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Aún viven quienes lo conocieron, y algunos se preguntan: ¿pero será posible? Si era un hombre más bien normalito, cuando vivía en los conventos pasionistas de Deusto, Santander, Peñafiel, Corella, Daimiel, Mieres
Cierto. Pero el Señor le regaló muchos dones: un conocimiento y un amor entrañable a Cristo, una firme vocación religiosa, un espíritu de superación y de trabajo apostólico incomparable y, finalmente, el martirio, que hunde sus raíces en el testimonio martirial de Cristo. La sangre derramada por amor limpia los pecados y colma las mayores esperanzas. Inocencio nació en Santa Cecilia del Valle de Oro, Mondoñedo, Lugo, el 10 de marzo de 1887. Es un niño y luego joven que ayuda a sus padres en las tareas del campo. A los 15 años conoce a los pasionistas, que predican una misión en su pueblo. Sintió ese tic especial de la vocación religiosa y optó por irse con ellos, para ser misionero. En 1913 es ya sacerdote en Oviedo, destinado a la formación de los jóvenes pasionistas y reclamado para retiros y ejercicios espirituales. Hablaba con el corazón dedicándose a enseñar a amar a Quien él amaba: el Amor fundamental. La revolución de Asturias de 1934 fue breve; apenas diez días, pero dejó abundantes secuelas de odios, muertes, injusticias y mártires, entre ellos el padre Inocencio. La revolución de los religiosos fue el Evangelio, la Buena Noticia del Reino. El padre Inocencio fue a confesar a los chicos del colegio de los Hermanos, en Turón, para la Eucaristía del primer viernes. El pasionista y los Hermanos fueron detenidos y asesinados a balazos, por ser educadores de la fe, y murieron perdonando. Pero la obra de Dios no la para nadie. Ni un disparo, ni un mazazo. La obra de Dios se multiplica cuando encuentra en su camino la cruz. Y siempre resucita. El Papa Juan Pablo II, al beatificarlos el 29 de abril de 1990, puso de relieve la unidad evangelizadora de los pasionistas y de los Hermanos de La Salle para bien de la única Iglesia de Jesús. Pasaron nueve años. La gente siguió admirando y encomendándose a los mártires de Turón. Se les atribuyen multitud de gracias y favores del cielo. El Papa Juan XXIII dejó escrito: La vida entregada en martirio del padre Inocencio Canoura y de los ocho Hermanos de La Salle serán la llama que avive el fervor del pueblo. Y así es. Amar fue el verbo vivo del padre Inocencio, el primer mártir cronológico de la Congregación Pasionista, que se puso en manos de Dios y llegó a santo. José Fernández del Cacho |