sobre la muerte y la ilumina, sea de día o de noche.

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