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Para empezar, conviene señalar que, en muchas ocasiones, los países se endeudaron, incluso muchísimo, y salieron muy bien del empeño. Los Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, han llegado a donde han llegado como consecuencia de que, sobre todo Europa, les prestó con largueza. Aceptaron mano de obra, buscaron empresarios, crearon infraestructuras, desarrollaron sistemas políticos eficaces y, en dos siglos, multiplicaron, como media, por más de cuatrocientos su PIB. Hubo países, como Argentina, que tenían condiciones muy parecidas. A finales del siglo XIX no atinaron pagar su deuda externa, crearon la crisis financiera mundial llamada de la Casa Baring, y no entraron en el siglo XX con tan buen pie como los otros. Los primeros incluso se convirtieron en acreedores mundiales, como sucedió con Estados Unidos tras la primera guerra mundial y, después de la segunda guerra mundial, con el Plan Marshall.
No hay necesidad de ir tan lejos. España, desde el siglo XIX, era ávida receptora de capitales. Cuando, hacia 1950, los había devuelto todos, volvió a necesitar endeudarse. Ahora somos ya emisores, no receptores de capitales extranjeros. Nosotros, por dos veces, hemos devuelto la deuda externa; no ha sido ésta eterna en España, ni en Estados Unidos, ni en Japón, ni en Corea del Sur. Hay otros países que no articularon jamás una aceptable política económica. Desarrollaron sistemas de nacionalismo económico ligado a cartelizaciones, corrupciones, populismos, keynesianismos mal entendidos, y para mantenerlos en pie, acudieron al crédito internacional. Como prestarles era muy arriesgado, se hizo en condiciones caras. Pensemos en México desde el siglo pasado, en Indonesia, en el mundo africano. Con ese dinero se verificó el uso pésimo que hace ya muchos años, en el caso del continente negro, denunció René Dumont en su ensayo LAfrique noire est mal partie. Poco a poco, tal conjunto de pésimos administradores tuvo que aceptar que estaban en quiebra, que nunca podrían pagar las deudas, como sucedió con Jesús Silva Herzog en nombre de México en la reunión del Fondo Monetario Internacional de Montreal. |
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Esto provocó tres tipos de reacción. La de los países ricos, que se alarmaron ante lo que esto podía significar en el orden financiero mundial, y accedieron a aplazamientos, condonaciones, a la venta a bajo precio de la deuda en los mercados internacionales, muchas veces adquirida por los propios deudores. En el Club de París, en el Fondo Monetario Internacional, se hizo todo lo posible para aliviar esa carga, por supuesto, por puro egoísmo, para no experimentar la transmisión de la crisis.
Otra reacción es la de los países vecinos. Por eso Estados Unidos, con el Plan Brady, alivió la deuda mexicana, porque, contra lo que decía Porfirio Diez con su ¡Pobre México! ¡Tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos!, esa cercanía podría resultar explosiva si México cae en la miseria. Órdenes de magnitud aparte, eso es lo que hacemos nosotros con Marruecos. Un Shylock español podría provocar una llegada masiva de desesperados marroquíes. La tercera reacción es la que podría calificarse de cínica. Como esos fondos llegados del exterior fueron malbaratados, y con ello cunde la miseria, se presentan los niños desnutridos, las multitudes de enfermos de todo tipo de dolencias, los degollados en contiendas directas, no como fruto de la perversión de sus gobernantes, sino, empleando arteramente el panfleto de Lenin, aparecido en 1916, El imperialismo, estadio supremo del capitalismo, como consecuencia de una colosal maquinación de los ricos contra los pobres. Todo eso también lo sostuvo, de modo muy semejante, un economista rumano afecto a la Guardia de Hierro, Mihail Manoilesco, y su mensaje, tras las proposiciones de Singer y de Prebisch, saltaron al estructuralismo económico latinoamericano y, desde él, a la Teología de la Liberación y al movimiento de Cristianos para el socialismo. El estructuralismo económico latinoamericano consiguió, con la política económica del APRA y Alan García, arruinar a Perú. Nicaragua, al seguir prácticas sandinistas de Cristianos para el socialismo, dejó un sendero de hambre, inflación y más deuda externa, que aún escalofría. Curiosamente se pretende, sin embargo, no criticar a los Gobiernos de Angola o de Nigeria, a los de la Argentina de Menem o a los de la Venezuela de Carlos Andrés Pérez, y colocarnos delante, como si fuese nuestra la culpa, a los pobres que ellos fabricaron, bien por estulticia, bien por maldad, bien por ser, lisa y llanamente, unos gobernantes corrompidos hasta la médula. Dicho todo esto, tenemos delante una realidad tristísima. Esos más de 800 millones de hambrientos del mundo de que habla la FAO, en África, India, China, Iberoamérica, como cristianos, no podemos abandonarlos. Todo lo que sean condonaciones de deuda no sirve para nada. Dejemos a sus gobernantes corruptos que se las entiendan con los acreedores y, si es posible, con las iras del pueblo, como acaba de suceder en Venezuela. No es nuestro problema. Sí el de las situación de nuestros hermanos angustiados. Y ese prójimo literalmente aplastado exige dos cosas. Por una parte, que actuemos con denuedo para que se cambien las estructuras de gobierno que tienen que soportar. Por otra, que procuremos presionar para que una serie de beneméritas instituciones internacionales, en cabeza Cáritas -a las que debemos, en conciencia, aportar nuestro dinero, nuestra solidaridad-, actúen en los países pobres sin tener que pedir permiso alguno a los Gobiernos. Las cleptocracias que están tras esto afilan ya sus uñas pensando en cómo arrebatar algo de esos fondos. Debemos, con toda tranquilidad, atar sus manos y cortar sus uñas. Se dirá que esto es un atentado contra la independencia de los pueblos, que es un planteamiento imperialista. Como señaló Edgard Pisani en su artículo Pour que le monde nourrise le monde, publicado en Le Monde Diplomatique en abril de 1995, algunos clamarán que eso es recolonización. Nosotros clamamos contra la miseria, contra el hambre, contra las cargas excesivas que golpean a los niños mal nutridos, contra la muerte. Evidentemente esto y la puesta en marcha de la política que de ello se deriva exigen imaginación, voluntad y, también -por encima de todo-, respeto mutuo: cosas todas difíciles de movilizar. En otro caso, que se propongan otras soluciones... Están en juego tantas vidas, tantas angustias, que, por lo menos, hay que lograr que los simplismos queden fuera. Acabo de leer ese escalofriante alegato que son las largas declaraciones de monseñor Rey, obispo de Zárate y Campana, y presidente de Cáritas Argentina, aparecidas en Revista La Nación, de Buenos Aires, el 17 de octubre de 1999. En esta denuncia tremenda de la política de Ménem y en defensa de los pobres, ni una sola vez se habla, como causa de los males de éstos, de la deuda externa. Sí, por ejemplo, de la corrupción y del mal gobierno. Porque la deuda externa, conviene recalcarlo, es un efecto más que una causa. La pobreza sí que será eterna si no enfocamos de verdad el problema. Juan Velarde Fuertes |