RetrocesoA&ONº 187/18-XI-1999SumarioCriteriosContinuar
Salir a la calle
Voy a tener un hijo! Se lo contaba la joven madre al conserje de la Facultad donde estaba estudiando, a los que entraban y salían y hasta al camarero del bar. No podía ocultarlo. A nadie le extrañaba que hiciera tan gozosa manifestación pública de una cosa tan de la vida privada.

¡Salid a la calle! Así de claro nos lo dijo el Papa Juan Pablo II, en la capital de España, al dedicar la catedral de la Almudena, a los católicos españoles aquel 15 de junio de 1993. Este grito resumía admirablemente todo su mensaje, e igualmente resume el meollo del reciente Congreso Católicos y vida pública al que dedicamos nuestro tema de portada, porque en realidad, al ser clausurado, es cuando comenzaba de verdad.

Vivid vuestra fe -continuaba el Papa- con alegría; aportad a los hombres la salvación de Cristo que debe penetrar en la familia, en la escuela, en la cultura y en la vida política. En una sociedad pluralista como la vuestra, se hace necesaria una mayor y más incisiva presencia católica, individual y asociada, en los diversos campos de la vida pública. Es, por ello, inaceptable, como contraria al Evangelio, la pretensión de reducir la religión al ámbito de lo estrictamente privado, olvidando paradójicamente la dimensión esencialmente pública y social de la persona humana. ¡Salid, pues, a la calle!

¿Y qué es la calle? ¡La vida entera! Desde la comunidad de vecinos y el club de amigos, al colegio y la universidad, durante el curso y en vacaciones, el cine, la música y la televisión, la oficina y la fábrica, el consejo de administración de la empresa y el sindicato, el Parlamento y los tribunales de Justicia, el quirófano y la discoteca. Todo y siempre es la calle. Porque no es posible dividir en trozos nuestra persona, que es una sola cosa, no es posible dividir la fe... salvo que la fe, y el gozo que brota de ella, sea sólo un sucedáneo, en cuyo caso, más tarde o más temprano, se pondrá en evidencia. Ahí están los temores y complejos, en la vida de la calle, de tantos católicos que, en realidad, sólo tienen motivos para contagiar alegría.

¿Qué ha ocurrido? Sencillamente, que la sal se ha vuelto sosa; que la fe en Jesucristo, cuya presencia entre nosotros, y en nosotros, va a cumplir ya dos milenios, ha dejado de usar la razón. ¿O es que resulta razonable haber recibido la Vida, con mayúscula, y la Libertad, con mayúscula, y vivir en la calle como si la muerte fuera la última palabra y la libertad se redujera a pasar de una cosa a otra, o de una persona a otra, quedándose vacío y solo? ¿Acaso a quien se ha enamorado, o ha encontrado trabajo, o va a tener un hijo no le falta tiempo para comunicarlo y compartirlo con sus amigos? ¿Y la noticia de las noticias, que cambia la vida, de cada uno de los hombres y de toda la sociedad, la vamos a mantener oculta?

Una muchacha de Nazaret, va a hacer ahora dos mil años, hizo a prisa varios días de camino hasta Judea para comunicar su gozo porque iba a tener un hijo; y, tras proclamar la grandeza de Dios, le anunció a su pariente Isabel lo más radicalmente opuesto a toda privacidad: que la llamarían bienaventurada nada menos que todas las generaciones.

La falta de presencia pública de los católicos y de lo católico denota sin duda una grave enfermedad de la razón. No en vano el mismo Juan Pablo II nos regaló hace un año ese texto admirable que es la encíclica Fides et ratio que, entre otras cosas, pone de manifiesto cómo negar la fe que ilumina y guía a todos y todo en la vida es la más clamorosa negación de la recta razón. En definitiva, negar la dimensión pública de los católicos y de lo católico -es decir, de lo auténticamente universal, de lo que verdaderamente es capaz de abrazar a todos y todo- constituye la más radical contradicción. Sólo la verdad pone en su sitio las cosas, y nos hace libres. Y la verdad respecto a los católicos, como afirmaba ya un texto cristiano del siglo II, es que son al mundo lo que es el alma al cuerpo, concluyendo en buena lógica: Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar. Los católicos en la vida pública, pues, somos, tenemos que ser, una imprescindible presencia inevitable.


Luz del mundo y sal de la tierra
El querer separar la vida pública de la vida personal de un modo radical; el creer que lo público, lo social, lo económico, lo cultural, lo político puede dispensar de referencias morales, éticas e incluso espirituales, alcanza en este tiempo quizá notas más radicales o, por lo menos, no menos graves que las que revestía en la segunda década de este siglo, cuando el padre Ayala dio vida a la Asociación Católica de Propagandistas.

Vida pública y existencia cristiana se relacionarán bien si el cristiano las aborda afirmando la primacía de la Sabiduría en toda la existencia del hombre. Si afirma, y no sólo en la teoría, que conocer al hombre exige una visión del mismo sin dejar de lado ninguno de los aspectos que lo integran, pero que los une y los ilumina desde el centro del hombre y desde su realidad, con Aquel que le ha creado, que le ha redimido y que es el Único que le puede salvar.

La pregunta acerca de la esencia del hombre y del sentido de su vida adquiere hoy una actualidad singular, porque justamente hoy es una pregunta a la que no se quiere contestar, sobre todo desde la vida pública. Sólo cuando el hombre coloca la Sabiduría en el centro de su vida, encuentra luz para responder a las múltiples preguntas que, a la hora de la Historia en la que vive, se le plantean. Y así, la Sabiduría le enseñará que sin fe no encontrará la clave para conocer al hombre; pero que sin obras nacidas de la fe, no hará de esa fe y de esa sabiduría respuesta efectiva para su vida y para la vida de sus contemporáneos. La fe exige a quien ha descubierto a Cristo una respuesta total y completa de amor. Por eso se expresa necesariamente en obras, y en obras que alcanzan a toda la vida.

La lógica de las realidades de este mundo no descansa ni termina en sí misma. Nacen de Dios, necesitan de Jesucristo que las ha redimido, y deben servir de cauce para la salvación del hombre. Ahí se coloca la responsabilidad del cristiano en la vida pública: en la necesaria orientación de todas las realidades de este mundo hacia ese fin que es la salvación del hombre. O, lo que es lo mismo, en ser luz del mundo y sal de la tierra.

Antonio María Rouco
en la clausura del Congreso Católicos y vida pública