RetrocesoA&ONº 188/25-XI-1999SumarioCriteriosContinuar
El sentido religioso y los jóvenes
Cómo es que siendo comunista lleva usted a su hija a un colegio de religiosas?, preguntaba el párroco, al verle llegar a los locales de su parroquia para una reunión de padres de dicho colegio, a quien pocos días antes se los solicitaba, junto con otros compañeros comunistas, para una reunión de su partido. Ésta fue la respuesta: Aunque uno tenga las ideas que tenga, uno quiere lo mejor para su hija.

Nada define mejor el mundo contemporáneo que la ruptura entre la fe y la vida, que está en la raíz de esa especie de esquizofrenia que pretende dividir lo que es una sola cosa: la vida. Se habla de vida privada y de vida pública como de dos ámbitos distintos, tan independientes el uno del otro que en ellos hasta se llegan a sostener principios y a tener comportamientos totalmente contradictorios.

El estudio sociológico de la Fundación Santa María, al que prestamos atención en nuestro tema de portada, pone clamorosamente en evidencia esta esquizofrenia, cuya consecuencia no podía ser otra que el progresivo abandono de la Iglesia y de la fe religiosa por parte de unos jóvenes que han crecido, a lo largo ya de varias generaciones, con una imagen de la fe y de la religión radicalmente distorsionada. Quizás fuese más exacto hablar de imagen falsa. Esta distorsión es de tal calibre, y ha permeado tan profundamente la sociedad entera, que no podía menos de estallar en ese análisis sociológico, que da la impresión de participar también de esa visión reductiva que convierte la religión en algo, ciertamente poco interesante para la vida.

Este estudio se parece un poco, en sus rasgos generales, a lo que mostró en la pizarra un profesor a sus alumnos adolescentes. Dividió en dos el encerado, a un lado iba escribiendo lo que más les interesaba en la vida a los chicos: libertad, familia, amigos, encontrar trabajo, pasarlo bien...; al otro, lo que les sugería la palabra religión: misa, curas, iglesia, sacramentos... No podían ser más dispares las dos partes de la pizarra. Resulta que en el estudio de SM los valores más altos para nuestros jóvenes son la honradez, la familia, la solidaridad..., mientras que el sentido religioso no pasa del 20%. Pero ¿qué otra cosa que religiosos son esos intereses que alcanzan la valoración más alta?

Significativa también es la encuesta que la Conferencia Española de Religiosos (CONFER) ha realizado entre los jóvenes, más cercanos en principio a la Iglesia, que valoran la generosidad y entrega de los consagrados, pero no quieren seguir su vida porque, por ejemplo, prefieren la libertad a la obediencia. ¿Cómo conciben tales jóvenes la obediencia religiosa, o cómo se la hacen concebir? ¿Acaso son más libres obedeciendo a la moda, o al poder? ¿No comprenden, jóvenes y adultos, que obedecer a la realidad es condición indispensable de la verdadera libertad? ¿Cómo contraponer, entonces, obediencia y libertad? Muy sencillo, en la errónea mentalidad común la obediencia pertenece a la religión, y la libertad a la vida. La conclusión es clarísima: mientras exista esta esquizofrenia, el ateísmo está servido. Nada tiene de extraño. Lo extraño más bien sería que la religión no haya desaparecido del todo...

Si Dios no tiene que ver con todo en la vida, si no es la única Luz verdadera para entenderla, y la única Fuerza que la sostiene, ¿qué clase de Dios es? Sin duda es alarmante el informe SM sobre la religión y los jóvenes, pero no tanto por el abandono de la religión cuanto por la caricatura de religión que refleja, al presentarla o al vivirla como algo, en definitiva, irrelevante para la vida real. Cuando no es así, cuando se ha encontrado el verdadero rostro de Dios y de la religión, no sólo se encuentra el sentido de todo en la vida y ésta es gozosa y llena de esperanza -no otra cosa es el sentido religioso-, sino que la llamada práctica religiosa encuentra su verdadero marco: es, en expresión de san Benito, que no en vano es Patrono de Europa, la escuela donde se aprende a vivir. El porcentaje de cuantos viven así no aparece, pero sin duda ha crecido respecto al informe anterior. Y aquí sí que está la pauta, y la esperanza.


Libertad de enseñanza
Cristo tiene que reinar, hemos escuchado de san Pablo. El reinado de Cristo se va construyendo ya en esta tierra mediante el servicio al prójimo, luchando contra el mal, el sufrimiento y las miserias humanas hasta aniquilar la muerte. La fe en Cristo resucitado hace posible el compromiso y la entrega de tantos hombres y mujeres en la transformación del mundo, para devolverlo al Padre: Así Dios será todo para todos.

Al grupo de Hermanos de La Salle mártires de Turón, en 1934, se agrega el hermano Jaume Hilari, de la misma Congregación religiosa, quien fue asesinado en Tarragona tres años más tarde. Mientras perdonaba a quienes le iban a matar, exclamó: Amigos, morir por Cristo es reinar. No son héroes de una guerra humana en la que no participaron, sino que fueron educadores de la juventud. Por su condición de consagrados y maestros afrontaron su trágico destino como auténtico testimonio de fe, dando con su martirio la última lección de su vida. ¡Que su ejemplo y su intercesión lleguen a toda la familia lasaliana y a la Iglesia entera!

-Pertenecen a la larga serie de educadores cristianos que han dedicado su vida y sus energías a la enseñanza en la escuela católica, comprometidos en este irrenunciable servicio que la Iglesia presta a la sociedad. Ésta, en nuestros días, a veces se presenta individualista y con tentaciones de secularismo. Aquellos mártires se entregaron plenamente a la educación integral de los niños y de los jóvenes.

Es deber primordial de los padres, como primeros y principales responsables de la educación de los hijos, lo cual supone que han de contar con absoluta libertad para elegir el centro docente para sus hijos. Las autoridades públicas han de procurar que, desde el respeto al pluralismo y a la libertad religiosa, se ofrezcan a las famillias en condiciones necesarias para que en todas las escuelas, sean públicas o privadas, se imparta una educación conforme a los principios morales y religiosos.

Juan Pablo II