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Juntos confesamos: sólo por gracia mediante la fe en Cristo y su obra salvífica y no por algún mérito nuestro, somos aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo que renueva nuestros corazones, capacitándonos y llamándonos a buenas obras (artículo 15 de la DCJ).
Lo tenemos por escrito desde hace algunos días: ya no es sólo fe luterana común, común confesión evangélica, sino que ahora también lo sostienen el Vaticano y la Unión Luterana Mundial en la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación. Se firmó el día 31 de octubre en Augsburgo por el cardenal Cassidy y el Presidente Noko, precisamente en la fecha de la conmemoración de la publicación de las 95 tesis de Martín Lutero en Wittemberg el año 1517, fecha en la que los protestantes celebran el día de la Reforma, y en la ciudad en la que se selló la separación de las dos Iglesias en 1530 con la Confesión de Augsburgo y donde, en 1555, se firmó la Paz religiosa de Augsburgo, al menos una separación amistosa. Dios superó hace casi 2.000 años la separación entre cielo y tierra. ¿Cae ahora el muro entre las Iglesias? ¿Por fin veremos abrazarse a las viejas hermanas? ¿Crecerá en unidad lo que es uno? Muy mucho se ha tardado para que pudiera ser firmado el papel sobre este punto central de la fe: cuatrocientos cincuenta años de historia separada de las Iglesias y de la teología, y dos decenios de trabajo conjunto en comisiones, además del proceso de votación en las Iglesias luteranas y las decisiones en el Vaticano, y finalmente una gran carga de diplomacia secreta eclesial, para, tras muchos peros, llegar a juntarse, al menos en el papel. |
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¿Un paso de gigante hacia la unidad? No: existen todavía diferencias esenciales en temas esenciales de la fe. Del camino no se han eliminado todos los obstáculos; incluso algunos están señalizados de rojo. Y todavía falta mucho para que se alcance oficialmente la comunidad en la cena eucarística. No obstante, la declaración formula un consenso en las verdades básicas de las dos Iglesias y muestra que los desarrollos diferentes ya no deben constituir ocasión de condenas doctrinales. También por lo mismo existe una base sólida para la aclaración futura de cuestiones debatidas. Las Iglesias afirman sus diferentes puntos fundamentales en mutua apertura y próximamente se verá si -y, en cuyo caso, cómo- las declaraciones escritas repercuten y se verifican en la vida y en la doctrina de las Iglesias.
De todos los lados llueven las críticas: ya sólo en Alemania, 160 profesores de Teología evangélica se preguntaban si la Declaración no ha renunciado teológicamente a demasiado, y si no se ha aguado así el precioso vino del regalo de la gracia de Dios. De la parte contraria, a muchos luteranos les ha dolido la pregunta, procedente del Vaticano, de si un consenso tal, sinodal y alcanzado parlamentariamente, pueda tener autoridad eclesial. Y, desde la perspectiva de la sociedad, se les pregunta continuamente a los párrocos y teólogos: ¿Acaso no existen tareas más urgentes y cuestiones más importantes en nuestro tiempo? La pregunta básica de Martín Lutero y de los inicios de la modernidad de cómo encuentro yo a un Dios benigno, misericordioso, ya no es la cuestión esencial del hombre actual. Y la palabra justificación tiene hoy un mal sabor adicional. Se trata de defender el propio rendimiento ante las pretensiones de otros y de aseverar la propia inocencia. El sentido original se trastoca en lo contrario: la absolución del culpable y un nuevo inicio allí donde no había salida. En una sociedad en la que se proporciona el reconocimiento sobre la base del rendimiento y del mérito, puede ser ésta una noticia liberadora: la identidad ya está fundada antes de que se tenga que elaborar. Constituye un signo muy esperanzador el que las Iglesias se atrevan a encontrarse en este punto central de la fe cristiana. Y, mirado lúcidamente, una separación de duración centenaria no se puede superar en un día. El nuevo modelo ecuménico del consenso diferenciado en una diversidad reconciliada es realista y muestra el camino a seguir. Así es posible percibir los distintos puntos clave e interpretaciones que descansan sobre una base común. Pero queda mucho por hacer, y no sólo saber hablar, en el lenguaje de hoy, de la gracia de Dios que nos hace libres. Está la discusión de cuestiones en litigio, tales como el ministerio y la Santa Cena-Eucaristía, el pecado y la justicia. La declaración conjunta no es la meta de todos los deseos. Pero puede constituir un inicio. Ralph Baudisch |