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Diez años nos separan hoy de la caída del muro, del fin simbólico del socialismo y de la división de Europa: el mundo que nació de la segunda guerra mundial, pero que condicionó sin piedad a varias generaciones que sólo sabían de la guerra de Hitler por lo que habían visto en las películas, por fin se desvanece. Y por fin, aunque no simpre sea fácil apreciarlo desde la lejana. Península Ibérica, millones de europeos empiezan a pasar página y a superar -que nunca olvidar- La guerra de papá, ese pecado original que ha estado en el transfondo de casi todo lo ocurrido en el continente europeo desde 1945 hasta prácticamente nuestros días.
Pero no. Europa no ha llegado, ni mucho menos, al final de la Historia, a un nuevo orden de paz y justicia que acabará, para siempre, con todas las guerras. ¿Es preciso recurrir, por enésima vez, al tópico de los otros muros que separan a los europeos? La frase, en efecto, encierra una gran verdad. Es paradójicamente Alemania, donde las diferencias socio-económicas y culturales entre occidentales y orientales están más matizadas, el ejemplo más frecuente: una renta per capita en los länder del oeste de más de cuatro millones de pesetas, frente a algo menos de dos y medio en la antigua RDA; un 8,3% de paro, frente a un 17,2%... más sus traducciones en surgimiento de movimientos neonazis o el avance del comunista PDS, que ha cosechado un espectacular incremento de votos en las últimas elecciones regionales. |
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En última instancia, queda claro el hecho de que muchos europeos confunden paz -fruto de una civilización del amor- con modorra de estómago lleno hasta la saciedad.
Después de todo, al margen del enfrentamiento real entre libertad y totalitarismo, el capitalismo y el socialismo -también la socialdemocracia nórdica- no eran tan antagónicos como se pretendía hacer ver. En la cúspide, como primera y casi exclusiva preocupación, se parte de una concepción del ser humano reducido a la categoría de poseedor, y la ideología se limita a explicar y regular la relación entre éste y la riqueza. De ahí que Europa esté aún lejos de encontrar una paz sólida y duradera. Con vacas unas veces constipadas, otras veces locas, pero en definitiva gordas, no hay peligro a la vista. Pero, ¿es la paz del dinero lo que queremos para el continente? Ricardo Benjumea |