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La sociedad occidental se planteó el problema de la operatividad publica y práctica de la norma moral con ocasión de la gran crisis de la peste negra (año 1347). Europa pierde fe en sí misma como universitas christiana. Ya no se admite la ley de Dios como arquetipo social y político, y la sociedad se cuartea en función de las diferentes obediencias religiosas y políticas. Pero estas decisiones colectivas no tuvieron transcendencia inmediata en todos los ámbitos de la vida social, que siguió muchos años sometida a la inercia de las reglas morales que había permeado profundamente la vida social y que no podían desaparecer de la noche a la mañana. Es con motivo de las revoluciones de 1789, y sobre todo de 1848, cuando se inicia la gran decadencia moral en que hoy nos vemos inmersos: el Derecho como norma de convivencia no podía tener tampoco un contenido definido y cierto -como no lo tenía la ley de Dios- sino que era -y ésta es la gran mentira- el fruto de cada situación social de dominación. La afirmación de que la ley es una ordenación racional encaminada al bien común es tachada así de falaz. La ley es para Marx el reflejo de la dominación de una clase. Lo malo no fue el que la revolución hiciera saltar las injusticias, sino que, para llegar a sus metas, utilizara esta mentira, que vino a inutilizar de hecho cualquier criterio de orden jurídico. A partir de entonces toda norma ha venido a ser mero reflejo del interés de unos en perjuicio del de los demás. La sociedad post-revolucionaria se ha tragado así esta mentira como alma de la igualdad política y esencia de la democracia y ha quedado atrapada por ella, con independencia de credos socialistas o liberales. Juan Pablo II ha desenmascarado esta fragilidad jurídica y política en numerosas ocasiones. El valor de una norma no puede radicar en ser reflejo de las voluntades mayoritarias de cada momento, sino en que su contenido se corresponda con la dignidad de las personas a las que va dirigida. El abandono de la exigencia de que toda norma positiva tenga su fundamento en el Derecho Natural hace que la sociedad occidental se vaya deslizando hacia un vaciamiento del Derecho. Ya se está viendo que las construcciones de la doctrina y la jurisprudencia, señalando cómo son las leyes las que se interpretan a la luz de los derechos fundamentales y no los derechos fundamentales los que se interpretan a la luz de las leyes que los reconocen, están sirviendo de muy poco. No pasan de ser un buen deseo. Estamos hartos de ver que las leyes van progresivamente carcomiendo los derechos fundamentales en función de los intereses en juego. Y si no, a ver cómo se explica que según la Constitución todos tengan derecho a la vida y que, al tiempo, las mayorías hayan aprobado el aborto, el Tribunal Constitucional el pre-aborto, y se esté estudiando ya la eutanasia. Sin un Derecho Natural que legitime la ley positiva todo es posible y, por tanto, la protección jurídica de los derechos fundamentales no es sino papel mojado. Francisco Javier Montero En el mundo hace frío, en la Iglesia hace calor. Alguien está empujando desde fuera para que las puertas de los templos no se abran y la brisa acogedora de la fe no se extienda por las plazas. La presencia de los católicos en la vía pública, o vida pública como queramos llamarlo, pasa por entender que hay poderes que quieren quitarle a Dios el mundo de sus manos. Poderes fácticos, y antes teóricos, que entienden que la fe se encuentra a kilómetros de distancia de la realidad, o que la creencia constituye una realidad distinta, disgregada y disgregadora, alienante se diría hace años. A lo sumo entienden que la fe es una especie arcaica que fue capaz, en tiempos pretéritos, de generar cultura, de articular la organización social, de proponer formas estables de gobierno. Los tiempos han cambiado, gritan los profetas desestimadores de la naturaleza humana. Ahora la ciencia, la técnica, su hermana menor, y el momento, son capaces de hacer que el hombre sea plenamente feliz. La síntesis se llama progreso. Un progreso que será capaz de tapar los agujeros negros de la convivencia humana, del orden social y de las insatisfacciones cotidianas. Hay una raíz de la presencia pública de los católicos que no debe pasarnos inadvertida: la imperfección de la naturaleza humana. El trabajo del padre de familia en la educación de sus hijos; la labor callada del buen profesional, y del profesional bueno; el discurso coherente con su conciencia del líder político, social o cultural, no son más que maneras de esculpir el busto del hombre nuevo y de la Humanidad renovada, estilos de un proceso de perfeccionamiento sin sucedáneos. Ni la ciencia, ni la técnica, como sugirió Romano Guardini, son capaces de mantener en orden su propio orden, de crear lo que los científicos de la sociedad denominan sistemas de control, cada vez más necesarios en las presuntamente denominadas sociedades abiertas. La presencia pública de los católicos no es un problema de temperatura, de una mayor o menor movilidad del mercurio acusador. La presencia pública de los católicos es una exigencia de la fe, del bautismo como emergencia de la desgarrada naturaleza humana. Haga más o menos frío, la Iglesia siempre señalará a los fieles cristianos el círculo de su propia vida: la calle, aunque haga mucho frío. José Francisco Serrano