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No era la primera vez que cogía el coche para visitar este convento de vida contemplativa. Mi gran compañera de penas y alegrías, Marta, había sido seducida por Jesucristo y, dejándolo todo, se entregó a Aquel que deseaba conquistar su corazón, llamándola a ser su esposa y madre. Marta había encontrado su lugar en la tierra, eso lo demostraban su ilusión, su alegría, su mirada, su apasionamiento por la vida. Jamás antes la había visto así. Estaba claro, el Señor la quería para Él.
Sigo echándola de menos, no lo puedo evitar, y ella, para animarme, siempre me dice: Aunque parezca que estoy lejos, no es así, estoy más cerca que nunca. Desde la clausura he aprendido a quereros de verdad. Ahora os quiero en Cristo. En cuanto puedo, me acerco a hablar con ella, y siempre nos falta tiempo (allí las horas pasan como minutos). ¡Tengo una amiga monja y eso es un regalo que hay que disfrutar! Pues, como decía, ésta no era la primera vez, pero ahora íbamos un gran grupo de amigas. El denominador común que impulsó a unas y otras, aparte, por supuesto, de la ilusión por ver a una amiga, era la gran curiosidad que despierta una comunidad de vida contemplativa. Cualquiera que fuera la motivación que nos llevó a cada una hasta allí (curiosidad, asombro, incredulidad ante una felicidad en clausura, inquietudes ), la iniciativa siempre es de Dios. Él se sirve de cualquier medio, hasta los más pequeños y absurdos, para hacer que te pongas en camino. |
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Una vez sentadas en el locutorio, esperábamos impacientes poder ver a Marta. La llegada de todas las Hermanas fue impresionante; dicen que, por desgracia o por fortuna, el hombre se acostumbra a todo en la vida, pero esas grandes barras que nos separaban (sólo físicamente) no dejarán nunca de impactarme. Primeramente, se fueron presentando ellas; luego, nosotras. Ya desde los primeros minutos uno percibía cuánta libertad había detrás de la reja, y cuánto respeto humano y esclavitud de este lado, del nuestro.
Poco a poco nos lanzamos a hacer preguntas, y ellas felices, nos iban respondiendo a todas. Muchas nos fueron contando su vocación y los caminos que se había ido buscando el Señor para conquistarlas. ¡Algunas no se lo pusieron nada fácil! Alguien preguntó si, una vez ya en el convento, el Señor continúa llamando a vivir vocaciones específicas. Una de las Hermanas comenzó a contarnos cómo ella había sentido desde siempre la necesidad de acercarse a un sagrario y contarle al Señor todas sus preocupaciones, sus miedos, sus angustias y desahogarse con Él. Era allí donde su alma descansaba. Meditando todo esto en su corazón, sintió la llamada a convertirse ahora ella en un lugar donde Él pudiera venir a descansar, a desahogarse, que su ser fuera para Él un lugar de reposo, de descanso, de consuelo. Betania era el lugar en la tierra donde Jesús iba a descansar, a disfrutar de la compañía de sus amigos y seres queridos; allí se sentía amado. No lo dudó ni un minuto. Él la llamaba a ser su Betania. Esto fue lo que más fuertemente resonó en mi interior en esta ocasión. Es el mismo Dios quien te habla personalmente a través de cada una de ellas. Es la fuerza de su Espíritu que actúa en el corazón haciendo desaparecer todos los temores, los agobios, hasta esas preocupaciones tan insignificantes que no te dejaban ser feliz. En ellas encontramos la mirada de Cristo, esa mirada cargada de amor y de misericordia, que te invita a entregarte sin reservas. Fueron para nosotras la voz de Dios. Emprendíamos un viaje en busca de respuestas y nos encontramos con la única respuesta: Jesucristo. Volvimos llenas de alegría y de paz, esa paz que sólo Él puede dar y que hace desaparecer todas esas inquietudes que te paralizan y te impiden vivir. No puedo más que agradecer al Señor el haber elegido a mi amiga Marta (ahora sor Ruth) para ser su esposa. Myriam Artacho |
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