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| Dijo Jesús a sus discípulos: -Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, se sentará en su trono y serán reunidas ante él todas las naciones. Separará a unos de otros, como un pastor separa a las ovejas de las cabras. Pondrá unas a su derecha y las otras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.
Los justos contestarán: Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber, forastero y te hospedamos, desnudo y te vestimos, enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el rey les dirá: Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. Entonces dirá a los de su izquierda: Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. También éstos contestarán: Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel y no te asistimos? Y él replicará: Cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo. Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna. Mateo 25, 31-46 |
La fiesta de los agradecidos Dicen que Carlos V, cuando oía tronar, mirando al cielo reverentemente, decía a sus criados: Éste sí, caballeros, que es emperador. Pero ¿no habría que hacerlo también cuando vemos realizado en alguien el verdadero milagro cristiano que es llegar a compartir la herida de Dios por el mal, su misericordia? El santo cura de Ars predicaba que debíamos tener un corazón liquefacto, derretido en la caridad. Porque la impresionante novedad de ser cristiano es que Jesús no nos llama a ser espectadores del amor de Dios, sino sus más íntimos colaboradores, esto es, plenamente responsables. Cristianos -decía san Juan Crisóstomo-, sois los responsables del mundo, y se os pedirá cuenta de él. La fe que nos salva, la que nos hace presentables ante el juicio de Dios, es la que nos contagia una bondad superior a la nuestra, la única fuerza que puede resistir hasta el fin al horror del mal, sin caer en la tentación de la queja o de culpar a otros. Antes de ser la vida eterna una esperanza para el futuro es una exigencia para el presente. El hombre bautizado en la ternura de Dios está investido de una fuerza infinita. ¡Feliz quien siga al Señor Jesús a donde quiera que vaya!: se elevará hasta compartir su misma intimidad con Dios, y le seguirá ejerciendo su caridad hasta humillarse en el servicio, amar la pobreza, soportar el hambre, la fatiga, el trabajo, los llantos, la oración, la compasión, el perdón; obedecerá hasta la muerte para servir, no para ser servido, y dará, no oro y plata, sino su enseñanza y su vida por la multitud. Estará libre de la frustración personal y de la evasión de este mundo, por encima de cualquier idea de victoria o de derrota, y hasta de la contabilidad de la recompensa. C. Dreyer, en Ordet -la película sobre Jesús-, nos deja extasiados con el mejor happy end de la historia del cine, según dice Garci. Creía, sin duda, la victoria de Cristo. Con la confianza del niño penetró su misterio, contó con su arte el milagro. Es cierto: Jesús Dios nos lleva a la fiesta de los agradecidos, no la de los subyugados, de los que saben que están en manos de quien escribe derecho con renglones torcidos. Porque el triunfador glorioso es el que entró en un asnillo prestado en Jerusalén. Nuestra impotencia terrena se asienta en el poder de Dios, en su verdad, su justicia y su paz. Quien perdió por Dios la vida,/ no podrá jamás perder/ el soberano placer/ de verla tan bien perdida. En Cristo todo se ha vuelto nuevo. Rafael Zornoza Boy
El Señor, con solemnes palabras, pinta en su discurso sobre el fin del tiempo un fresco del juicio final. Sin disimulo alguno se presenta como Dios que volverá glorioso con toda majestad. Deja claro en este retablo cómo es su realeza: su reino no debe nada a las riquezas ni al prestigio, poderes de este mundo, sino que se reserva a los pequeños y pobres, a los hambrientos y perseguidos a quienes llamó ya bienaventurados. Quien predicó la Buena Nueva a los pobres los llevará para siempre consigo, son los benditos del Padre. Para acoger el triunfo del amor divino el corazón abierto de Cristo muestra la única salida del callejón de la vida en que es tan fácil perderse. En el torbellino del bien y del mal, en ese vértigo de contradicciones, luchas y pasiones, tiene sentido el abismo de la Caridad sin medida de Dios. Él nos enseña a amarnos y a amarle. Me lo habéis hecho a mí.
Padre rico en misericordia El hombre contemporáneo siente estas amenazas. Se interroga con frecuencia, con ansia profunda, sobre la solución de las terribles tensiones que se han acumulado sobre el mundo. Y si tal vez no tiene la valentía de pronunciar la palabra «misericordia», o en su conciencia privada de todo contenido religioso no encuentra su equivalente, tanto más se hace necesario que la Iglesia pronuncie esta palabra, no sólo en nombre propio sino también en nombre de todos los hombres contemporáneos. Juan Pablo II, Dives in misericordia, n.15