|
|
Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo unigénito.
En el año del Señor 2000, singular para todo el mundo, nos disponemos en la comunión de la Iglesia bajo el sucesor de Pedro y, en cada diócesis, con los sucesores de los apóstoles, a glorificar a la Santísima Trinidad, de la que todo procede y a la que todo se dirige, en el mundo y en la Historia. El gran Jubileo que se extenderá desde la Navidad de 1999 hasta la Epifanía de 2001, será un año agradable al Señor, año de misericordia y de gracia, año de reconciliación y de perdón, de salvación y de paz. Nuestra mirada, con los ojos del corazón llenos de gratitud, se dirige al momento histórico de aquel tiempo, cuando, en una aldea entonces ignota, la anunciación de Dios llegó por medio del ángel a una muchacha, llamada María, con el designio salvífico: si ella aceptaba, en ella se encarnaría el Salvador, sería la Madre de su Señor, entregado para la salvación de todos. Nunca la historia del hombre dependió tanto como entonces del consentimiento de la criatura humana. El nacimiento de Jesús, el único Salvador del mundo, ha marcado para siempre la Historia. Desde entonces, la Historia es tiempo de salvación. El gran Jubileo no consiste en una serie de cosas por hacer, sino en vivir una gran experiencia interior. Las iniciativas exteriores sólo tienen sentido en la medida que son expresiones de un profundo compromiso que nace en el corazón de las personas. La Iglesia en España que está viviendo durante 1999 un Año Santo Jacobeo, después de haber peregrinado hasta Santiago de Compostela con muchos peregrinos de otras naciones, en el año 2000 se unirá a la Iglesia universal extendida por todos los continentes, para peregrinar hasta el umbral de las basílicas de San Pedro y San Pablo y las demás basílicas de la tradición jubilar en Roma. Otros peregrinos, además de ser romeros, se harán también palmeros para allegarse hasta las huellas históricas de Jesucristo, el Señor, en la Tierra Santa: en Nazaret, Belén y Jerusalén, siguiendo el espíritu de la peregrinación a los lugares vinculados con la Historia de la salvación, como también proyecta el mismo Juan Pablo II como sucesor de Pedro. Juan Pablo II ha añadido para la práctica pastoral de este Año Santo una novedad de enorme significación y fruto espiritual. Se establece que, junto a las tres condiciones normales para recibir la indulgencia plenaria: de confesión, comunión eucarística y oración por el Romano Pontífice, la obra prescrita pueda ser en cada lugar, yendo a visitar por un tiempo conveniente a los hermanos necesitados o con dificultades (enfermos, encarcelados, ancianos solos, minusválidos, etc.), como haciendo una peregrinación hacia Cristo presente en ellos. |
|
Otros gestos jubilares, como por ejemplo las distintas acciones emprendidas para la condonación y la minoración de la deuda externa, realizada con las garantías suficientes para que no engendre nuevas especulaciones injustas, nos impulsarán también en la reducción de otra deuda que podríamos llamar interior. Se trata de la cancelación de las deudas internas, ya propuesta en el Antiguo Testamento para los años sabáticos y jubilares, y que no sólo debe alcanzar a los bienes materiales, sino también a las deudas espirituales.
La indulgencia plenaria, que es elemento constitutivo del Año Jubilar, consiste en la total condonación por parte de Dios de la deuda contraida por nuestros pecados, por los que Jesucristo murió en la cruz para redimirnos. En el Año Jubilar el Santo Padre desea que en la Iglesia purifiquemos la memoria de los pecados cometidos por nosotros y por nuestros hermanos, coetáneos o antepasados. Más allá de cualquier declaración sobre el pasado que pueda sonar a retórica, se trata de orientar el futuro al margen de los antiguos errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes. Durante este siglo XX, en España y en Europa, en el mundo, se han padecido distintas guerras y la muerte ha alcanzado a muchos en distintas formas de terrorismo, o como consecuencia del narcotráfico. También existen otras formas de muerte infringida a seres inocentes, concebidos y todavía no nacidos, y que no llegan a ver la luz por el egoísmo y la obcecación de muchos. Es momento de buscar y encontrar, en el espíritu del Jubileo, la misericordia de Dios, la reconciliación y la concordia, y el esfuerzo por defender siempre la vida de todos por encima de cualquier otro interés. En la Nochebuena el Papa atravesará, Dios mediante, la Puerta Santa de la basílica de San Pedro, con el Evangelio en las manos, y nos uniremos a él para entrar por la Puerta de la salvación que es Cristo. En el día de Navidad, cada uno de los obispos diocesanos, en la respectiva catedral, precederemos también a la porción del pueblo que nos ha sido encomendada, con el Evangeliario en alto como señal de adentrarnos en el Señor y en la vida de la Iglesia. Este Año Jubilar será también un año de acción de gracias por todos los beneficios recibidos. La reciente segunda Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos, constatando los males que nos afligen, ha lanzado una invitación consciente a la esperanza. Con la anuencia de mis hermanos los obispos de la Conferencia Episcopal, propongo con ellos, como gesto significativo para el primer día del Año Jubilar en nuestras Iglesias particulares de España, realizar un signo exterior de nuestra alegría interior: que, al mediodía de la solemnidad de la próxima Natividad del Señor, suenen las campanas de las espadañas y torres de los templos de todas las diócesis de la Iglesia en España, cuando se inicie en cada catedral la liturgia de apertura del Año Santo en cada Iglesia local. Este sencillo signo será señal de un comienzo. Un modo de anunciar que en cada Iglesia particular queremos poner en práctica las propuestas y acciones pastorales descritas. Que Santa María, la Madre de Jesucristo y de su Iglesia, interceda con especial intensidad en favor del pueblo cristiano. Que la Iglesia alabe a Dios Padre en el Espíritu Santo por el don de la salvación en Cristo Señor, ahora y por siempre. |