RetrocesoA&ONº 185/4-XI-1999SumarioDesde la feContinuar

NO ES VERDAD

O sea, que Lutero era malo y ahora es bueno … pues yo no entiendo nada.

Oído ayer mismo, en boca de una periodista, en una de tantas tertulias de la radio. Aquí, ya se sabe -y ¡qué bien lo expresa Mingote en la viñeta que ilustra este comentario!-: tenemos todo el océano para bañarnos y nos encerramos en nuestra propia isla pequeñita y nos bañamos los pies en un balde. Aquí, ya se sabe: o todo, o nada, nuestro peculiarísimo extremismo es así. Y sería muy de agradecer que al menos las personas responsables y sensatas, que es lo menos que se puede pedir a quienes crean opinión, aprendiesen a respetar a los demás y a no dejarse llevar por la comodidad de las generalizaciones simplificadoras y simplonas. Ni Lutero es el demonio, ni Lutero es un santo, sino que las cosas son como son. Como ahora no está de moda enseñar el catecismo, pasa lo que pasa: que, a la primera de cambio, no se sabe ni por dónde nos da el aire. Los que, de pequeñitos, nos aprendimos de memoria el catecismo, sabemos perfectamente que sólo Dios es quien nos justifica y nos salva; y sabemos también que nuestra fe, si no se traduce en obras, es una fe vacía. De modo que se trata de aplicar esto a la vida con elemental sentido común y, si se hace así, toda confusión está de más y a los intentos de confundirnos se les ve el plumero desde lejos (lean la página nueve de este número). Todo lo demás son músicas celestiales y ganas de marear la perdiz, y de perder el tiempo, que necesitamos para trabajar, en disquisiciones y disputas carpetovetónicas. Aprovechar este Pisuerga para arremeter contra el Papa tiene un nombre muy feo en castellano. Las dos coordenadas claves del pontificado de Juan Pablo II son su esencial preocupación por el hombre, por cada ser humano -eso es lo que le mueve en sus textos magisteriales como en sus viajes apostólicos-, y su pasión por la verdad, su amor al esplendor de la verdad; quien quiera sacarlo de ahí y buscar motivaciones políticas, culturales, sociales, económicas, riega fuera del tiesto, como dicen en mi pueblo. La gente sencilla lo tiene clarísimo: que en la Iglesia de hoy la comprensión, la misericordia, el acercamiento entre los hermanos predomine sobre el anatema y la condena con palabras como réprobo y similares, es algo que debería alegrarnos a todos, en vez de andar buscando tiquismiquis que echarnos en cara.

Escribe Umbral a propósito de las piernas al aire de Steffi Graf en la reciente concesión de los Premios Príncipe de Asturias y aprovecha, cómo no, para meterse con la Iglesia católica tratando de identificar con gente de Iglesia a quienes no vieron con agrado una minifalda en el solemne acto de la concesión de dichos Premios. Y le sale todo su resquemor acumulado y habla de hedor de sacristía, odio catedralicio, amargura de gente reprimida, españoles acardenalados, bla, bla, bla… Una vez más, Umbral no se entera; no se entera de lo que es la religión católica, y no estaría mal que, antes de echar la lengua a paseo y faltar al respeto que le es exigible, aprendiese que el abc de nuestra religión católica es que es una religión basada en la encarnación de Dios, es decir, en que, porque Dios nos quiere, se hizo carne y sangre humana; y podría aprender ya de paso que nuestra religión se basa en la resurrección de Cristo, y que si Él resucitó con su cuerpo y su sangre, nosotros también resucitaremos con nuestro cuerpo y nuestra sangre. ¿Me puede decir Umbral qué otra religión que conozca, si es que conoce alguna, respeta hasta este punto el cuerpo humano, piernas de Steffi Graff incluidas? Dicho eso, y a ver si se entera de una vez, a lo mejor resulta que a quienes les ha molestado la minifalda en un acto como el de Oviedo, es a sus hipócritas amigos que tiran la piedra y esconden la mano, o a él mismo, tan obsesionado con las piernas, que a veces parece que escribe con ellas. ¡Qué esquizofrenia tan triste la existente entre el lúcido y maravilloso Umbral de algunas ocasiones, y el obseso aburrido y aburridor panegirista de la España cutre de condón y de zoo …!

Gonzalo de Berceo