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Don Alfonso, ¿la reciente celebración del Congreso Católicos y vida pública ha conseguido vertebrar las inquietudes de la presencia pública de los católicos en la sociedad española?
Ha sido un primer paso consistente en dos aspectos fundamentales: lugar de encuentro entre los católicos que tienen como preocupación la vida pública y, un segundo paso, intentar romper la esquizofrenia dualista que sufre hoy el católico entre su actuación en la vida privada y en la vida pública. La situación en la que estamos pedía que se comenzara por este punto de partida. ¿Cuáles son las causas de esa esquizofrenia dualista del católico? En primer lugar, una influencia fuerte del laicismo que ha ido arrinconando el hecho religioso al ámbito estrictamente privado de la fe y, como un signo de teórica tolerancia, lo ha reducido poco menos que al ámbito de las sacristías. El laicismo ha intentado convencernos de que el hecho cristiano, que ilumina toda la vida, no es así, sino que sólo puede iluminar la esfera de corte espiritual, espiritualista. Otra causa que debemos tener en cuenta es que este ambiente neopagano que se va generando produce un cierto miedo de todos los católicos -y esto lo afirmo en primera persona- a manifestarnos tal como somos en todos los ámbitos de la vida. Hay terceras corrientes, incluso a veces dentro de la propia Iglesia, que fomentan el dualismo entre la vida pública y la vida privada. En España, este hecho se agrava por experiencias históricas no superadas. ¿Se está refiriendo, en la perspectiva de la vida cristiana, al problema de la coherencia fe-vida...? No creo que el dualismo se establezca por una falta de coherencia. Mucho cuidado con caer en angelismos importados por el propio laicismo: considerar que lo católico es angelical y no está impregnado de humanidad. Así parecería que el hombre católico es una especie de ángel que no puede caer. El católico es un pecador, que quiere tener, y tiene, un modelo, que es la vida de Cristo. Los católicos, al menos, una vez a la semana nos reunimos en una comunidad y públicamente reconocemos que somos pecadores. Que pueda haber falta de coherencia en nuestras actuaciones, es cierto. Todos tenemos falta de coherencia. Plantear nuestra actuación en la vida pública desde un entorno angelical sería falso. |
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¿No es verdad que, como consecuencia de esta influencia del laicismo, han nacido ciertos complejos de inferioridad que se han generado respecto al hecho católico a la hora de su manifestación pública? Es verdad que esos ataques de cierto angelismo y puritanismo hacen que el católico se sienta acomplejado para poder decir y poderse manifestar. No creo que se trate de un problema de falta de coherencia el no estar o no haber estado en la vida pública. Afecta más el miedo que la falta de coherencia, aunque también es verdad que el miedo es una falta de coherencia. El cristianismo propone una adhesión a Cristo redentor, que muere y resucita para nuestra salvación. Es toda una forma de entender la vida. Establece una iluminación concreta, no separa dónde comienza la carne y dónde el espíritu. No hay disecciones. ¿El congreso Católicos y vida pública ha marcado el pistoletazo de salida de una nueva generación de católicos, preocupados por la presencia social y política, en España? Se ha visto, desde la gran libertad con la que se ha organizado y se ha participado, que existen generaciones distintas, que incluso tienen formas de pensar y de manifestarse distintas. Lo que el Congreso ha dejado dicho de una forma más clara es que ya hay generaciones postdemocráticas. Esas generaciones ya no ponen tanto hincapié, porque lo dan por hecho, en determinadas cuestiones, como lo hacían las generaciones anteriores. ¿Hemos pasado de la generación del consenso, que hizo la transición política, a la generación de la identidad? Lo que ocurre es que la generación del consenso tenía mucha identidad. Por eso pudo consensuar, porque lo hacía desde una identidad. La generación del consenso hizo una gran labor para España: creó un clima de respeto y diálogo que era necesario. Estas generaciones jóvenes ya han nacido en el consenso, han nacido en el diálogo. Manifiestan la identidad de otra manera, o la ponen de manifiesto de manera más clara, porque han nacido en una sociedad de libertad en donde las personas se muestran con más claridad. ¿La crisis social del concepto de autoridad es una de las causas de la ausencia de los católicos en la vida pública? Puede serlo, junto con el crecimiento brutal del totalitarismo estatal, que se presenta con un rostro moderno y en el que el concepto de autoridad queda confundido con el concepto de poder del Estado, que desfigura al hombre y que intenta constantemente asumir todos los poderes y resquicios de la vida humana. La crisis del concepto de autoridad va muy unida a este crecimiento de la potestad del Estado moderno, que se ha convertido en un monstruo que quiere apoderarse de todos los lugares en la sociedad. Quiere apoderarse incluso de la potestas moral, de la potestas del ser... Lo que ha hecho el poder terrenal del Estado moderno es querer abarcarlo todo. Hablamos de un Estado que lo deforma todo, que no tiene cabeza, de un híbrido que aliena al hombre constantemente. ¿Existe un problema de unidad en lo fundamental entre los católicos, a la hora de su actuación política y social? Lo que hay que hacer siempre es plantear una gran comunión eclesial dentro de los católicos. Ver a todas aquellas personas que creen en un mismo credo, esto es lo que define al católico, e intentar apartar las diferencias de lo accidental. Esta unidad no borra la múltiple pluralidad espiritual y de carismas que existen en la Iglesia. Éste ha sido y seguirá siendo un punto fundamental del Congreso, que entre nosotros aprendamos a mirar. ¿Se ha superado ya el dilema de si católicos en los partidos, o partidos católicos? Sí y no. Hoy no se piensa en un partido confesional. Si nos preguntamos si puede existir un partido confesional, la respuesta es afirmativa por derecho natural y común. ¿Es aconsejable? Las últimas experiencias no han acreditado en exceso que sea muy aconsejable. Aunque ésta es una cuestión coyuntural. Éste parece ser que no es el momento más adecuado. Frente a esto, debemos esforzarnos por que haya una vertebración social de todos los cuerpos intermedios que se iluminan a partir de lo católico. Empezar a pensar en la inculturación social. La inculturación es mucho más importante que el campo de la política, desde la legítima autonomía de cada realidad. Pero hay que ir viendo criterios de armonización para ir verificando movimientos y realidades populares que tengan una presencia real en la sociedad. Es importante insistir que la vida pública no pasa necesariamente por la política con mayúsculas. La presencia del católico en la vida pública debe pasar por múltiples manifestaciones, y la más importante, hoy, es la cultural. En la filosofía política clásica se decía que quien no ama al pueblo no es un verdadero político. ¿Es ésta la causa del desprecio que padecen los políticos en nuestra sociedad? El político debe ser una persona admirable, que dedica su tiempo y su trabajo para el bien de todos. Debe hacerlo con un cierto sentido de sacrificio por los demás, por el bien común. Ése es el noble arte de la política, que por desgracia ha degenerado y ha hecho que la realidad social se vaya apartando de quienes tendrían que ser vistos con admiración. Ésta es una situación que se vive en las democracias occidentales. Mucha gente va a la política no a servir a los demás, sino a servirse a sí mismo. Va a la política no a servir al bien común, sino a servir a ideologías, intereses, que niegan la realidad de las cosas y que lo único que hace es producir pequeñas tiranías, las de la ideologización y de los intereses. Esto ha hecho que la política haya perdido lo que debe ser: un ideal para las personas que quieren servir a los demás. Hay políticos, gracias a Dios, que tienen este ideal de servicio; pero lo más preocupante es que empiezan a aparecer como sujetos aislados. ¿Cuál sería, en resumen, la contribución del católico a la construcción de la polis? Reivindicar y trabajar por la esperanza para el hombre. Decir que este mundo tiene un sentido, que nuestra naturaleza es redimida por Cristo. El segundo punto es que el católico, desde esa presencia total que le da su fe y que le ayuda a iluminar su razón, aprenda las cosas más adecuadamente a su realidad, trabaje por el bien común, entienda su encuentro con el otro como el encuentro con un hermano, otro yo, un igual a mí. Posteriormente se traduce en la constante reivindicación de la persona, de su dignidad. Así se hace una sociedad en verdad, en justicia y en libertad. Cuando un católico habla de política, mucha gente piensa que está hablando de política de derechas. Esa reivindicación pudo tener un cierto sentido en nuestra Historia, en alguna derecha histórica. Hoy en día, primero, no conozco ningún partido político que se llame de derechas, de los que tienen representación parlamentaria. Lo segundo, en lo que podíamos entender que es el partido político de la derecha, aunque no se quiera llamar así, no se tiene por qué dar esa identificación. No veo que derechas sea sinónimo de católico. Pero tampoco se da esta identificación porque a la izquierda le haya llegado una verdadera iluminación. El problema está en que lo católico, en lo político, ha perdido tal peso que no está ni en un lugar ni en otro. El problema está en que católicos de confesión clara no quieren identificar para nada su fe con su actuación en la vida pública. Lo que rompe muchos esquemas es que existen personas católicas que, en el ejercicio de su poder o en el ejercicio de sus manifestaciones públicas, dicen cosas tan increíbles y peregrinas como que lo que es bueno para sus hijos no es bueno para sus gobernados. Pues que me lo expliquen. En el bien no cabe el principio de contradicción. Además, hoy en día no es más agresiva a lo católico determinada izquierda socialista que determinado radicalismo capitalista. Incluso me atrevería a afirmar que es más agresivo al catolicismo determinado radicalismo capitalista. El ejemplo es el señor Delors. José Francisco Serrano |
| En una revista semanal, de distribución en ámbitos eclesiales, hemos leído hace poco las declaraciones de un clérigo que decía que Ángel Herrera Oria fracasó en casi todos sus proyectos...
Don Ángel tenía una espiritualidad firmemente ignaciana, era un hombre que hacía todo como si dependiese de él, pero sabiendo que todo depende de Otro. En los proyectos fracasamos si nos ponemos nosotros, si ponemos nuestras intenciones y nuestros ideales por encima de saber que hay Alguien que dispone que las cosas salgan de una o de otra manera. Eso es fracasar en los proyectos. Cuando uno hace las cosas siguiendo su recta conciencia, no fracasa. Nosotros no medimos los proyectos en términos de resultados y de eficacia inmediata. Eso sólo lo hace el capitalismo y la competitividad. Medimos los proyectos desde la plena unión con la voluntad de Dios. Quien tiene la concepción del éxito o del fracaso que refleja ese clérigo, tiene una concepción de lo católico casi pagana. ¿Se podría decir que la madre Teresa ha fracasado? Quien ama a los pobres nunca fracasa. Que no le sale un orfanato o diez, ¿qué más da? Según esa teoría, han fracasado el noventa y nueve por ciento de los mártires y de los santos. También el mismo Cristo fue un fracasado a los ojos del mundo. |