RetrocesoA&ONº 186/11-XI-1999SumarioDesde la feContinuar
Respuesta de la Iglesia católica a la Declaración conjunta
En camino hacia la verdad
Esta Nota, que constituye la respuesta oficial al texto de la declaración conjunta
y del que recogemos los siguientes párrafos significativos, fue elaborada por la
Congregación para la Doctrina de la Fe y el Consejo Pontificio para la promoción
de la Unidad de los cristianos, y está firmada por el Presidente de dicho
Consejo Pontificio, directamente responsable del diálogo ecuménico

La Declaración conjunta entre la Iglesia católica y la Federación luterana mundial sobre la doctrina de la justificación representa un progreso notable en la comprensión mutua y en el acercamiento de las partes en diálogo; muestra que son numerosos los puntos de convergencia entre la posición católica y la luterana sobre una cuestión tan controvertida durante siglos. Ciertamente se puede afirmar que se ha logrado un elevado grado de acuerdo, tanto por lo que atañe al enfoque de la cuestión como por lo que se refiere al juicio que merece. Es correcta la constatación de que hay un consenso en verdades fundamentales de la doctrina de la justificación.

Ahora bien, la Iglesia católica considera que no se puede hablar de un consenso que elimine toda diferencia entre los católicos y los luteranos en la comprensión de la justificación. La misma Declaración conjunta alude a algunas de esas diferencias. En realidad, en algunos puntos las posiciones son aún divergentes.

-Las dificultades más grandes para poder afirmar un consenso total entre las partes sobre el tema de la justificación se encuentran en el punto 4.4 El pecador justificado. En efecto, según la doctrina de la Iglesia católica, en el bautismo se quita todo lo que es realmente pecado, y por eso Dios no odia nada en los que han renacido. De ahí se sigue que la concupiscencia que permanece en el bautizado no es propiamente pecado. Por eso, para los católicos la fórmula al mismo tiempo justo y pecador, tal como se explica al inicio del n. 29 (pero viéndose a sí mismo, reconoce que también sigue siendo totalmente pecador; el pecado sigue viviendo en él), no es aceptable.

-Otra dificultad se encuentra en el número 18 de la Declaración conjunta, donde se manifiesta una clara difere cia en la importancia que la doctrina de la justificación tiene para los católicos y los luteranos, en cuanto criterio para la vida y para la praxis de la Iglesia. Mientras que para los luteranos esta doctrina ha asumido un significado totalmente singular, por lo que atañe a la Iglesia católica el mensaje de la justificación, siguiendo la Escritura y ya desde los tiempos de los Santos Padres, se debe insertar orgánicamente en el criterio fundamental de la regula fidei, es decir, la confesión del Dios uno y trino, cristológicamente centrada y arraigada en la Iglesia viva y en su vida sacramental.

-Como afirma el número 17 de la Declaración conjunta, luteranos y católicos comparten la convicción de que la vida nueva viene de la misericordia divina y no de un mérito nuestro. Ahora bien, conviene recordar, como se dice en 2 Cor 5,17, que esta misericordia divina lleva a cabo una nueva creación y, por consiguiente, capacita al hombre para responder al don de Dios, a cooperar con la gracia. A este respecto, la Iglesia católica constata con satisfacción que el número 21, de acuerdo con el canon 4 del Decreto sobre la justificación del Concilio de Trento, afirma que el hombre puede rechazar la gracia; pero también se debería afirmar que a esta libertad de rechazar corresponde una nueva capacidad de adherirse a la voluntad divina.

En realidad, incluso la parte luterana, en el número 21, afirma una plena participación personal en la fe (el creyente participa plena y personalmente en su fe). Sin embargo, sería necesario un esclarecimiento sobre la compatibilidad de esta participación. Por lo que se refiere a la frase final del número 24: Por lo tanto, no niegan que el don de la gracia de Dios en la justificación sea independiente de la cooperación humana, debe entenderse en el sentido de que los dones de gracia de Dios no dependen de las obras del hombre, pero no en el sentido de que la justificación puede acontecer sin la cooperación humana.

La Iglesia católica sostiene también que las buenas obras del justificado son siempre fruto de la gracia. Pero, al mismo tiempo, y sin quitar nada a la total iniciativa divina, son fruto del hombre justificado y transformado interiormente. Por eso, se puede decir que la vida eterna es, al mismo tiempo, tanto gracia como recompensa dada por Dios por las buenas obras y los méritos. Esta doctrina es consecuencia de la transformación interior del hombre.

-Al continuar el estudio se deberá tratar también del sacramento de la Penitencia, al que se alude en el número 30 de la Declaración conjunta. Según el concilio de Trento, mediante este sacramento el pecador puede ser nuevamente justificado: eso implica la posibilidad, por medio de este sacramento, distinto del Bautismo, de recuperar la justicia perdida. No todos estos aspectos se encuentran suficientemente recogidos en el citado número 30.

-El elevado nivel de acuerdo alcanzado no permite aún afirmar que todas las diferencias que separan a los católicos y a los luteranos, en la doctrina sobre la justificación, son simples cuestiones de acentuación o de lenguaje.

-Por último, debería ser preocupación común de luteranos y católicos encontrar un lenguaje capaz de hacer que la doctrina de la justificación sea más comprensible también para los hombres de nuestro tiempo. Las verdades fundamentales de la salvación dada por Cristo y acogida en la fe, del primado de la gracia sobre cualquier iniciativa humana, del don del Espíritu Santo que nos capacita para vivir de acuerdo con nuestra condición de hijos de Dios, etc., son aspectos esenciales del mensaje cristiano que deberían iluminar a los creyentes de todos los tiempos.