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Me he preguntado a menudo por qué el mensaje de la Iglesia llega muchas veces deformado y tergiversado a la gente cuando pasa por el tamiz de los medios de comunicación. Una respuesta coherente a esta cuestión es la que encontré en una reciente visita a la Facultad de Comunicación Social e Institucional de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en Roma. Traté de estas cuestiones con el Vicedecano de dicha Facultad, el profesor Norberto Gonzáles Gaitano. Esta Facultad resulta singular por sus objetivos: la investigación y enseñanza en el área de la Comunicación institucional de la Iglesia. Tiene publicadas obras interesantes, como la que recoge un ciclo de conferencias y lleva el título Dealing Media for the Church, Roma. 1999. Y será interesante conocer los resultados de la investigación que analiza el tratamiento de la información religiosa católica en los grandes rotativos de varios países. La Iglesia, por su dimensión de misterio, necesita tener al frente de sus instituciones a comunicadores con sólida formación teológica, filosófica y canónica, además de preparación humanística y conocimiento profundo de la naturaleza de los medios de comunicación, sostiene González Gaitano. En esta Facultad consideran que, si los mensajes de la Iglesia llegan mal a la opinión pública, no siempre es por mala intención de los profesionales del periodismo. No es eso. Casi siempre es debido a que no funciona bien la comunicación. Para informar correctamente sobre la Iglesia el periodista no necesita ser experto en teología sino tener una actitud honesta y documentarse bien. Entonces, se comprende que la Iglesia tiene que preocuparse para tener profesionales de la Comunicación que faciliten el trabajo de los profesionales de los medios que quieran trabajar con competencia y honestidad. Claro que si falla esto último, que a veces falla, no hay nada que hablar. El comunicador institucional de la Iglesia trabaja en dos campos. Uno el de los medios confesionales, a los que ha de tratar con un talante evangelizador y apologético y una realización eficaz y profesional. El otro, el de los medios no confesionales, que son muy importantes para la evangelización; hay que tratarlos con la misma actitud con la que los tratan otras instituciones sociales que tan bien saben hacer pasar sus mensajes. La nueva evangelización que tanto urge a Europa y al mundo exige un plus de esa ciencia tan antigua como el hombre, pero tan nueva como los son las recientes tecnologías de la comunicación, entendiendo este término en toda su moderna amplitud. Mercedes Gordon Eran chavales que hace dos años no sabían decir por qué venían a la catequesis de confirmación, pero sí que esperaban que esas dos horas de los viernes terminasen cuanto antes para cumplir el rito de aprovechar la noche como sea, que pasaban mucho de sus catequistas, pero no de sus compañeros más mayores que tenían moto, móvil y chavala, y a los que al menos podían imitar emborrachándose esa noche aunque tuviesen que estar a la una en casa. Ahora, después de haberse confirmado, esas mismas tardes de los viernes llaman por teléfono a su catequista, y van a verla, y a contarle sus cosas, y aunque aún les da un poco de corte decir a sus amigotes quién es esa tal Yayo a la que llaman, algo muy dentro de sus jóvenes conciencias les dice que lo que les enseña esta mujer con su vida, con su cariño, y con sus certezas, es más grande que todo el resto. No sé cuantos miles de catequistas hay en Madrid, pero el pasado sábado se reunieron unos 500 en el Encuentro diocesano de catequistas. Es tremendo, pensé también al escuchar sus intervenciones, saber que en esta gran ciudad, al menos estos quinientos hombres y mujeres, jóvenes y adultos, semana tras semana, transmiten su vida de fe a miles de niños, jóvenes y adultos, aquí mismo en Madrid. Y es tremendo porque ellos no entienden su vida como la entiende el sistema, como un devenir de situaciones sin más misterio que el de ir tirando, a ver qué nos depara la suerte en el amor, el trabajo, el dinero y la salud. Parece que en la mirada de estos catequistas encuentran algo que vale más que las litronas, las pastillas, y esas noches que no acaban nunca. Porque estos aparentemente inofensivos catequistas, que a muchos les suena a reliquias del pasado, se creen de verdad lo que cuentan. Es más, lo viven. Y sus catecúmenos empiezan a ver en ellos que el mundo no empieza y termina en las aburridas aventuras de los Power Rangers, en el espectáculo millonario del Derbi, o en el mimetista mirarse al ombligo de los jóvenes de la serie Al salir de clase. Manuel María Bru