RetrocesoA&ONº 186/11-XI-1999SumarioEn portadaContinuar
¿Hay Dios?
La pregunta pide investigar si tenemos razones de solidez suficiente para afirmar que hay Dios, razones en conjunción de coherencia.

Somos cuerpos pensantes. Preguntamos por todo, inquirimos siempre razones para todo, buscamos a todo respuesta. Ése es nuestro afán. Nos habita la razón. La razón se expresa en lenguaje, en palabras. Palabras de aliento o de desprecio, palabras de amor o de fatiga; palabras que escriben la Constitución o palabras que construyen la ciencia.

Pasemos la vida en esfuerzo titánico buscando razones, produciendo razones, encontrando razones; razones de todo, razones para todo, de manera tal que esta búsqueda se ha convertido en uno de los más importantes ejes de la humanidad que somos, sin que nadie pueda decirnos: niño, calla ya, no seas plomo.

Por ello, indagamos también por las razones del conjunto, las razones del todo, y así buscamos razones de por qué hay algo en vez de nada. Dando vueltas a esa pregunta nos topamos con ésta única respuesta razonable: porque el mundo es creación.

Por tanto, hay un creador del mundo, al que llamamos Dios.

Somos cuerpo de hombre, cuerpo de mujer, de donde nos surge la palabra. Palabra que se construye partiendo de nuestro cuerpo, en íntima relación con él, palabra siempre metafórica, siempre funcionando por analogías, siempre en expresión retórica, siempre producto de la mímesis; palabra en búsqueda de sentido, en encuentro de sentido.

Tremenda y sorprendente fragilidad la nuestra, y a la vez fuerza inmensa de esa fragilidad. Pura encarnación de la palabra. Por tanto, la nuestra no es una razón logificadora, razón raciocinante, una razón seca, sino razón húmeda. Con ella, y con todo lo que somos, producimos acciones que construyen corporalidades en las que nos sostenemos, con las que vivimos y convivimos.

Porque somos cuerpo, fuerza inmensa del deseo que siempre apunta y lleva más allá, sin que nada lo llene, sin reposo, sin fin; él crea fines, provoca acción. Porque somos seres imaginativos, creadores con la palabra, palabras con gesto, que explican y suscitan nuevos gestos y nuevas acciones, construimos, producimos, creamos realidad.

Porque pensamos que la razón es clave en lo que somos, punto rojo del árbol de la evolución, el esfuerzo de razonabilidad nos ha llevado a pasar del mundo a la realidad. No sólo estamos en el mundo como figuras en el paisaje, sino que, aposentados en la realidad, somos.

Así, cuerpo creador de corporalidades que se encuentra siendo, que está siendo, que es, que tiene que ser. Un ser que, evidentemente, le ha sido ofrendado. Extremada fuerza de creación la suya, capaz de vislumbrar en transparencia el Ser que le está donando su propio ser. Acá, la analogía del ser es decisiva.

Así, la realidad sólo es tal porque es verdadera, tiene fundamento, y a ese fundamento lo llamamos Dios. Un Dios que nos termina siendo tan personal como nosotros mismos.

Luego es razonable decir que hay Dios.

Alfonso Pérez Laborda