RetrocesoA&ONº 188/25-XI-1999SumarioDesde la feContinuar
Teatro
El actualísimo guiñol
de los intereses

Al final, todos los personajes del tinglado de la antigua farsa se quedan como inertes, congelados, parada la moviola del tiempo y del gesto, de la palabra y de la escena, colgados de los hilos del guiñol, mientras el autor, el hábil manejador de los peleles, el mejor Benavente, lanza al auditorio su mensaje, el que él quiere que quede en el espectador: Hay algo divino que no puede acabar cuando la farsa acaba: el amor. Y cae el telón del Bellas Artes, en cuyo centro campea, precisamente, un escudo en el que se lee en letras de oro: Sobre todo, el corazón.

Dirige José Tamayo. Que es como decir: además del Benavente Nobel, y de su ya clásico, inmortal texto, una mano maestra y, por cierto, todo menos ingenua. Bien se puede traer a colación, hablando de Tamayo y de teatro, la vieja sabiduría del refrán castellano: De casta le viene al galgo. Son muchas horas de vuelo, ha toreado Tamayo en muchas plazas y ante muchos miuras, para que uno no advierta, a la primera de cambio, la carga de profundidad actualísima de Los intereses creados y el aceradísimo rejón, las banderillas de fuego, a la corrupción y al simulacro o sucedáneo de justicia, eterno, pero nunca más provocador que aquí y ahora. A Tamayo, con este Benavente, se le ha olvidado, como quien no quiere la cosa, lo políticamente correcto. Y el público -aniñáos, le dice en algún momento el autor- lo siente, y lo vibra, y lo agradece, y lo vitorea al final.

Ya es sabido: Hemos creado muchos intereses, y el interés de todos es salvarnos: una red intrincada, inextricable, tupida, blindada, de intereses: Para subir, cualquier escalón es bueno... Nada importa tanto como parecerlo, que así va el mundo...; pero, ¿quién podrá vencernos, si es nuestro el amor?

Al servicio de tan guiñolesca como maravillosa farsa, un plantel de actores eficacísimo: Julia Martínez en una contenida y sobria doña Sirena, José Segura en un difícilmente superable juez, Abigail Tomey (Silvia), Luz Nicolás (Colombina), Marco Sauco (Arlequín), e incluso un Pepe Rubio (Crispín) converso de frivolidades, un punto de más acelerado a veces, Carlos Torrente (el Capitán); en fin, todos y cada uno. Excelente, sobresaliente la polícroma vistosidad con que José Lucas ha vestido a los inefables personajes de la Comedia del Arte. Y -no se lo pierdan- el mejor Benavente y el mejor Tamayo.

Miguel Ángel Velasco