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El juez Garzón se dispone a procesar por genocidio a un centenar de altos jefes militares argentinos, mientras sigue con lo de Pinochet y anuncia proceso contra el italiano Berlusconi. Pues ¡qué bien! ¡Estupendo! Pero la gente se pregunta: ¿y para cuándo un proceso a los dictadores comunistas de La Habana y de Pekín? ¿Y para cuándo un esclarecimiento de lo del GAL o, aunque sea, una justicia rápida, normal y corriente para todos los españolitos de a pie? Los más conspicuos tertulianos, columnistas, comentaristas y creadores de opinión siguen erre que erre con su particular murga y milonga de que Roma le ha levantado la excomunión a Lutero. Basta con que uno cualquiera de ellos lance al ruedo ese bluff, naturalmente sin haberse leído ni por asomo el documento del que está hablando, y en el que ni siquiera aparece la palabra ex-comunión, para que todos los demás, como borreguil reata, le sigan insistiendo falazmente en la misma mentira y, por supuesto, sin tomarse la más elemental molestia de leerse el documento, que digo yo que qué les costaría, en vez de acusar a Roma de entonar la palinodia, cuando los únicos que entonan la palinodia, el lugar común y el topicazo falso, son ellos. Que no, que no es verdad: que en la reciente declaración conjunta católico-luterana no ha habido vencedores ni vencidos, sino un inicial acuerdo, a Dios gracias, en un largo camino que todavía falta por recorrer con responsabilidad y con caridad. A don Antonio Gala, ¡vaya por Dios!, le molesta que la enseñanza de la Religión tenga la categoría docente, que, como él muy bien sabe, debe tener, y dice que ya le estamos tocando las narices a la libertad. Aquí el único -bueno, el único no, pero sí uno de los que más- que toca las narices a la libertad es el señor Gala que todavía no se ha enterado, a estas alturas de la película, y con lo sencillito que es enterarse, de que la enseñanza de la religión, en cualquier país normal, no se hace o no se debe hacer en nombre de la Religión, sino precisamente en nombre de la libertad, que tanto cacarea, pero que luego aplica como le da la gana, con lo que deja de ser libertad para convertirse en arbitrariedad y falta de respeto a la más noble y trascendental de las dimensiones humanas. Don Alfonso Coronel de Palma, presidente de la Asociación Católica de Propagandistas, y su equipo han conseguido, con hechos y en muy poco tiempo, que la ACDP vuelva por sus fueros mejores: el reciente Congreso Católicos y vida pública que acaba de ser clausurado en Madrid, y que, afortunada y esperanzadoramente, ha sido el primero de una serie anual que ya ha sido anunciada, ha constituido una sacudida muy oportuna en la adormilada conciencia de los católicos españoles y les ha hecho mucha pupa a quienes han visto en él el germen de una estupenda realidad que renace: la de la irrenunciable presencia de los católicos en la vida pública española, presencia a la que los católicos tenemos, obviamente, pleno derecho. La prueba irrefutable de que el Congreso ha dado en la diana ha sido la casi ausencia de información sobre él, en El País y en El Mundo; pero eso es lo de menos. Lo de más, lo verdaderamente importante es que la luz ha vuelto a ser puesta, coherente y responsablemente, sobre el candelero, de modo que alumbre a todos los de la casa. Digo yo que por qué le habrá molestado tanto al enviado especial de El Mundo, Rubén Amón, la visita pastoral del Papa a la India. A lo peor se cree, de verdad, que el Papa va buscando multitudes; a lo peor se cree, de verdad, que al cristianismo la asusta la persecución y las dificultades. Una vez más, Juan Pablo II ha impresionado y asombrado al mundo. Se rasgan las vestiduras hipócritamente algunas emisoras de radio, como la SER, ante macabros hechos de abusos criminales y perversiones sexuales, y se preguntan que en qué fuentes bebe esa gente. Pues, entre otras, en las suyas. Se pasan la vida aireando y vendiendo basura y permisividad, y luego ¿pretenden que no huela mal? Gonzalo de Berceo