RetrocesoA&ONº 185/4-XI-1999SumarioCriteriosContinuar
El porqué de una casa
en Nueva York
Cómo es posible, Madre Teresa, que abriera usted una de sus casas para los más pobres de los pobres en Nueva York? Ella no dudó en responder:

-En este barrio neoyorkino no he encontrado menos miseria que en la India.

Lo mismo se podría decir de las grandes ciudades europeas del euro, a nuestro mismo lado, aquí en Madrid.

Indudablemente hay una España que va bien -aunque parezca legítimo preguntarse: pero ¿a dónde?- Es la España que cada vez cuenta más en el concierto -¿o quizás desconcierto?- de las naciones, la de los logros políticos, sociales, económicos. Pero lo mismo de indudablemente hay una España que no va bien, la que Cáritas recoge en su Memoria del año pasado, que reflejamos en nuestro tema de portada. No pretendemos enmendar la plana a ningún Gobierno ni a ningún slogan, ni minimizar nada, ni menos aún suscitar de nuevo la polémica de las dos Españas, sino llamar la atención, sencilla y responsablemente, sobre unos hechos, unas realidades que ahí están; y lo hacemos con el fin de cooperar a una España, y a un mundo, que esté mejor para todos, y en todo.

Un mundo nuevo no puede surgir más que de un hombre nuevo. A alguien le puede parecer que la respuesta de la Madre Teresa de Calcuta -misericordia es el nombre exacto de su solución-, como la de Cáritas, son pequeños parches asistenciales en un mundo terriblemente injusto, que requiere grandes acciones políticas del más alto nivel. No cabe duda de que tales acciones son necesarias y exigibles; pero ¿no lo es más aún ese corazón nuevo que no permite calificar de parches las acciones de la caridad, y sin el cual resulta inútil toda acción política o social, al nivel que fuere? No es mi misión -dijo una vez la Madre Teresa a un periodista- denunciar las miserias; eso lo habrán de hacer ustedes; mi tarea es socorrerlas.

Socorrer, como denunciar, como cualquiera otra tarea social o política, según la vocación de cada cual, puede hacerse, o bien desde el amor, o desde los intereses. Según la mentalidad dominante, la caridad es cosa que está muy bien para las monjas, pero no parece serio apelar a ella en las grandes cuestiones de la política nacional e internacional... Así nos luce el pelo. La alternativa a la caridad -en las monjas como en los políticos- no es otra que los intereses; la alternativa a la ley del amor no es otra que la ley del más fuerte, la de la selva, por mucho que se la quiera disfrazar con solemnes declaraciones o con la creación de comités y de organismos de todo tipo. Entre tanto, cada vez es más útil y está más claro por qué la Madre Teresa abrió una casa en Nueva York.

Son muchos los marginados y excluidos, de un modo o de otro, en nuestra sociedad, y en este apartado no son los menos, desgraciadamente, los ancianos, cuya desatención pone en evidencia hasta qué punto esa ley de la selva está deshumanizando nuestro mundo. La reciente y espléndida Carta del Papa a los ancianos, con su testimonio personalísimo, viene a poner, providencialmente, una luz extraordinaria a esta España y a este mundo que quieren ir mejor, pero que no podrán mientras las acciones bancarias valgan más que la vida de un niño o de un anciano.


Acuerdo católicos-luteranos
El acuerdo sobre la doctrina de la justificación firmado el 31 de octubre en Augsburgo por católicos y luteranos es un acontecimiento histórico. Juan Pablo II, sin duda el gran promotor del diálogo ecuménico, y muy en particular de este acuerdo, lo ha saludado como un importante paso adelante en el camino de la unidad de los cristianos. Es una pena que otros espíritus, nada ecuménicos y más amantes de sus prejuicios que de la verdad, estén intentando estropearnos la fiesta con fantasmas sacados del desván de viejos resentimientos y complejos antirromanos.

La Declaración conjunta sobre la justificación no es una victoria de los protestantes sobre los católicos ni de éstos sobre aquéllos. Si hay que hablar de victorias, habrá que decir que quien ha salido triunfante ha sido la verdad de nuestra fe en Jesucristo. Juntos confesamos -dice la Declaración- que sólo por gracia, mediante la fe en Cristo y su obra salvífica, y no por algún mérito nuestro, somos aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo que renueva nuestros corazones capacitándonos para las buenas obras y llamándonos a ellas. Es exactamente la doctrina de san Pablo. Y también la del Concilio de Trento. Ha llegado el momento de poder confesarlo juntos, gracias a Dios.

La Declaración dice que ya no hay motivo para que, por causa de esta doctrina, sigamos separados. También dice que hay otros asuntos doctrinales que, por desgracia, no permiten todavía la unión plena de las Iglesias, como son la comprensión de la revelación, de los sacramentos y de la autoridad eclesial.

No tienen razón quienes aprovechan esta fiesta de la unidad para lanzar venablos contra Roma. Ni los 243 teólogos luteranos (entre ellos Ebeling y Moltmann) que acusan a sus autoridades protestantes de plegarse al supuesto imperialismo ecuménico romano, ni quienes, entre nuestros periodistas, hablan de que Roma, con retraso, como siempre, le da la razón a Lutero levantándole la excomunión (que no hay tal). Es otra cosa. Lo que pasa es que el diálogo ecuménico avanza de verdad, y eso a algunos les interesa poco.

Juan A. Martínez Camino
Director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe