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La catedral de Madrid ha sido dotada de un gran órgano de tubos, que servirá tanto para solemnizar el culto de la que es la primera iglesia diocesana, como para que en él se interprete la mayor parte de la literatura musical creada para el órgano.
El canto y la música sacra constituyen -en palabras del Concilio Vaticano II- una parte necesaria o integral de la liturgia solemne. Por ello, pide que se cultive con sumo cuidado el tesoro de la música sacra. Y, aunque considera que ese canto y música sagrada se puede interpretar con cualquier instrumento -siempre que se haga con la dignidad debida al templo- no oculta su preferencia por el instrumento cuyo uso se generalizó en el Occidente cristiano a partir del siglo X: Téngase en gran estima en la Iglesia latina el órgano de tubos, como instrumento musical tradicional, cuyo sonido puede aportar un esplendor notable a las ceremonias eclesiásticas y levantar poderosamente las almas hacia Dios y hacia las realidades celestiales. De hecho, ningún otro instrumento puede aportar la riqueza de sonidos y matices que tiene un buen órgano de tubos. Los instrumentos electrónicos, aunque han logrado timbres muy peculiares, no han sido aceptados, en general, por los organistas como alternativa válida al órgano de tubos. Aunque es necesario reconocer en justicia que allí donde no es fácil adquirir un órgano de tubos, el órgano electrónico ha hecho, y sigue haciendo, un servicio inestimable. |
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Parecía, pues, necesario, que en el gran templo catedralicio, que es signo visible de la Iglesia que peregrina en Madrid, se dispusiera de este instrumento, tanto para las solemnes celebraciones diocesanas como para ofrecer al pueblo de Madrid y a sus visitantes los grandes tesoros de la música sacra compuesta para el llamado rey de los instrumentos. El patrocinio de Caja Madrid ha hecho posible, además, que este instrumento sea uno de los mejores posibles. Se trata de un gran instrumento, encerrado en un mueble, de estilo contemporáneo pero con fuerte inspiración gótica, con unas dimensiones de 11«50 metros de alto por 9«75 metros de ancho. Tiene 70 registros (es decir, 70 juegos diferentes de tubos, cada uno de ellos con su sonido peculiar) que se tocan en cuatro teclados manuales y un pedalero (teclado que se toca con los pies). La variedad de registros hace posible que, en este instrumento, se pueda no sólo acompañar con toda solemnidad el canto de la asamblea y el coro, sino también interpretar casi todos los géneros de música para órgano que se han compuesto: desde nuestros autores de los siglos XVI y XVII, hasta las grandes obras barrocas; desde los románticos franceses, hasta las obras contemporáneas. Ha sido construido por un organero alemán, Gerhard Grenzing, afincado en España desde hace más de treinta años, y que, junto a su equipo, ha construido un buen número de órganos de todos los tamaños, incluido el de la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional, y restaurado muchos órganos antiguos de la escuela española, y es admirador especialmente del buen hacer del mallorquín Jorge Bosch. Ha sabido realizar en sus ya numerosas obras (dentro y fuera de España) una síntesis de lo mejor del órgano alemán y del ibérico, aportando numerosas mejoras en la construcción del órgano.
De esta forma, podremos poner mejor en práctica en nuestra catedral la invitación que constantemente, a lo largo del Antiguo y del Nuevo Testamento, se nos hace: Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas, cantadle un cántico nuevo, acompañando los vitores con bordones. Tocad para Dios, tocad, tocad para nuestro Rey, tocad. Porque Dios es el rey del mundo: tocad con maestría; Con clarines y al son de trompetas, aclamad al Rey y Señor; Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados... Esta invitación ha sido abundantemente recogida a lo largo de estos veinte siglos de historia de la Iglesia por multitud de músicos creyentes que han sabido expresar con música su fe y su oración. Y es que la vida y las palabras de Jesús, su muerte redentora y su gloriosa resurrección han sido continua fuente de inspiración para los artistas cristianos. De hecho, no sería exagerado afirmar que la música occidental ha nacido y crecido en el humus de la fe cristiana. Muchos de los más grandes músicos han sido al mismo tiempo profundos creyentes, como Juan Sebastián Bach o, mucho más recientemente, Olivier Messiaen. Ambos, organistas. El nuevo órgano de la catedral de Madrid será también para los hombres y mujeres de hoy una ocasión de acercamiento a Dios a través del canto y la alabanza, y a través de la escucha de las pequeñas y grandes obras del tesoro de la música sacra, que en su día fueron la oración de otros hermanos creyentes. Félix Castedo |