RetrocesoA&ONº 185/4-XI-1999SumarioEl Día del SeñorContinuar
XXXII Domingo del tiempo ordinario
Evangelio
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

-El Reino de los cielos se parecerá a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco eran necias y cinco sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: ¡Que llega el esposo, salid a recibirlo! Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas. Pero las sensatas contestaron: Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis. Mientras iban a comprarlo llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también los otras doncellas, diciendo: Señor, señor, ábrenos. Pero él repondió: Os aseguro: no os conozco. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.

Mateo 25,1-13

La curva, los narcóticos y el aceite
Declaraba García Márquez después de viajar por todo el mundo que tenía la impresión de que la mayoría de los hombres de esta época somos supervivientes de una curva… todo está en el tesoro de sobrevivir al riesgo del imprevisto cada día. Prisa, inconsciencia, huída de sí se mezclan en vidas instantáneas, sin proyecto, desesperanzadas. El pasotismo, la vida sin sentido de tántos, el escapismo a paraísos imaginarios demuestran el fracaso de la falta de esperanza. Y es que vivir es una espera, se quiera o no, y conocer su sentido es la más ineludible obligación.

La parábola de este domingo, vivísima, nos transporta a las bodas del tiempo de Jesús en Palestina; presenciamos el regateo por la dote y los corros de las doncellas que acompañan o esperan a los novios; casi escuchamos los cantares y la música, nos arrastra su alegría. Palabras llenas de resonancias con las que nos dice Cristo que la vida se parece a la espera de un enamorado. Vivimos una relación esposal con Dios, una alianza de amor, y nuestra vida es toda ella aguardar la venida del Señor. Pero aquel esposo podía retrasarse hasta tarde. Hemos de sufrir, sin duda, diariamente la impaciencia, y, con ella, nuestro mayor riesgo. Porque la vida se decide en Cristo, que, cuando entre, cerrará la puerta, signo del juicio definitivo de Dios. El grito de aviso que oímos en la noche no es más que el elemento dramático que señala lo imprevisto de su llegada. Tan sólo quien esté bien dispuesto, el verdadero amador, le seguirá.

Igual da que se presente el argumento con un colorido oriental o con las Historias del Kronen si la actitud ante la vida es, en el fondo, suicida, como todo escepticismo, gregarismo o fanatismo. No vale la pena vivir cuando falta una razón para dar la vida. Porque sin esperanza la vida es insoportable. La falta de verdad y el subjetivismo narcotizan. Es agotadora una vida sin nadie. Ahora bien, anhelar a Cristo compromete, excita el amor, madura y sana al hombre. Si el sueño de las doncellas simboliza la inactividad, la torpeza o la frialdad espiritual, la vigilia significa la tensión de un amor activo. Con este aceite arde la lámpara de la alegría, que es constitutiva de la existencia cristiana, porque brota de la esperanza. El alboroto de la diversión a veces sólo enmascara la frustación. El máximo gozo es siempre producto del amor, y en eso consiste la manifestación de la fe, por eso la alegría de Cristo es compatible con las dificultades de la existencia, la hace más fácil.

La clave está, por tanto, en la actitud de las doncellas. Sus posturas trazan modos de estar ante la vida. Unas son listas, otras no. Estas bobas no son, ni mucho menos, como el bufón de la comedia, personajes que dan la chispa al drama. Son el drama mismo. Estas jóvenes son literalmente insensatas, más que distraídas; son el retrato del incrédulo (que no cree) y del cristiano demasiado crédulo (que tampoco cree de veras), de los distraídos, los divertidos con las cosas. La muchacha previsora es quien vive su fe con disponibilidad, en tensión amorosa. Éste es el aceite envidiable que no se puede repartir; cada uno debe adquirirlo. El hombre inmaduro, el que nunca llega a adulto porque no acepta la realidad como es, rechaza la esperanza y la fe. No le queda más que la protesta. La esperanza, sin embargo, define al homo viator, y la paciencia es la actitud básica de nuestro estado itinerante. Es el único camino que lleva a nuestra cita insoslayable con Dios. Llegar a la meta requiere mucho aceite, amar a Cristo, amarle en la vida, para no desertar de ella. Se entiende, pues, la solemne consigna del Kempis: Vigila, vuelve a empezar cada día, lucha como al comienzo, como en tu amor primero: ¡Semper incipe!, ¡empieza siempre!

Rafael Zornoza Boy


Padre rico en misericordia
La auténtica misericordia es, por decirlo así, la fuente más profunda de la justicia. Si ésta última es de por sí apta para servir de árbitro entre los hombres en la recíproca repartición de los bienes objetivos según una medida adecuada, el amor en cambio, y solamente el amor (también ese amor benigno que llamamos misericordia), es capaz de restituir el hombre a sí mismo.

La misericordia auténticamente cristiana es también, en cierto sentido, la más perfecta encarnación de la igualdad entre los hombres y por consiguiente también la encarnación más perfecta de la justicia.

La igualdad introducida mediante la justicia se limita al ámbito de los bienes objetivos y extrínsecos, mientras el amor y la misericordia logran que los hombres se encuentren entre sí en ese valor que es el mismo hombre, con la dignidad que le es propia.

Juan Pablo II
Dives in misericordia,
n. 14