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Lo de los anuncios es otro frente y el cuento de nunca acabar. Veo uno en el que anuncian una revista de informática y en el que se ve a un feto, ya al ordenador en el vientre de su madre, con el lema Si desde siempre te ha gustado la informática. Ahora resulta que, para vender ordenadores y revistas de informática, el feto sí es ser humano y persona. Pues menos mal. A algunos no hay como tocarles el bolsillo para que entiendan lo que luego no quieran entender; bueno, o eso dicen
Y qué me dicen de ese otro anuncio en el que un muchachito con pendiente en la lengua se acerca a comulgar y sale disparado a comprar no sé qué coche. ¿Qué pasa, que a la hora de vender coches sí interesan los que comulgan? ¿O sólo los que llevan pendientito en la lengua? Ha estado muy bien eso de Fidel Castro de meter en la cárcel a los revoltosos para que no perturben la cumbre hispanoamericana en La Habana. ¡Qué previsor es el Comandante! Así lo ha visto Martín Morales, conmemorando la caída del muro de Berlín estos días. La revista Time -¡fuera gorros!- acaba de publicar un número especial en el que se plantea the cuestions for the new century, que son: ¿Necesitaremos el sexo en el tercer milenio? (pregunta primera, naturalmente); ¿Podremos vivir 125 años?; ¿Qué alternativas tendremos a los medicamentos actuales?; ¿Se curará el cáncer?; ¿Qué virus nuevos me podrán matar?; ¿Seguiremos engordando?; ¿Habrá drogas buenas?; ¿Podremos modificar nuestro cerebro?; ¿Podremos cambiar nuestro cuerpo?; ¿Acabará Malthus teniendo razón?; ¿Seguiremos comiendo carne?
etc. No busquen las preguntas principales que todo ser humano normal se hace antes del 2000, en el 2000 y después del 2000, porque no las van a encontrar. Gonzalo de Berceo
Ha sido, la pasada, una semana de Congresos: al de Católicos y vida pública, siguió el de Profesores de Religión, y el de Inicio de la vida humana: ciencia y ética, en Valencia. Obviamente, si la presencia de los católicos en la vida pública es consustancial a nuestra propia fe, y, por tanto, irrenunciable, en pocos ámbitos de la vida se nos exige a los católicos dar testimonio de nuestra fe más que en el ámbito de la enseñanza de la Religión y en el de la defensa de la vida desde el primer momento de la concepción del ser humano, hasta su último aliento antes de volver a las manos del Dios que nos creó. Por eso han sido tan importantes y tan decisivos el Congreso de Valencia y el de los profesores de Religión en Madrid. Por eso es tan importante tener las ideas claras, empezando por algunas revistas católicas que tienen la gravísima responsabilidad de iluminar y no de ensombrecer las cosas. Es más que conveniente que no se confunda la presencia pública con el todo da igual y todo vale; porque todo no da igual. Nuestra fe es la que es. La verdad es la que es, y no la que unos y otros queramos que sea. Ante la pavorosa situación de analfabetismo religioso rampante, que llega a extremos increíbles, la obligación grave de quienes crean opinión pública es poner la luz sobre el candelero y no crear confusión. Eso significa, por ejemplo, que si la última película de Berlanga es penosa, hay que decirlo, por muy Berlanga que sea; eso significa que, si el libro El viaje de Theo es un batiburrillo, no hay que hablar benévolamente de él, camuflando sus camelos de fantasma de sincretismo; eso significa que no hay que parapetarse detrás de la palabra valores, en la que algunos meten todo tipo de sucedáneos, a ver si cuela; y eso significa también que algunas librerías que se dicen católicas no pongan en sus escaparates libros infumables, de puro chismorreo clerical rancio y resentido, porque hay gente, mucha gente, que no tiene dos dedos de frente y se lo traga como si fuera la pura verdad, e incluso hay quienes, cobardemente, en anónimos a las redacciones de los periódicos lo destacan y subrayan, rasgándose hipócritamente las vestiduras. Eso significa muchísimas cosas más y explica, insisto, la indispensable presencia de los católicos en la vida pública, tan temida por quienes, como Miguel Ángel Aguilar, escriben en el El País que acaban de reunirse en un extraño congreso los católicos en la vida pública. Algo muy del gusto de aquellos tiempos de la CEDA
bla, bla, bla . Eso le gustaría a él y a otros como él: que la presencia de los católicos en la vida pública fuera cosa del pasado; pero de eso, nada, majete.