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De un tiempo acá, y con motivo de la pujanza de los distintos grupos y movimientos de la Iglesia, se viene insistiendo en la necesidad de integración de todos los católicos en las células vivas parroquiales, concepto que debe ser potenciado al máximo y con toda urgencia en el tan esperado tercer milenio. Pero a la vez será justo y necesario que todos, clérigos y seglares, seamos capaces de examinarnos con plena sinceridad y valentía acerca de nuestro comportamiento como miembros de la Iglesia.
Las parroquias adolecen de ciertas rutinas, en muchos casos, y su poder de convocatoria es débil, pero no sólo por culpa de quienes las rigen, sino también y principalmente por la tibieza y mediocridad de muchos de los que nos llamamos cristianos y católicos, dos conceptos bastante devaluados. Las parroquias son la continuidad, con el lastre de la Historia, de aquellas primitivas comunidades cristianas en las que se oraba en común, se compartía vida y bienes, y para las que la celebración eucarística constituía una auténtica fiesta en comunión, que terminó por ser trasladada definitivamente a los domingos y festividades. Las parroquias, pues, tendrán vida en tanto en cuanto se recupere el concepto de comunidad de Cristo y para Cristo, siendo células cristianas, comunidades fraternas y evangelizadoras y no agrupaciones anónimas y meramente litúrgicas. Los depositarios del mensaje de Jesucristo somos todos los componentes del CuerpoMístico, y nadie está autorizado a privatizar al Espíritu Santo; no es así ni será nada bueno que las parroquias actúen como reinos de taifas, ni que los distintos grupos y movimientos parezcan capillas con verja. |
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La oficialidad es buena como transmisora de la autoridad eclesiástica que ejerce un recto asesoramiento y que demanda la libre obediencia de los fieles, y en este contexto los grupos y movimientos están obligados a un esfuerzo de integración y colaboración, pues la diversidad no debe deteriorar la unidad querida por Cristo Jesús.
Los Consejos pastorales y los párrocos deberán estar más abiertos a todo lo que resulte enriquecedor y revitalizador de la vida parroquial, no dejándose guiar por conceptos meramente tradicionales. Todos necesitamos de una actualización de nuestra forma de ser y de actuar, obligados por las exigencias de nuestro tiempo. Entrando en la vida interna de las parroquias, será bueno que, en la práctica litúrgica, huyamos de toda rutina, sobre todo en la celebración eucarística en la que cuantos somos Iglesia debemos volcar todo nuestro interés para despertar a los asistentes, muchas veces meros oyentes para cumplir el precepto. Hay que resaltar toda la riqueza crística que se nos ofrece y regala, llenando de interés la escucha de la Palabra y las partes esenciales de la Eucaristía, de forma que inviten a la conversión y al compromiso personal. Megafonía, cánticos, expresión corporal, etc., deben ser cuidados con esmero en servicio del Ministerio en comunión, evitando el espectáculo y remarcando la celebración. Otro aspecto importantísimo en el que se debe insistir, poniéndolo en práctica, es el de la oración comunitaria, con participación de clérigos y seglares. Unos y otros necesitamos orar más y mejor, y con la oración comunitaria alcanzaremos mejor las promesas de Jesucristo. Debería producirse una reacción en este sentido para que la vida parroquial gane en fraternidad y espíritu de evangelización. Las burguesías eclesiásticas son funestas pues sólo sirven para fomentar los individualismos y la comodidad. Debemos clamar al Espíritu Santo, inspirador y animador de la Iglesia, implorando sus dones, sus frutos y sus carismas. Sí, hermanos, los carismas de la Iglesia primitiva y de siempre, y que el Espíritu dona a quienes viven en la fe, una fe capaz de recibir toda la riqueza prometida por Cristo Jesús a su Iglesia. La oración, los sacramentos, la imitación de las virtudes evangélicas son los únicos instrumentos para la difusión del Reino. En el conocimiento de la doctrina de los Papas y de los obispos, los Consejos parroquiales están llamados a tomar la iniciativa para convocar y atraer a todos para la urgente y difícil tarea, en nuestro tiempo, de afianzar y santificar a nuestra Iglesia. Ángel Baón Ramírez |
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