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Hay en la clase periodística, si es que existen las clases, sangre de humanidad. Más de una vez he oído lamentarse a mis compañeros de profesión por la ausencia del paraíso en la tierra, por la imposibilidad de la felicidad a causa de la inevitable presencia de la realidad ponzoñosa en las personas y en los colectivos humanos. No en vano, a nuestra profesión se la califica con innumerables adjetivos, de difícil reproducción en esta columna. Un noble representante de esta sabia profesión periodística, articulista del Grupo El Correo y colaborador de la revista Telva, Miguel Aranguren, ha atisbado en el libro Hijos del paraíso, editado por Martínez Roca, algo de los paraísos terrenales en esta novela, que recoge las experiencias de una enfermera que abandona su cómoda vida en un hospital de gran ciudad para atender a los habitantes de una pequeña aldea en el desierto africano. Y, junto a esta historia, otras dos más que nos hablan de personas que practican el sagrado principio de que todo lo que no se da, se pierde. El estilo ágil, puramente periodístico, de este texto hace que las páginas fluyan como los ríos de la vida, de la vida ejemplar de quien lo deja todo para dedicarse a los más pobres de entre los pobres.
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J. F. S.
