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| En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
—Un hombre que se iba al extranjero llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno; a cada cual según su capacidad. Luego se marchó. Al cabo de mucho tiempo volvió y se puso a ajustar las cuentas con ellos. El que había recibido cinco talentos le presentó otros cinco, diciendo: Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco. Se acercó luego el que había recibido dos y dijo: Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos. Su señor les dijo a cada uno: Muy bien, empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor. Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo: Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces; tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo. El señor le respondió: Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco para que al volver yo pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará; pero el que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Mateo 24, 14-30 |
Lo rentable de veras Es estrictamente necesario hacer balance ante Dios. El talento, la mayor unidad monetaria griega de la época (unas 6.000 dracmas), significa en las palabras de Cristo la suma de capacidades que el dueño da a cada uno. Todos saben lo que libremente se ha de hacer sin más explicaciones. Es evidente que, para producir, hay que invertir o negociar, y que siempre hay un riesgo. Pero hemos de saber qué talentos tenemos. Tendemos a asociarlos con nuestros valores, lo que nos hace mejor dotados. No obstante, todo lo que Dios nos proporciona es para nuestro bien, y frecuentemente lo más valioso para nuestra salvación es, sin embargo, lo menos preciado, las dificultades de la vida: sufrimientos, contrariedades, amargura, soledad... aunque nos cueste aceptarlo. Esconderlo o excusarse en la debilidad propia no es, pues, modestia, sino falta de fe en Dios, que da a cada cual según su capacidad. El inmovilismo, la falsa prudencia, no acoger el Reino, es rechazo solapado de Dios, verdadera deserción. He aquí el último peligro. Toda la atención de Cristo se concentra, por consiguiente, en el último personaje: el condenado. Cada persona, dice Jesús, no se diferencia ante Dios por los dones que tiene (regalo suyo, al fin y al cabo), sino por la respuesta que le da con ellos. No hay que olvidarlo. Cada existencia tiene en sí un riesgo, una responsabilidad. Y si el timorato de la parábola no trabajó fue por desconfiado. Entendió mal a Dios, le imaginó explotador, duro... y le dio pavor. Como Adán y Eva, engañados por la imagen de Dios proyectada por la serpiente, huyó a esconderse, quedó desnudo, sin nada. Ciertamente es así: quien cree salir perdiendo con Dios, efectivamente, pierde todo; quien le imagina dominador y alienante permanece esclavo; quien no reconoce al Padre queda huérfano; y se pierde quien en la prueba sólo ve perdición. El miedo es siempre mal consejero ante Dios. Sólo el amor crea ilusión; y la confianza, fantasía, valor y generosidad. Ningún talento es suficiente si no se busca con él lo excelente. Y ¿no es nuestra fe el más valioso de todos? Dios no ha dicho que tenemos que ser la miel de la tierra sino la sal, que decía Bernanos. Pero a veces se pudre la Palabra de Dios y la gracia de nuestra salvación, en la tierra del conformismo comodón, las prácticas estériles y rutinarias; en guardarnos para el servicio, la avaricia con nuestro tiempo, el ocio sin mayor negocio, en cerrarse a la esperanza, en el dolor sin amor. Son los solares de la eterna tristeza. Escribía también: El escándalo de los escandalosos, lo que escandaliza de veras, no es el sufrimiento, sino nuestra libertad. Lo cierto es que comprometemos en la vida una parte ridículamente pequeña de nosostros mismos. ¿No consistirá la condenación en descubrir demasiado tarde, después de la muerte, un alma inutilizada, muy cuidadosamente replegada y echada a perder, como esas sedas preciosas que se conservan guardadas sin usarlas? ¿Y si al amanecer del día de la verdad la pregunta del Señor fuese: Qué has hecho con tu fe? Rafael Zornoza Boy
Los que dan consejos ciertos a los vivos son los muertos, decía el sabio. La parábola de los talentos, precisamente en esa frontera al final de la vida, con la mirada añeja que sabe ver lo rentable de veras, es un ejercico recomendado, aunque doloroso. Un examen siempre ayuda. ¿No fue así con el osado Bon jour tristesse, que sacó a la luz la existencia insulsa de una generación burguesa, permisiva y amiga de escandalizar, con su pesimismo y melancolía, porque en su recuento a la luz del día amanecía tan pobre que sólo le quedaba su tristeza?
Padre rico en misericordia San Ireneo (siglo II)