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La Belleza ha tomado una tienda como la nuestra, para que en la propia morada acertemos a albergar su mismo resplandor.
Ella no se acerca a nosotros para abatirnos en el lodo de nuestras deformaciones y carencias, de nuestras oscuridades y regresiones. Viene a elevarnos de nuestra pobre condición, haciendo de nosotros su resplandor creciente. No pretende denunciar la falta de luz, de armonía, usando la violencia. Busca recrear en nosotros la fraternidad con su mansedumbre. No quiebra nuestra caña, herida por la debilidad de nuestras vacilaciones e inconstancias. Busca afirmarla con la energía que emana de su entrega hasta el extremo, hasta lograr que la tierra abra su seno opresor, dando a luz definitiva a los que en ella yacen, cautivos de su tiranía. Derrama, sí, su luz sobre nosotros, para que nuestras manos sean prolongación de su misericordia; nuestra voz, eco de su alegría infinita; nuestros pies, hacedores de caminos de libertad y de justicia; nuestra mente, creadora de un espacio más grato por donde recorrer el camino a la luz increada, donde habita su Verdad inmutable; nuestro corazón, el hogar del amor y la esperanza. Porque somos llamados a la vida. Sabemos que el poder de esa llamada vence cada día la degradación de nuestra humanidad. Sabemos que una tienda como la nuestra será transformada en una morada permanente en el seno de la Luz. Sabemos que las fuerzas del mal y del abismo no puede contra la fuerza de atracción de la gloria que un día se nos descubrirá. |
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Vivamos el amor solidario que deja pasar, por nuestras manos tendidas, el pan inagotable de sus bienes; que se empeña en transformar, con el ancha sonrisa de la confianza, el ceño de la desesperanza; que quiere vivir con decisión, y en plenitud, el camino propuesto como peregrinaje gozoso, que ofrece el aliciente de la superación, del encuentro de nuevos paisajes -no sospechados- que anuncian la eterna novedad a que conducen.
¡Aleluya! Está entre nosotros. Es la Luz que llena la esperanza. Es la Luz que ensancha en nosotros el deseo de la Vida. Es la Luz que abre el corazón. Es la Luz de la paz que desarma la violencia. Es la Luz de la alegría que disipa las algarabías huecas y las pesadas tristezas. Es la Luz que asume el dolor de todos para transformarlo en fuerza salvadora. ¡Alerta, está entre nosotros! ¿No lo notáis? Acerquémonos a la Belleza. Dejémonos iluminar por ella para irradiarla en torno nuestro, y podremos alcanzar la posesión de su infinita Verdad. ¡Alerta! Percibamos esa presencia. Está en nuestro entorno más cotidiano. En la brisa suave que nos envuelve y conforta. Sigamos la estela de su paso ante nosotros caminando tras ella por sus huellas. Cuando quiera, nos volverá su rostro; y descubriremos en él el profundo secreto de nuestra existencia. ¿Por qué gastar la vida en broncas tempestades, si está la Brisa pasando siempre ante la entrada de mi tienda? I. Guerra |