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El martirio de estos religiosos -a excepción del último- nada tuvo que ver con la guerra civil del 36, pues fueron asesinados dos años antes, cuando aun no se había producido el alzamiento militar. Este hecho deshace la tesis de que la persecución religiosa de 1936 fue una reacción de los rojos contra la sublevación militar en la que, según ellos, habría colaborado la Iglesia. Esta tesis es completamente falsa y la Historia ha demostrado que no existe prueba alguna para defenderla.
Fueron mártires de una persecución religiosa, preludio de lo que sucedería tres años más tarde en toda la España republicana. Por eso no vale decir: Los mataron en guerra, porque no cayeron en el campo de batalla, ni fueron víctimas de la represión política. Fueron sencillamente mártires de la fe. Ser religiosos: ésta fue la única causa de su martirio. Los mártires de Turón fueron ocho hermanos de las Escuelas Cristianas y un padre pasionista. Los Hermanos dirigían una escuela en Turón, un pequeño pueblo en el centro de un valle minero de la región asturiana. Sus nombres son: H. Cirilo Bertrán (José Sanz Tejedor), nacido en Lerma (Burgos) en 1888. H. Marciano José (Filomeno López y López), nacido en El Pedregal (Sigüenza-Guadalajara) en 1900. H. Victoriano Pío (Claudio Bernabé Cano), nacido en San Millán de Lara (Burgos) en 1905. H. Julián Alfredo (Vilfrido Fernández Zapico), nacido en Cifuentes de Rueda (León) en 1903. H. Benjamín Julián (Vicente Alonso Andrés), nacido en Jaramillo de la Fuente (Burgos) en 1908. H. Augusto Andrés (Román Martínez Fernández), nacido en Santander en 1910. H. Benito de Jesús (Héctor Valdivielso Sáez), nacido en Buenos Aires en 1910. H. Aniceto Adolfo (Manuel Seco Gutiérrez), nacido en Celada Marlantes (Santander) en 1912; y el |
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P. Inocencio de la Inmaculada (Manuel Canoura Arnau), nacido en el Valle de Oro, Mondoñedo (Lugo) en 1887. Estaba con los Hermanos porque le habían llamado para preparar a los niños a celebrar el primer viernes de mes, que coincidía el 5 de octubre.
A ellos hay que unir en la canonización a otro hermano de La Salle, Hilario Jaime (Manuel Barbal Cosán), martirizado en Tarragona en 1937, que fue beatificado en 1990 con todos los anteriores. Los nueve religiosos fueron concentrados en la Casa del Pueblo de Turón, a la espera de la decisión que había de tomar el Comité revolucionario. Bajo la presión de algunos extremistas, el Comité decidió la condena a muerte de estos religiosos que tenían una notable influencia en la localidad, en cuanto que gran parte de las familias de la misma llevaban a sus hijos a su escuela. La decisión se tomó en secreto: los religiosos serían fusilados en el cementerio del pueblo poco después de la una de la madrugada, el día 9 de octubre de 1934. Los asesinos fueron reclutados de otros lugares, porque en el pueblo de Turón no encontraron quienes estuvieran dispuestos a perpetrar semejante crimen. Las víctimas comprendieron de inmediato las intenciones del Comité y se prepararon generosamente al sacrificio con la oración, la confesión, y otorgaron el perdón a sus asesinos. Su ejemplo alentó a los demás prisioneros, que también se acercaron al Sacramento de la reconciliación. La última noche parecía que iba a resultar como las anteriores. Se acomodaron sobre el suelo y se dispusieron a dormir en la medida de lo posible. Mientras tanto, en su cercana escuela se reunían los que iban a cumplir la sentencia que había dictado el Comité. A la una de la madrugada del 9 de octubre de 1934, quinto día de la revolución, se abrió de improviso la puerta de la sala en donde se hallaban los detenidos. Todos dormían, salvo el director, Hermano Cirilo. Los verdugos obligaron a los nueve religiosos a entregarles sus pertenencias y los separaron de los otros detenidos. Les comunicaron que pensaban llevarlos al frente, para servir de parapeto ante los soldados. Tardaron de ocho a diez minutos en conducirlos hasta el cementerio. CON PASO FIRME Y SERENO
Caminaron juntos y serenos. Fueron muertos con dos descargas de fusilería, y rematados a tiros de pistola. Allí estaba preparada una zanja de unos nueve metros. Se les colocó ante ella. Ante sus ojos, a unos 300 metros, se alzaba el edificio del colegio, iluminado a aquellas horas de la noche. Fue lo último que contemplaron los mártires. El jefe de los milicianos dio la orden de ejecución. Con dos descargas quedaron acribillados. Algunos, que habían quedado con señales de vida, recibieron un disparo de pistola. El enterrador recibió la orden de echar tierra sobre los cuerpos. Lo hizo, y se marchó pronto. La serenidad y valentía con la que los nueve religiosos aceptaron el martirio impresionó a los asesinos, como más tarde ellos mismos declararían. Mientras tanto, el grupo de asesinos se volvía hacia sus puntos de origen, desconcertados por la serenidad de las víctimas, que no habían proferido una protesta. El jefe de los asesinos, días después, detenido en la cárcel de Mieres, reconocía: Los hermanos y el padre oyeron tranquilamente la sentencia y fueron con paso firme y sereno hasta el cementerio. Sabiendo a dónde iban, fueron como ovejas al matadero; tanto que yo que soy hombre de temple, me emocioné por su actitud... Me pareció que por el camino, y cuando estaban esperando ante la huerta, rezaban en voz baja. En las casas del valle comenzó a correr la noticia de que todos los profesores de la Escuela habían sido fusilados por la noche en el cementerio. La repulsa fue general, incluso en aquellos que simpatizaban con la revolución. Era un acto de crueldad repugnante e inútil. Los habitantes de Turón los consideraron mártires desde el primer momento. La Iglesia ya lo ha reconocido oficialmente. Vicente Cárcel Ortí |